Llegué al trabajo contentísima de la vida porque era uno de esos días que generalmente es tranquilo y no hay mucho que hacer. Cubertería, limpieza general, comida robada (con la complicidad del Chef, por supuesto) de cocina, alguna mesa ocasional con la que hacer bromas y pasar un buen rato, reírnos del francés por ser el "newbie" (novato) al que le toca ser manager los domingos... Happy Sundays, como los llama mi compañera lituana.
Personalmente, me gusta trabajar los domingos. La gente está más relajada, es mas amable. Rara vez he tenido una mesa o un cliente "capullo" un domingo. Además, en un día normal se pueden hacer hasta 50 libras en propinas si sabes cómo montártelo.
Pero ahí estaba el francés, dispuesto a intentar joderme la mañana. Como si no fuera suficiente tener que levantarme a las nueve, cuando normalmente lo hago a las dos de la tarde. Viene tarde, con toda su pachorra y me dice que hoy no sirvo mesas, al menos por la mañana.
-Hoy toca limpiar - suelta con ese acentazo que, estoy segura, en ocasiones fuerza.
-¿Limpiar el qué, majo? - contesto con una sonrisa. Hoy no me agua el humor ni Dios.
-Los chicles de debajo de las mesas.
Hijo de puta...
Hagamos una puntualización. El francés me odia y tiene sus motivos para odiarme. Quizás no me odia, pero no le caigo simpática. Tampoco me he esforzado en ser simpática con él. Vamos, que me la suda lo que diga y que paso de él como de comerme un plato de larvas. A mi favor tengo que decir que es un pretencioso que intentaba explicarme como hacer mi trabajo de barista (que, aunque tengo 5 años de experiencia puedo entenderlo, porque él originalmente era barista y algo sabría el hombre) y cómo hacer mi trabajo de camarera... ¡Cuando a él le duelen los brazos si tiene que llevar platos pesados!
Entre eso, las órdenes contradictorias, los "hago lo que me da la gana" que te suelta a veces cuando todos sabemos que es la última mierda, los gritos y las malas maneras... Digamos que no es ninguna de nuestras personas favoritas. Para nadie del local.
A pesar y todo, yo estaba de buen humor y le dije que vale, que limpiaba los chicles de debajo de las mesas, pero que cada media horita, diez minutos para un par de cigarrillos. Intenta regatear, pero no puede. No sería la primera vez que le reto a llamar a algún superior. Simplemente, sabe que no tiene derecho a pedirme eso y yo sé lo que puede o no puede pedirme. En más de una ocasión le he dicho "recuerda que soy camarera y barista, no limpiadora" pero parece que se le olvida. De todos modos alguien tiene que hacerlo y yo no tengo mucha gana de servir mesas hoy. Es una excusa para estar sentadita y salir a fumar cada 15 minutos.
Comienzo con los chicles de las narices y me pregunto cómo puede ser la gente tan cerda. No exagero si digo que saqué de la primera mesa cincuenta chicles. Mami Pata, cuando yo era chiquitina, me decía que si me atrevía a pegar el chicle en algún lado, me lo tendrían que despegar a mí de la mejilla del bofetón con el que me lo iba a pegar ella de vuelta. Mucha educación y mucha flema inglesa pero... ¿A los ingleses no les enseñan limpieza?
Llevaba una hora, con sus cuatro cigarrillos, de limpieza cuando la marabunta estalló. Y es que es el puto año nuevo chino y da el casual de que nosotros estamos a la vera de Chinatown. Y claro, todo el mundo quiere comer y dicen "hala, qué sitio más cool, vamos allí".
En menos de cinco minutos yo he tenido que dejar la limpieza porque mi compañera no da abasto. Tenemos medio restaurante hasta arriba. El trabajo que suelen hacer cuatro personas lo estamos haciendo dos, porque el francés es "demasiado importante como para quedarse a servir mesas" según sus propias palabras. Le miro con cara de odio y le aseguro con la mirada que de esta no se libra, que me la iba a cobrar. Quizás fue eso lo que hizo que, veinte minutos después, apareciera con un par de platos. Quizás recordó que somos humanos, no máquinas. Me dio igual. Estaba ocupada cogiendo pedidos.
Por suerte mis bebidas estaban siendo hechas por otro compi de restaurante al que le tocaba turno de barista. Eso nos salvaba tiempo.
Después de correr como una loca, a las cuatro pienso que lo peor se ha acabado y le digo a mi compañera que se vaya a comer algo a su descanso, que yo termino a las siete, pero ella termina a las diez y necesita descansar.
Maldita la hora.
A todo el maldito Londres le dio por llegar a las cuatro y diez y el restaurante se llenó en cinco minutos.Tuve que decirle a algunos que se fueran a tomar una copa al bar mientras esperaban porque no era capaz de hacerme quince mesas y 43 personas yo sola. Aun cuando lo hicieras todo a la perfección sin tener que esperar nada, llegar a las mesas y "besar el santo", no te daría tiempo, pues hay que ir a atender como máximo cinco minutos después de que se sienten; las bebidas deben llegar en tres minutos y la comida en diez. Y para aquella, ya tenía que hacer yo mis bebidas, porque mi compañero estaba ya ocupado. Vamos, que ni de coña.
Pido ayuda al francés por radio. Pasa de mí, tanto que ni se molesta en contestar. Desesperada, llamo a mi compañera y le digo que lo siento mucho, pero que la necesito. No pasan ni dos minutos y ya la tengo a mi lado.
Nos las arreglamos para despachar al personal y, cuando ya sólo esperan por la comida, vuelvo a mandar a mi lituana a su descanso, porque pasado el jaleo inicial, si es para llevar comida sí puedo hacerlo tranquilamente. Además, ya son las cinco y sólo me quedan dos horas. En estas, el francés sube de la oficina, mira alrededor y me dice que por qué le llamo, que si no soy capaz de llevar los platos.
La mirada asesina que le echo le debe asustar, porque va a cocina, vuelve con platos para las mesas y no se va hasta que todas las mesas están comiendo. Le murmuro un "buen chico", igual que se hace a los perros, con media sonrisa y él sonríe como si fuera un cumplido y ya todo estuviera bien. La madre que lo trajo...
Ya son las seis, la lituana ha vuelto y el que antes estaba en barra ahora está en restaurante. Empiezo a prepararlo todo para irme. El dinero que tengo que dejar, pasarle mis secciones al albano (el que antes estaba en barra)... Todo muy bonito.
Hasta que llega el manager del bar.
Este tipo es lo suficientemente poco "newbie" como para tener algo más de autoridad sobre todo el mundo en el local y además tiene más responsabilidades. Pero es lo suficientemente "newbie" como para tener que currar en domingo.
Este manager dice que necesita que el albano vuelva a la barra. El francés dice que mi turno se acaba y que no puede dejar el restaurante tres horas con sólo la lituana atendiendo. Los dos me miran a mí. Mentalmente me acuerdo de todos sus ancestros ya fallecidos y también de los míos, porque ya sé lo que voy a hacer aunque no debería.
El manager del bar me recuerdan que si no puedo o no quiero quedarme, no tengo por qué hacerlo, pero que necesitan que me quede. Puedo escuchar encubierta la amenaza en sus palabras: "Si no te quedas, igual es que no te importa mucho tu trabajo y se lo podemos dar a otro", pero no me importa y ni me molesto en corregirle, ya lo estaba haciendo el francés en voz baja, temeroso de que reaccione como siempre reacciono ante una amenaza: Haciendo lo contrario a lo que se me pide. El pobre tipo ya tiene experiencia conmigo. Igual es contraproducente, pero para narices las mías. Además, no me asustan sus amenazas. Saben bien que trabajo no me faltaría y que me necesitan tanto como yo necesito que me paguen.
En realidad me la refanfinfla lo que estos dos trajeados me quieran contar u ofrecer, pero todo este tiempo he estado viendo a mi lituana estresadísima corriendo de arriba para abajo. También al albano y a todos los baristas sudando tinta para atender todas las bebidas. Y me dijo "soy gilipollas", porque antes de que me lo preguntaran, ya sabía lo que iba a contestar.
-De acuerdo, pero con una condición.
Se les ilumina la cara. Si quisiera darles por el culo a los dos con un arnés, dudo que se negaran con tal de que me quedara.
-Una copa gratis después del turno por cada media hora que me quede.
Ya que voy a terminar tarde, terminaré tarde y borracha. Que me da la sensación de que lo voy a necesitar.
El manager del bar me mira como si le hubiera dicho que le han tocado 10 millones en la lotería. Intenta abrazarme, pero mi cara le hace desistir. Lo que me faltaba.
Tres horas y media después, estoy frente a la barra con un Sailor Jerry doble con CocaCola y lima frente a mí. El albano aún sigue trabajando, y también la lituana, pero ya no está tan ocupado. Probablemente terminen en menos de media hora.
Uno de los baristas, mientras me sirve el segundo SailorDoble me pregunta que qué demonios hago allí aún cuando se suponía que yo terminaba a las cinco. Le cuento la historia casi tal cual como la he contado aquí. Se me queda mirando, pone la bebida frente a mí y observa como mi segunda copa desaparece en un par de minutos. Y cuando la he terminado, me dice:
-Sabía que toda esa bordería en momentos de estrés y ese "educar al cliente" no eran más que una fachada. Porque para hacer lo que has hecho, o eres muy buena o muy tonta. Y después de estos meses, tengo claro que precisamente tonta, no eres.
Y me quedé sin saber qué decir, mirándole servir a otro cliente y dejando que el hielo se derrita en el vaso vacío.
Historias de una camarera madrileña en una de las ciudades más cosmopolitas y con más vida del mundo.
lunes, 13 de febrero de 2012
sábado, 11 de febrero de 2012
El "después"...
Llego a casa alrededor de las cinco de la mañana, derrengada y con ganas de nada. Por suerte, los días que termino tan tarde el local siempre me paga un taxi de vuelta a casa. Después de todo, no es mi horario el que estaba cumpliendo y me quedo "de favor" las noches que así lo necesitan. Como dice Mami Pata con más razón que una santa: "Piensa en el dinero, Cheza, piensa en el dinero".
Pero a las cinco y cinco minutos, cuando por fin he entrado en casa, ese pensamiento no me consuela. Menos mal que tengo 21 años, porque no sé cómo lo haría si tuviera 30.
Subo a mi habitación y me quedo 10 minutos tirada en la cama. Quiero dormirme, pero mi estómago me recuerda que no ingiero nada desde el medio día y que necesito alimento. Bajo a la cocina y agradezco a quienquiera que inventara los noodles instantáneos.
Pienso que es un buen momento para un cigarrillo y, mientras los noodles se preparan en el microondas, salgo al jardín a exhalar un poco de humo y a disfrutar del frescor nocturno.
Oigo ruidos en la casa de al lado. Mi vecino también está en el jardín. Quizás él también tenga un horario de trabajo como el mío, o igual simplemente es un ave nocturna. Es viernes, o era viernes cuando salí de casa para ir a trabajar; si libra los domingos se lo puede permitir. La verdad, ahora mismo no me importa un carajo.
Entro y escucho los ruidos de la televisión de uno de mis compañeros. Suena un resumen del reality de moda y, una vez más, doy gracias por vivir sin televisión. A pesar de que mis compañeros y mi novio digan que soy extraña por tal hecho.
Los noodles ya están listos y mi cigarrillo terminado, por lo que no queda más que subir las escaleras, cosa que me cuesta un trabajo enorme, y me tiro en la cama como puedo, procurando no derramar la poco nutritiva pasta que se mantiene caliente en un bol a mi lado.
Mañana mis compañeros de casa se quejarán de nuevo de que volví a las tantas y de que me puse a cocinar a las cinco de la mañana. Yo le volveré a decir a la casera que no me importa una mierda, que ella sabía cuales iban a ser mis horarios de trabajo y que, aún así , me aceptó. Como es cierto y siempre pago mi renta puntualmente, no dirá nada.
La verdad es que no me importa una mierda. Me como los noodles tan bien como puede hacerlo una persona que se duerme de pie y me meto entre las sábanas, intentando no pensar que mi siguiente turno empieza en menos de doce horas, o que dentro de cuatro deberé levantarme. Ahora mismo soy una muñeca que respira y no me importa nada. Sólo sobrevivir hasta mañana.
Pero a las cinco y cinco minutos, cuando por fin he entrado en casa, ese pensamiento no me consuela. Menos mal que tengo 21 años, porque no sé cómo lo haría si tuviera 30.
Subo a mi habitación y me quedo 10 minutos tirada en la cama. Quiero dormirme, pero mi estómago me recuerda que no ingiero nada desde el medio día y que necesito alimento. Bajo a la cocina y agradezco a quienquiera que inventara los noodles instantáneos.
Pienso que es un buen momento para un cigarrillo y, mientras los noodles se preparan en el microondas, salgo al jardín a exhalar un poco de humo y a disfrutar del frescor nocturno.
Oigo ruidos en la casa de al lado. Mi vecino también está en el jardín. Quizás él también tenga un horario de trabajo como el mío, o igual simplemente es un ave nocturna. Es viernes, o era viernes cuando salí de casa para ir a trabajar; si libra los domingos se lo puede permitir. La verdad, ahora mismo no me importa un carajo.
Entro y escucho los ruidos de la televisión de uno de mis compañeros. Suena un resumen del reality de moda y, una vez más, doy gracias por vivir sin televisión. A pesar de que mis compañeros y mi novio digan que soy extraña por tal hecho.
Los noodles ya están listos y mi cigarrillo terminado, por lo que no queda más que subir las escaleras, cosa que me cuesta un trabajo enorme, y me tiro en la cama como puedo, procurando no derramar la poco nutritiva pasta que se mantiene caliente en un bol a mi lado.
Mañana mis compañeros de casa se quejarán de nuevo de que volví a las tantas y de que me puse a cocinar a las cinco de la mañana. Yo le volveré a decir a la casera que no me importa una mierda, que ella sabía cuales iban a ser mis horarios de trabajo y que, aún así , me aceptó. Como es cierto y siempre pago mi renta puntualmente, no dirá nada.
La verdad es que no me importa una mierda. Me como los noodles tan bien como puede hacerlo una persona que se duerme de pie y me meto entre las sábanas, intentando no pensar que mi siguiente turno empieza en menos de doce horas, o que dentro de cuatro deberé levantarme. Ahora mismo soy una muñeca que respira y no me importa nada. Sólo sobrevivir hasta mañana.
jueves, 9 de febrero de 2012
Habilidades sociales
Qué cortas y qué pequeñas son las palabras "Sorry" y "Thanks" ¿verdad? Apenas se gasta saliva al decirlas, y cuestan tan solo medio segundo de nuestro valioso tiempo.
Otra cosa curiosa: Según he visto en Discovery Channel recientemente, sólo se necesitan 23 músculos para echar una sonrisa, mientras que para fruncir el ceño o poner mala cara se usan como mínimo 42.
Pero lo más curioso es los efectos que un simple "sorry" o un "thanks" tienen en nosotros. Ni te cuento una sonrisa y ya sería tema de ensayo académico lo de soltar una carcajada de vez en cuando. Estas acciones tan simples tienen la capacidad de alegrarnos el día, de poner una sonrisa en nuestras caras e incluso de aligerar a alguien de la carga mental que lleve por la razón que sea. Y poniendo una sonrisa en la cara de los demás, ellos también la pondrán en otras personas y así sucesivamente. Esa sí que sería una cadena bonita y útil, no las de spam.
Si coincidimos en lo bueno que es decir estas palabras y realizar estas acciones yo, que no soy muy tonta pero tampoco debo ser muy lista porque no lo entiendo, me pregunto...
¿Por qué no las ponemos en práctica?
¿Tanto costaría? ¿Es tan sumamente difícil recordar de vez en cuando el agradecer lo que recibes? ¿Que enfrente tuya no hay un robot sino una persona?
Al parecer sí, porque en este mundo hay dos tipos de personas: La gente con habilidades sociales y la gente sin habilidades sociales.
Las habilidades sociales son, según Carlos Moreno, un tipo genial, magnifico profesor que tuve la suerte de tener y experto en psicopedagogía, las capacidades de ejecutar una conducta de intercambio y/o interactiva con resultado social favorable. Traduciendo al cristiano, el poder comunicarte con tu alrededor sin que tu alrededor sienta ganas de patearte el culo.
Las habilidades sociales son importantes en todos los aspectos de la vida, pero son fundamentales y básicas cuando trabajas en equipo. Aunque en ese equipo haya una jerarquía clara. Pero si el manager no es capaz de comunicarse con su currito de una manera en la que el currito no piense lo bonito que sería que le dieran por culo al manager, probablemente el trabajo saldrá tarde y mal, porque el currito piensa "va a trabajar más de lo justo y necesario por este mamón su puta madre". Textualmente.
Se da el caso de que yo en mi trabajo, por jerarquía, soy currito. Y tengo un manager por encima de mí que es bueno en las habilidades sociales y, más importante todavía para un manager, es el rey del carisma . El tío te despediría y tú seguirías dándole las gracias por el tiempo que te ha dedicado. Haría cualquier cosa por él y, de hecho, lo he hecho. Como quedarme tres, cuatro y cinco horas después del trabajo para ayudar, trabajar 16 horas seguidas sin un maldito descanso para un cigarrillo o para comer...
El problema es el tipo que hay entre mi manager y yo, que no hace más que meterse por medio y lo tiene todo: Es gilipollas, no tiene habilidades sociales, se estresa con facilidad y es francés.
Una joya. Por cierto, hay franceses adorables. Delphine, si algún día lees esto que sepas que te quiero con locura. A ti también, Laurena. Y también a ti, Anthony. Y a ti, Jeremy. Y por supuesto, también a Jeff. Y... mejor lo dejamos. A lo que voy, tengo bastantes amigos franceses que son magníficas personas y amigos. El problema es que este francés mío es el estereotipo del francés gilipollas que a todos nos viene a la mente cuando pensamos en un francés gilipollas.
Este hombre, a quien en mi mente siempre llamaré "Harold" o, en su defecto, "el subnormal", tiene la capacidad de estresarse cuando entran más de quince clientes en el local. cosa que pasa desde las cinco de la tarde hasta las... ¿cuatro de la mañana? Y cuando se estresa no deja a nadie hacer su trabajo. Y grita. Y me mosquea. Y me dan ganas de gritarle yo, pero me relajo hablando en castellano, diciendo textualmente "cálmate". Y entonces el subnormal me dice que no puedo hablar en castellano. Que es cuando me doy la vuelta y le digo en perfecto francés "hablaré en castellano si me da la santa gana". Entonces me mira y me dice "pues no". Y yo voy a él y en voz muy bajita le digo "Oui". Y se asusta, porque sabe que si yo me mosqueo, él la ha jodido.
Porque por jerarquía yo soy currito, soldado raso. Pero por habilidades sociales a mí me llaman "The Key" (La Llave) en el trabajo. Si hay algo que, por cualquier razón, no puedes conseguir, si hablas conmigo lo conseguirás. Porque yo conozco a todo el mundo y me llevo bien con todo el mundo. Porque todo el mundo está dispuesto a hacerme un favor.
No es casualidad que mis bebidas sean las que se preparen antes cuando no tengo tiempo de hacerlas yo, o que en cocina siempre haya un plato de comida esperándome aunque no he pagado nada. O que al final de mi turno siempre haya un brownie de chocolate y un KitKat para mí, o que cuando tengo que irme rápido, siempre hay un manager dispuesto a dejar lo que esté haciendo para poder darle el parte del día. Todo eso lo tengo porque durante los meses que he estado trabajando allí me he preocupado de saber quién es quién, quién hace qué, qué necesitan, en qué puedo ayudar... La comida no va sola de la cocina al bar y los clientes no se evaporan solos cuando hay una gran aglomeración en barra. La máquina de cafés no hace lattes por arte de magia y estos no vuelan hacia los que los van a beber, ya sean clientes o managers, por ciencia infusa.
Y no sólo eso. Un "hey, ¿qué tal va el día?" hace más milagros que el agua bendita. Preocuparte por la persona, pensar en que es un compañero que probablemente las estará pasando putas, igual que tú, decirle una broma y reíros juntos, darle las gracias por su ayuda después de un largo día de trabajo... Eso, my friends, eso no tiene precio. Y eso es lo que ha hecho que, con el tiempo, yo sea La Llave.
Pero el francés no sabe qué es todo esto. Para que os hagais una idea, estamos hablando de una persona que, sin tener idea de mi nombre, el primer día vino directamente a mí y empezó a recriminarme que por qué no funcionaban las máquinas para tarjetas de crédito. Estaba tan sorprendida que, enfrente de otros dos managers y medio staff le di la mano a través de la barra, le dije "Hola, yo soy Chess, encantada". Coño, que no sabía quién era. Él, avergonzado, me tuvo que dar la mano y presentarse. Vaya imagen, no conocer a tu propio personal. Que a partir de ahí yo le contesté a todo lo que quiso, pero por lo menos saber con quién estoy hablando para mí es importante.
El caso es que me mosqueó. Y lo hizo delante de mis compañeros, justo en un momento en que tenía que decidir si mandarle a la mierda como Dios manda u ocuparme de mi sección, que ya empezaba a colapsar. Tengo que decir que agradezco infinito la reacción de mi gente. No dijeron nada, pero de repente las cosas iban más lentas. La comida que "el subnormal" pedía no salía, mientras que la mía, pedida casi 20 minutos después, salía en menos de tres minutos. Mis bebidas aparecían hechas antes casi de tener tiempo de ponerlas en la cuenta. Mi sección de trabajo totalmente ordenada todo el tiempo y mis compañeros ayudándome en ella.
Al final del día, fui a hablar con el francés y me encargué de que le quedaran claros tres conceptos fundamentales:
1- A mí no me grita ni mi santa Mami Pata desde que tenía 15 años. Al menos ella tiene derecho para darme voces. Un trepa que quiere hacer de manager no.
2- Si te hablo con respeto, espero respeto a cambio. Si no recibo respeto, se armará Troya.
3- El castellano es mi lengua y la hablo cuando me sale de los mismísimos ovarios, sobre todo si hablo conmigo misma para no cantarte cuatro verdades.
Sé que peco de chula y que no debería decir las cosas así, pero toda paciencia tiene un límite y las habilidades sociales son básicas cuando tienes a gente a tu cargo. Más le vale aprenderlo rápido, si no quiere ser despedido, porque ya me contareis qué manager puede prosperar si su gente no le apoya. Lo único que diré es que no hay nadie a quien le desee más una promoción. De verdad. El día de su fiesta de despedida, os prometo que yo lo voy a organizar todo. Y que tengo un montón de voluntarios que quieren ayudarme. Nadie se perdería la ocasión de decirle Adiós de una vez por todas.
Otra cosa curiosa: Según he visto en Discovery Channel recientemente, sólo se necesitan 23 músculos para echar una sonrisa, mientras que para fruncir el ceño o poner mala cara se usan como mínimo 42.
Pero lo más curioso es los efectos que un simple "sorry" o un "thanks" tienen en nosotros. Ni te cuento una sonrisa y ya sería tema de ensayo académico lo de soltar una carcajada de vez en cuando. Estas acciones tan simples tienen la capacidad de alegrarnos el día, de poner una sonrisa en nuestras caras e incluso de aligerar a alguien de la carga mental que lleve por la razón que sea. Y poniendo una sonrisa en la cara de los demás, ellos también la pondrán en otras personas y así sucesivamente. Esa sí que sería una cadena bonita y útil, no las de spam.
Si coincidimos en lo bueno que es decir estas palabras y realizar estas acciones yo, que no soy muy tonta pero tampoco debo ser muy lista porque no lo entiendo, me pregunto...
¿Por qué no las ponemos en práctica?
¿Tanto costaría? ¿Es tan sumamente difícil recordar de vez en cuando el agradecer lo que recibes? ¿Que enfrente tuya no hay un robot sino una persona?
Al parecer sí, porque en este mundo hay dos tipos de personas: La gente con habilidades sociales y la gente sin habilidades sociales.
Las habilidades sociales son, según Carlos Moreno, un tipo genial, magnifico profesor que tuve la suerte de tener y experto en psicopedagogía, las capacidades de ejecutar una conducta de intercambio y/o interactiva con resultado social favorable. Traduciendo al cristiano, el poder comunicarte con tu alrededor sin que tu alrededor sienta ganas de patearte el culo.
Las habilidades sociales son importantes en todos los aspectos de la vida, pero son fundamentales y básicas cuando trabajas en equipo. Aunque en ese equipo haya una jerarquía clara. Pero si el manager no es capaz de comunicarse con su currito de una manera en la que el currito no piense lo bonito que sería que le dieran por culo al manager, probablemente el trabajo saldrá tarde y mal, porque el currito piensa "va a trabajar más de lo justo y necesario por este mamón su puta madre". Textualmente.
Se da el caso de que yo en mi trabajo, por jerarquía, soy currito. Y tengo un manager por encima de mí que es bueno en las habilidades sociales y, más importante todavía para un manager, es el rey del carisma . El tío te despediría y tú seguirías dándole las gracias por el tiempo que te ha dedicado. Haría cualquier cosa por él y, de hecho, lo he hecho. Como quedarme tres, cuatro y cinco horas después del trabajo para ayudar, trabajar 16 horas seguidas sin un maldito descanso para un cigarrillo o para comer...
El problema es el tipo que hay entre mi manager y yo, que no hace más que meterse por medio y lo tiene todo: Es gilipollas, no tiene habilidades sociales, se estresa con facilidad y es francés.
Una joya. Por cierto, hay franceses adorables. Delphine, si algún día lees esto que sepas que te quiero con locura. A ti también, Laurena. Y también a ti, Anthony. Y a ti, Jeremy. Y por supuesto, también a Jeff. Y... mejor lo dejamos. A lo que voy, tengo bastantes amigos franceses que son magníficas personas y amigos. El problema es que este francés mío es el estereotipo del francés gilipollas que a todos nos viene a la mente cuando pensamos en un francés gilipollas.
Este hombre, a quien en mi mente siempre llamaré "Harold" o, en su defecto, "el subnormal", tiene la capacidad de estresarse cuando entran más de quince clientes en el local. cosa que pasa desde las cinco de la tarde hasta las... ¿cuatro de la mañana? Y cuando se estresa no deja a nadie hacer su trabajo. Y grita. Y me mosquea. Y me dan ganas de gritarle yo, pero me relajo hablando en castellano, diciendo textualmente "cálmate". Y entonces el subnormal me dice que no puedo hablar en castellano. Que es cuando me doy la vuelta y le digo en perfecto francés "hablaré en castellano si me da la santa gana". Entonces me mira y me dice "pues no". Y yo voy a él y en voz muy bajita le digo "Oui". Y se asusta, porque sabe que si yo me mosqueo, él la ha jodido.
Porque por jerarquía yo soy currito, soldado raso. Pero por habilidades sociales a mí me llaman "The Key" (La Llave) en el trabajo. Si hay algo que, por cualquier razón, no puedes conseguir, si hablas conmigo lo conseguirás. Porque yo conozco a todo el mundo y me llevo bien con todo el mundo. Porque todo el mundo está dispuesto a hacerme un favor.
No es casualidad que mis bebidas sean las que se preparen antes cuando no tengo tiempo de hacerlas yo, o que en cocina siempre haya un plato de comida esperándome aunque no he pagado nada. O que al final de mi turno siempre haya un brownie de chocolate y un KitKat para mí, o que cuando tengo que irme rápido, siempre hay un manager dispuesto a dejar lo que esté haciendo para poder darle el parte del día. Todo eso lo tengo porque durante los meses que he estado trabajando allí me he preocupado de saber quién es quién, quién hace qué, qué necesitan, en qué puedo ayudar... La comida no va sola de la cocina al bar y los clientes no se evaporan solos cuando hay una gran aglomeración en barra. La máquina de cafés no hace lattes por arte de magia y estos no vuelan hacia los que los van a beber, ya sean clientes o managers, por ciencia infusa.
Y no sólo eso. Un "hey, ¿qué tal va el día?" hace más milagros que el agua bendita. Preocuparte por la persona, pensar en que es un compañero que probablemente las estará pasando putas, igual que tú, decirle una broma y reíros juntos, darle las gracias por su ayuda después de un largo día de trabajo... Eso, my friends, eso no tiene precio. Y eso es lo que ha hecho que, con el tiempo, yo sea La Llave.
Pero el francés no sabe qué es todo esto. Para que os hagais una idea, estamos hablando de una persona que, sin tener idea de mi nombre, el primer día vino directamente a mí y empezó a recriminarme que por qué no funcionaban las máquinas para tarjetas de crédito. Estaba tan sorprendida que, enfrente de otros dos managers y medio staff le di la mano a través de la barra, le dije "Hola, yo soy Chess, encantada". Coño, que no sabía quién era. Él, avergonzado, me tuvo que dar la mano y presentarse. Vaya imagen, no conocer a tu propio personal. Que a partir de ahí yo le contesté a todo lo que quiso, pero por lo menos saber con quién estoy hablando para mí es importante.
El caso es que me mosqueó. Y lo hizo delante de mis compañeros, justo en un momento en que tenía que decidir si mandarle a la mierda como Dios manda u ocuparme de mi sección, que ya empezaba a colapsar. Tengo que decir que agradezco infinito la reacción de mi gente. No dijeron nada, pero de repente las cosas iban más lentas. La comida que "el subnormal" pedía no salía, mientras que la mía, pedida casi 20 minutos después, salía en menos de tres minutos. Mis bebidas aparecían hechas antes casi de tener tiempo de ponerlas en la cuenta. Mi sección de trabajo totalmente ordenada todo el tiempo y mis compañeros ayudándome en ella.
Al final del día, fui a hablar con el francés y me encargué de que le quedaran claros tres conceptos fundamentales:
1- A mí no me grita ni mi santa Mami Pata desde que tenía 15 años. Al menos ella tiene derecho para darme voces. Un trepa que quiere hacer de manager no.
2- Si te hablo con respeto, espero respeto a cambio. Si no recibo respeto, se armará Troya.
3- El castellano es mi lengua y la hablo cuando me sale de los mismísimos ovarios, sobre todo si hablo conmigo misma para no cantarte cuatro verdades.
Sé que peco de chula y que no debería decir las cosas así, pero toda paciencia tiene un límite y las habilidades sociales son básicas cuando tienes a gente a tu cargo. Más le vale aprenderlo rápido, si no quiere ser despedido, porque ya me contareis qué manager puede prosperar si su gente no le apoya. Lo único que diré es que no hay nadie a quien le desee más una promoción. De verdad. El día de su fiesta de despedida, os prometo que yo lo voy a organizar todo. Y que tengo un montón de voluntarios que quieren ayudarme. Nadie se perdería la ocasión de decirle Adiós de una vez por todas.
domingo, 5 de febrero de 2012
"Estudia, hijo, o sólo servirás para barrer calles o servir cafés".
En mil ocasiones he tenido que escuchar frases como la del título o derivadas. Padres que, de ese modo, piensan que asustarán lo suficiente a sus hijos, poniéndoles el ejemplo del perdedor más clásico en la cara, incitándoles a buscar algo mejor, a conseguir algo mejor.
Porque si dices que eres médico, "¡Whoa! ¿Eres médico? Tienes que ser superlisto ¿no?"
Si eres arquitecto, la reacción es "¡Joder! Te has tenido que pasar la vida matado a estudiar, porque con esa nota de corte que os exigen..."
Y así con mil profesiones más. Hasta los oficinistas, esos chupatintas con el culo gordo de no moverse de la silla y los ojos jodidos de leerse todos los periódicos digitales existentes, reciben más respeto que nosotros. En cambio, los pobres baristas y camareros no somos más que el mal ejemplo. Somos los que "no estudiamos", los que no valíamos para nada más que para limpiar y servir mesas. O eso es lo que piensan de nosotros. La realidad es que la mayoría de la gente da mucho por hecho, cuando en realidad no sabe qué es lo que hay tras la amable cara del camarero que viene a preguntarte qué quieres de beber. Si no puedes definirte a ti mismo con cinco palabras... ¿Por qué pretendes saber quién es el camarero que te atiende por un simple vistazo?
Hace no demasiado, escuchaba una conversación que un grupo de jóvenes ingleses mantenía en la barra, cerca de mi estación, al lado de la cual bebo mi zumo de piña en uno de esos raros momentos de calma.
-Buff, tío, tengo que ponerme a trabajar en el proyecto de la asignatura X pero ya, a ver si puedo terminar la carrera dentro de dos años.
-¿Y qué quieres hacer después de terminarla? ¿Estudiar algo más?
-Bueno, me gustaría conseguir un trabajo, pero uno de verdad, no como lo que hacen estos desgraciados (inserte aquí gesto de cabeza en mi dirección). Que ya que me he pasado años estudiando una carrera, quiero que me sirva de algo, para servir copas y hamburguesas ya están esos idiotas.
Mientras escuchaba las carcajadas me dieron ganas de moverme de mi estación e ir a aquel subnormal intento de pijo inglés y partirle la cara al tiempo que le decía que con 21 años yo ya tenía mi carrera terminada y con una media bastante alta, sin contar los cuatro idiomas que hablo perfectamente; mientras que él, que andaba cerca de los 25 (había tenido que ver su pasaporte cuando pagó con tarjeta de crédito) aún seguía intentando terminar Administración y Dirección de Empresas.
Quería decirle que prefería estar sirviendo copas que viviendo como un parásito gracias a mamá y a papá, que trabajaba ahí porque no quería quedarme en una sola profesión, quería conocer más. Y que me sentía orgullosísima de cómo lo estaba haciendo en la vida, porque con 21, independizada y con un sueldo como el mío (os sorprendería lo que puede ganar un buen camarero en una ciudad como Londres), no te encuentras a mucha gente.
Pero después pensé que hacer eso no era más que rebajarme a su nivel y seguí sonriendo al tiempo que echaba un sorbito de mi zumo de piña. Aunque, como pensé mientras escupía disimuladamente en el vaso de la siguiente consumición que me pidió y se la entregaba con una sonrisa, nunca hay que olvidar la alegría de ser una niña grande... Y hacer travesuras.
Porque si dices que eres médico, "¡Whoa! ¿Eres médico? Tienes que ser superlisto ¿no?"
Si eres arquitecto, la reacción es "¡Joder! Te has tenido que pasar la vida matado a estudiar, porque con esa nota de corte que os exigen..."
Y así con mil profesiones más. Hasta los oficinistas, esos chupatintas con el culo gordo de no moverse de la silla y los ojos jodidos de leerse todos los periódicos digitales existentes, reciben más respeto que nosotros. En cambio, los pobres baristas y camareros no somos más que el mal ejemplo. Somos los que "no estudiamos", los que no valíamos para nada más que para limpiar y servir mesas. O eso es lo que piensan de nosotros. La realidad es que la mayoría de la gente da mucho por hecho, cuando en realidad no sabe qué es lo que hay tras la amable cara del camarero que viene a preguntarte qué quieres de beber. Si no puedes definirte a ti mismo con cinco palabras... ¿Por qué pretendes saber quién es el camarero que te atiende por un simple vistazo?
Hace no demasiado, escuchaba una conversación que un grupo de jóvenes ingleses mantenía en la barra, cerca de mi estación, al lado de la cual bebo mi zumo de piña en uno de esos raros momentos de calma.
-Buff, tío, tengo que ponerme a trabajar en el proyecto de la asignatura X pero ya, a ver si puedo terminar la carrera dentro de dos años.
-¿Y qué quieres hacer después de terminarla? ¿Estudiar algo más?
-Bueno, me gustaría conseguir un trabajo, pero uno de verdad, no como lo que hacen estos desgraciados (inserte aquí gesto de cabeza en mi dirección). Que ya que me he pasado años estudiando una carrera, quiero que me sirva de algo, para servir copas y hamburguesas ya están esos idiotas.
Mientras escuchaba las carcajadas me dieron ganas de moverme de mi estación e ir a aquel subnormal intento de pijo inglés y partirle la cara al tiempo que le decía que con 21 años yo ya tenía mi carrera terminada y con una media bastante alta, sin contar los cuatro idiomas que hablo perfectamente; mientras que él, que andaba cerca de los 25 (había tenido que ver su pasaporte cuando pagó con tarjeta de crédito) aún seguía intentando terminar Administración y Dirección de Empresas.
Quería decirle que prefería estar sirviendo copas que viviendo como un parásito gracias a mamá y a papá, que trabajaba ahí porque no quería quedarme en una sola profesión, quería conocer más. Y que me sentía orgullosísima de cómo lo estaba haciendo en la vida, porque con 21, independizada y con un sueldo como el mío (os sorprendería lo que puede ganar un buen camarero en una ciudad como Londres), no te encuentras a mucha gente.
Pero después pensé que hacer eso no era más que rebajarme a su nivel y seguí sonriendo al tiempo que echaba un sorbito de mi zumo de piña. Aunque, como pensé mientras escupía disimuladamente en el vaso de la siguiente consumición que me pidió y se la entregaba con una sonrisa, nunca hay que olvidar la alegría de ser una niña grande... Y hacer travesuras.
miércoles, 1 de febrero de 2012
La importancia del poder comunicarse
Parece de cajón, pero no lo es. Si bien es cierto que hay signos que son internacionales y todo el mundo reconoce (los números, el "ok", el signo de "la cuenta, por favor"...) lo cierto es que si vas a un lugar con un idioma diferente al tuyo y el cual desconoces, macho, la has jodido pero bien.
Día tras día atiendo a gente sin nociones ni básicas de inglés ni español. Por suerte, servidora habla también francés, porque si no... La gracia es que los clientes no suelen entender el por qué de tu despiste, ellos saben que son superchachis pirulis en inglés/español/esperanto. "¿Por qué demonios me hace repetirlo cuando yo lo pronuncio tan sumamente bien?" Y tú al final repites el sinsentido que el tontolaba que tienes sentadito delante te ha soltado tan convencido y le dices que "por supuesto, ahora mismo" cuando en realidad no tienes ni repajolera idea de lo que te han dicho. Vas a otro compañero con la esperanza de que en algún momento de su vida laboral se haya encontrado a otro italiano/ruso/francés/gallego que le dijera la misma idiotez y rezas porque él sí sepa lo que quiere decir "asgreoayhia" (que, amigos míos, resultó ser "aspargarus" que en castellano son ni más ni menos que espárragos).
Tengo un compañero en el trabajo que siempre que tenemos una mesa española, en vez de preguntarles si quieren "tomato soos" (forma de pronunciar "salsa de tomate") o "ketchap" (forma de pronunciar "ketchup") el muy cabrón les pregunta si quieren "quechu", porque sabe de primera mano que así es como llamamos nosotros a esa salsa algo picante de color rojo oscuro. Y los españoles siempre se emocionan y dicen "¡lles, lles! ¡Quechu, quechu!", haciendo una imitación perfecta de las gaviotas de "Buscando a Nemo".
El problema es que yo tengo que pasar al lado de la mesa después, y los pobres españoles no entienden por qué paso a su lado y me parto de la risa. Normalmente siempre escucho algún "estos ingleses son más raritos" sin importar que mi compañero es albano y yo española. Tened en cuenta que la mayoría de veces que tengo una mesa española yo no me descubro como compatriota. Mi acento y mis maneras son lo suficientemente buenas como para dar el pego, sobre todo delante de mediterráneos que no tienen ni zorra del idioma, sin importar mi pelo oscuro, mis ojos casi negros y mi piel morenita.
Los días que tengo más paciencia con estos "expertos lingüistas" me quedo en la mesa mis diez y quince minutos largos intentando descifrar qué quieren para comer. Los días que no tengo tanta paciencia, les sirvo lo que yo entiendo que han pedido. Me viene a la mente el caso de un danés que me pidió un "stick" (palo) para comer. Le pregunté si lo que quería era un "steik" (así pronunciado, escrito es "steak", un filete de ternera) y el tipo, con un gesto de fastidio, no me dijo ni sí ni no, me dijo que quería un "stick". Yo que no tenía el día católico, llevé todos los platos a la mesa y cuando serví el suyo le puse un palo de madera que usamos para machacar las limas y la menta de los mojitos.
La cara del tipo era todo un poema. Por suerte, se lo tomó con humor e incluso le hizo una foto al plato. Cuando volví a la mesa, llevaba el plato con el filete de ternera en la mano y una sonrisa traviesa en la cara. El tipo me dio la mano, me dio las gracias y me dejó 20 libras de propina.
Donde no tengo paciencia jamás para ponerme a traducir es en barra. Pensadlo. La música a tope, mil clientes a los que atender y el japonés típico que intenta decirme, sin señalarlos en el menú, los ocho cóckteles que quieren él y sus amigos. Igual pillo el "Mai Tai" y el "Cosmo", pero cuando intenta pronunciar sin éxito lo que supongo que es un "Japanesse Fizz" (igual podría ser un "Long Island Iced Tea" o un "Southern Belle", porque para lo que le entiendo...) pierdo la paciencia. Que te den por culo, majete, que yo estoy currando y tengo prisa. La próxima vez te lo traes apuntadito en un papel o me traes el menú y señalas.
Porque niños y niñas, la norma de oro en la hostelería es la siguiente: Si no sabes decir lo que quieres, no intentes hacerte el listo pronunciando cualquier chorrada y señala el maldito menú, porque para ti será muy gracioso, pero eres el enésimo extranjero que intenta hacerse entender, por lo que al que tienes delante no le hace ni puta gracia, le haces perder el tiempo y, encima, estás entorpeciendo su trabajo.
El problema es que esta es la ciudad más cosmopolita del mundo (que te jodan, Nueva York, no me creo que seas más cosmopolita que Londres), así que el problema de lidiar con gente con la que no te puedes comunicar no sólo es diario, sino continuo y en todos los aspectos de la vida diaria.
Estoy pensando ahora en un compañero de casa que tuve hace no mucho tiempo. Este muchacho era de nacionalidad italiana, pocos años y poca cabeza. Era la primera vez que vivía solo y había venido a Londres como tantos otros a "aprender el idioma". Vamos, que el muchacho sólo sabía decir "hello" y "goodbye" y encima mal pronunciados.
Una noche, volvía hacia casa después del trabajo con mi pareja y nos lo encontramos en la cocina, intentando freir unos muslos de pollo. Pero tenía la sartén con el fuego tan fuerte, que la carne se estaba achicharrando por fuera pero por dentro estaba totalmente crudo.
Ahora bien, cualquiera que haya vivido una temporada solo, sabrá que la carne del pollo poco hecha o directamente cruda, es malísima para el organismo. En el mejor de los casos, te causará una indigestión y dolor de tripa. En el peor, te mandará al hospital. Y eso es lo que mi pareja, haciendo de buen samaritano, intentaba explicarle al tiempo que hacia un esfuerzo por mostrarle cómo debía cocinarlo.
El problema era que mi pareja sólo podía comunicarse con él en inglés, y Francesco, pues ese era su nombre, sabía tanto de inglés como yo de astrofísica. Nada de nada.
Mi chico lo intentó durante más de diez minutos. "Mira... ¡Crudo! Si comes, ¡Hospital!" Y el pobre Francesco "ah, ¡Hospital!", contento de entender una palabra pero sin comprender por qué aquel tipo grandote se emperraba en hablar de hospitales cuando él sólo quería comer y dormir.
Tengo que decir que yo no fui de mucha ayuda, porque estaba muy ocupada descojonándome de risa al ver a los dos tratando de entenderse. Al final mi novio cocinó el pollo y Francesco pudo cenar y dormir sin mayores problema. Y mi pareja seguía con un cabreo mediano por haber perdido tiempo y encima haber cocinado la cena de otro. Pero eso no impidió que, aún después de haber apagado la luz, yo siguiera riéndome.
Día tras día atiendo a gente sin nociones ni básicas de inglés ni español. Por suerte, servidora habla también francés, porque si no... La gracia es que los clientes no suelen entender el por qué de tu despiste, ellos saben que son superchachis pirulis en inglés/español/esperanto. "¿Por qué demonios me hace repetirlo cuando yo lo pronuncio tan sumamente bien?" Y tú al final repites el sinsentido que el tontolaba que tienes sentadito delante te ha soltado tan convencido y le dices que "por supuesto, ahora mismo" cuando en realidad no tienes ni repajolera idea de lo que te han dicho. Vas a otro compañero con la esperanza de que en algún momento de su vida laboral se haya encontrado a otro italiano/ruso/francés/gallego que le dijera la misma idiotez y rezas porque él sí sepa lo que quiere decir "asgreoayhia" (que, amigos míos, resultó ser "aspargarus" que en castellano son ni más ni menos que espárragos).
Tengo un compañero en el trabajo que siempre que tenemos una mesa española, en vez de preguntarles si quieren "tomato soos" (forma de pronunciar "salsa de tomate") o "ketchap" (forma de pronunciar "ketchup") el muy cabrón les pregunta si quieren "quechu", porque sabe de primera mano que así es como llamamos nosotros a esa salsa algo picante de color rojo oscuro. Y los españoles siempre se emocionan y dicen "¡lles, lles! ¡Quechu, quechu!", haciendo una imitación perfecta de las gaviotas de "Buscando a Nemo".
El problema es que yo tengo que pasar al lado de la mesa después, y los pobres españoles no entienden por qué paso a su lado y me parto de la risa. Normalmente siempre escucho algún "estos ingleses son más raritos" sin importar que mi compañero es albano y yo española. Tened en cuenta que la mayoría de veces que tengo una mesa española yo no me descubro como compatriota. Mi acento y mis maneras son lo suficientemente buenas como para dar el pego, sobre todo delante de mediterráneos que no tienen ni zorra del idioma, sin importar mi pelo oscuro, mis ojos casi negros y mi piel morenita.
Los días que tengo más paciencia con estos "expertos lingüistas" me quedo en la mesa mis diez y quince minutos largos intentando descifrar qué quieren para comer. Los días que no tengo tanta paciencia, les sirvo lo que yo entiendo que han pedido. Me viene a la mente el caso de un danés que me pidió un "stick" (palo) para comer. Le pregunté si lo que quería era un "steik" (así pronunciado, escrito es "steak", un filete de ternera) y el tipo, con un gesto de fastidio, no me dijo ni sí ni no, me dijo que quería un "stick". Yo que no tenía el día católico, llevé todos los platos a la mesa y cuando serví el suyo le puse un palo de madera que usamos para machacar las limas y la menta de los mojitos.
La cara del tipo era todo un poema. Por suerte, se lo tomó con humor e incluso le hizo una foto al plato. Cuando volví a la mesa, llevaba el plato con el filete de ternera en la mano y una sonrisa traviesa en la cara. El tipo me dio la mano, me dio las gracias y me dejó 20 libras de propina.
Donde no tengo paciencia jamás para ponerme a traducir es en barra. Pensadlo. La música a tope, mil clientes a los que atender y el japonés típico que intenta decirme, sin señalarlos en el menú, los ocho cóckteles que quieren él y sus amigos. Igual pillo el "Mai Tai" y el "Cosmo", pero cuando intenta pronunciar sin éxito lo que supongo que es un "Japanesse Fizz" (igual podría ser un "Long Island Iced Tea" o un "Southern Belle", porque para lo que le entiendo...) pierdo la paciencia. Que te den por culo, majete, que yo estoy currando y tengo prisa. La próxima vez te lo traes apuntadito en un papel o me traes el menú y señalas.
Porque niños y niñas, la norma de oro en la hostelería es la siguiente: Si no sabes decir lo que quieres, no intentes hacerte el listo pronunciando cualquier chorrada y señala el maldito menú, porque para ti será muy gracioso, pero eres el enésimo extranjero que intenta hacerse entender, por lo que al que tienes delante no le hace ni puta gracia, le haces perder el tiempo y, encima, estás entorpeciendo su trabajo.
El problema es que esta es la ciudad más cosmopolita del mundo (que te jodan, Nueva York, no me creo que seas más cosmopolita que Londres), así que el problema de lidiar con gente con la que no te puedes comunicar no sólo es diario, sino continuo y en todos los aspectos de la vida diaria.
Estoy pensando ahora en un compañero de casa que tuve hace no mucho tiempo. Este muchacho era de nacionalidad italiana, pocos años y poca cabeza. Era la primera vez que vivía solo y había venido a Londres como tantos otros a "aprender el idioma". Vamos, que el muchacho sólo sabía decir "hello" y "goodbye" y encima mal pronunciados.
Una noche, volvía hacia casa después del trabajo con mi pareja y nos lo encontramos en la cocina, intentando freir unos muslos de pollo. Pero tenía la sartén con el fuego tan fuerte, que la carne se estaba achicharrando por fuera pero por dentro estaba totalmente crudo.
Ahora bien, cualquiera que haya vivido una temporada solo, sabrá que la carne del pollo poco hecha o directamente cruda, es malísima para el organismo. En el mejor de los casos, te causará una indigestión y dolor de tripa. En el peor, te mandará al hospital. Y eso es lo que mi pareja, haciendo de buen samaritano, intentaba explicarle al tiempo que hacia un esfuerzo por mostrarle cómo debía cocinarlo.
El problema era que mi pareja sólo podía comunicarse con él en inglés, y Francesco, pues ese era su nombre, sabía tanto de inglés como yo de astrofísica. Nada de nada.
Mi chico lo intentó durante más de diez minutos. "Mira... ¡Crudo! Si comes, ¡Hospital!" Y el pobre Francesco "ah, ¡Hospital!", contento de entender una palabra pero sin comprender por qué aquel tipo grandote se emperraba en hablar de hospitales cuando él sólo quería comer y dormir.
Tengo que decir que yo no fui de mucha ayuda, porque estaba muy ocupada descojonándome de risa al ver a los dos tratando de entenderse. Al final mi novio cocinó el pollo y Francesco pudo cenar y dormir sin mayores problema. Y mi pareja seguía con un cabreo mediano por haber perdido tiempo y encima haber cocinado la cena de otro. Pero eso no impidió que, aún después de haber apagado la luz, yo siguiera riéndome.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)