miércoles, 1 de febrero de 2012

La importancia del poder comunicarse

Parece de cajón, pero no lo es. Si bien es cierto que hay signos que son internacionales y todo el mundo reconoce (los números, el "ok", el signo de "la cuenta, por favor"...) lo cierto es que si vas a un lugar con un idioma diferente al tuyo y el cual desconoces, macho, la has jodido pero bien.

Día tras día atiendo a gente sin nociones ni básicas de inglés ni español. Por suerte, servidora habla también francés, porque si no... La gracia es que los clientes no suelen entender el por qué de tu despiste, ellos saben que son superchachis pirulis en inglés/español/esperanto. "¿Por qué demonios me hace repetirlo cuando yo lo pronuncio tan sumamente bien?" Y tú al final repites el sinsentido que el tontolaba que tienes sentadito delante te ha soltado tan convencido y le dices que "por supuesto, ahora mismo" cuando en realidad no tienes ni repajolera idea de lo que te han dicho. Vas a otro compañero con la esperanza de que en algún momento de su vida laboral se haya encontrado a otro italiano/ruso/francés/gallego que le dijera la misma idiotez y rezas porque él sí sepa lo que quiere decir "asgreoayhia" (que, amigos míos, resultó ser "aspargarus" que en castellano son ni más ni menos que espárragos).

Tengo un compañero en el trabajo que siempre que tenemos una mesa española, en vez de preguntarles si quieren "tomato soos" (forma de pronunciar "salsa de tomate") o "ketchap" (forma de pronunciar "ketchup") el muy cabrón les pregunta si quieren "quechu", porque sabe de primera mano que así es como llamamos nosotros a esa salsa algo picante de color rojo oscuro. Y los españoles siempre se emocionan y dicen "¡lles, lles! ¡Quechu, quechu!", haciendo una imitación perfecta de las gaviotas de "Buscando a Nemo".

El problema es que yo tengo que pasar al lado de la mesa después, y los pobres españoles no entienden por qué paso a su lado y me parto de la risa. Normalmente siempre escucho algún "estos ingleses son más raritos" sin importar que mi compañero es albano y yo española. Tened en cuenta que la mayoría de veces que tengo una mesa española yo no me descubro como compatriota. Mi acento y mis maneras son lo suficientemente buenas como para dar el pego, sobre todo delante de mediterráneos que no tienen ni zorra del idioma, sin importar mi pelo oscuro, mis ojos casi negros y mi piel morenita.

Los días que tengo más paciencia con estos "expertos lingüistas" me quedo en la mesa mis diez y quince minutos largos intentando descifrar qué quieren para comer. Los días que no tengo tanta paciencia, les sirvo lo que yo entiendo que han pedido. Me viene a la mente el caso de un danés que me pidió un "stick" (palo) para comer. Le pregunté si lo que quería era un "steik" (así pronunciado, escrito es "steak", un filete de ternera) y el tipo, con un gesto de fastidio, no me dijo ni sí ni no, me dijo que quería un "stick". Yo que no tenía el día católico, llevé todos los platos a la mesa y cuando serví el suyo le puse un palo de madera que usamos para machacar las limas y la menta de los mojitos.

La cara del tipo era todo un poema. Por suerte, se lo tomó con humor e incluso le hizo una foto al plato. Cuando volví a la mesa, llevaba el plato con el filete de ternera en la mano y una sonrisa traviesa en la cara. El tipo me dio la mano, me dio las gracias y me dejó 20 libras de propina.

Donde no tengo paciencia jamás para ponerme a traducir es en barra. Pensadlo. La música a tope, mil clientes a los que atender y el japonés típico que intenta decirme, sin señalarlos en el menú, los ocho cóckteles que quieren él y sus amigos. Igual pillo el "Mai Tai" y el "Cosmo", pero cuando intenta pronunciar sin éxito lo que supongo que es un "Japanesse Fizz" (igual podría ser un "Long Island Iced Tea" o un "Southern Belle", porque para lo que le entiendo...) pierdo la paciencia. Que te den por culo, majete, que yo estoy currando y tengo prisa. La próxima vez te lo traes apuntadito en un papel o me traes el menú y señalas.

Porque niños y niñas, la norma de oro en la hostelería es la siguiente: Si no sabes decir lo que quieres, no intentes hacerte el listo pronunciando cualquier chorrada y señala el maldito menú, porque para ti será muy gracioso, pero eres el enésimo extranjero que intenta hacerse entender, por lo que al que tienes delante no le hace ni puta gracia, le haces perder el tiempo y, encima, estás entorpeciendo su trabajo.

El problema es que esta es la ciudad más cosmopolita del mundo (que te jodan, Nueva York, no me creo que seas más cosmopolita que Londres), así que el problema de lidiar con gente con la que no te puedes comunicar no sólo es diario, sino continuo y en todos los aspectos de la vida diaria.

Estoy pensando ahora en un compañero de casa que tuve hace no mucho tiempo. Este muchacho era de nacionalidad italiana, pocos años y poca cabeza. Era la primera vez que vivía solo y había venido a Londres como tantos otros a "aprender el idioma". Vamos, que el muchacho sólo sabía decir "hello" y "goodbye" y encima mal pronunciados.

Una noche, volvía hacia casa después del trabajo con mi pareja y nos lo encontramos en la cocina, intentando freir unos muslos de pollo. Pero tenía la sartén con el fuego tan fuerte, que la carne se estaba achicharrando por fuera pero por dentro estaba totalmente crudo.

Ahora bien, cualquiera que haya vivido una temporada solo, sabrá que la carne del pollo poco hecha o directamente cruda, es malísima para el organismo. En el mejor de los casos, te causará una indigestión y dolor de tripa. En el peor, te mandará al hospital. Y eso es lo que mi pareja, haciendo de buen samaritano, intentaba explicarle al tiempo que hacia un esfuerzo por mostrarle cómo debía cocinarlo.

El problema era que mi pareja sólo podía comunicarse con él en inglés, y Francesco, pues ese era su nombre, sabía tanto de inglés como yo de astrofísica. Nada de nada.

Mi chico lo intentó durante más de diez minutos. "Mira... ¡Crudo! Si comes, ¡Hospital!" Y el pobre Francesco "ah, ¡Hospital!", contento de entender una palabra pero sin comprender por qué aquel tipo grandote se emperraba en hablar de hospitales cuando él sólo quería comer y dormir.

Tengo que decir que yo no fui de mucha ayuda, porque estaba muy ocupada descojonándome de risa al ver a los dos tratando de entenderse. Al final mi novio cocinó el pollo y Francesco pudo cenar y dormir sin mayores problema. Y mi pareja seguía con un cabreo mediano por haber perdido tiempo y encima haber cocinado la cena de otro. Pero eso no impidió que, aún después de haber apagado la luz, yo siguiera riéndome.

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