Llegué al trabajo contentísima de la vida porque era uno de esos días que generalmente es tranquilo y no hay mucho que hacer. Cubertería, limpieza general, comida robada (con la complicidad del Chef, por supuesto) de cocina, alguna mesa ocasional con la que hacer bromas y pasar un buen rato, reírnos del francés por ser el "newbie" (novato) al que le toca ser manager los domingos... Happy Sundays, como los llama mi compañera lituana.
Personalmente, me gusta trabajar los domingos. La gente está más relajada, es mas amable. Rara vez he tenido una mesa o un cliente "capullo" un domingo. Además, en un día normal se pueden hacer hasta 50 libras en propinas si sabes cómo montártelo.
Pero ahí estaba el francés, dispuesto a intentar joderme la mañana. Como si no fuera suficiente tener que levantarme a las nueve, cuando normalmente lo hago a las dos de la tarde. Viene tarde, con toda su pachorra y me dice que hoy no sirvo mesas, al menos por la mañana.
-Hoy toca limpiar - suelta con ese acentazo que, estoy segura, en ocasiones fuerza.
-¿Limpiar el qué, majo? - contesto con una sonrisa. Hoy no me agua el humor ni Dios.
-Los chicles de debajo de las mesas.
Hijo de puta...
Hagamos una puntualización. El francés me odia y tiene sus motivos para odiarme. Quizás no me odia, pero no le caigo simpática. Tampoco me he esforzado en ser simpática con él. Vamos, que me la suda lo que diga y que paso de él como de comerme un plato de larvas. A mi favor tengo que decir que es un pretencioso que intentaba explicarme como hacer mi trabajo de barista (que, aunque tengo 5 años de experiencia puedo entenderlo, porque él originalmente era barista y algo sabría el hombre) y cómo hacer mi trabajo de camarera... ¡Cuando a él le duelen los brazos si tiene que llevar platos pesados!
Entre eso, las órdenes contradictorias, los "hago lo que me da la gana" que te suelta a veces cuando todos sabemos que es la última mierda, los gritos y las malas maneras... Digamos que no es ninguna de nuestras personas favoritas. Para nadie del local.
A pesar y todo, yo estaba de buen humor y le dije que vale, que limpiaba los chicles de debajo de las mesas, pero que cada media horita, diez minutos para un par de cigarrillos. Intenta regatear, pero no puede. No sería la primera vez que le reto a llamar a algún superior. Simplemente, sabe que no tiene derecho a pedirme eso y yo sé lo que puede o no puede pedirme. En más de una ocasión le he dicho "recuerda que soy camarera y barista, no limpiadora" pero parece que se le olvida. De todos modos alguien tiene que hacerlo y yo no tengo mucha gana de servir mesas hoy. Es una excusa para estar sentadita y salir a fumar cada 15 minutos.
Comienzo con los chicles de las narices y me pregunto cómo puede ser la gente tan cerda. No exagero si digo que saqué de la primera mesa cincuenta chicles. Mami Pata, cuando yo era chiquitina, me decía que si me atrevía a pegar el chicle en algún lado, me lo tendrían que despegar a mí de la mejilla del bofetón con el que me lo iba a pegar ella de vuelta. Mucha educación y mucha flema inglesa pero... ¿A los ingleses no les enseñan limpieza?
Llevaba una hora, con sus cuatro cigarrillos, de limpieza cuando la marabunta estalló. Y es que es el puto año nuevo chino y da el casual de que nosotros estamos a la vera de Chinatown. Y claro, todo el mundo quiere comer y dicen "hala, qué sitio más cool, vamos allí".
En menos de cinco minutos yo he tenido que dejar la limpieza porque mi compañera no da abasto. Tenemos medio restaurante hasta arriba. El trabajo que suelen hacer cuatro personas lo estamos haciendo dos, porque el francés es "demasiado importante como para quedarse a servir mesas" según sus propias palabras. Le miro con cara de odio y le aseguro con la mirada que de esta no se libra, que me la iba a cobrar. Quizás fue eso lo que hizo que, veinte minutos después, apareciera con un par de platos. Quizás recordó que somos humanos, no máquinas. Me dio igual. Estaba ocupada cogiendo pedidos.
Por suerte mis bebidas estaban siendo hechas por otro compi de restaurante al que le tocaba turno de barista. Eso nos salvaba tiempo.
Después de correr como una loca, a las cuatro pienso que lo peor se ha acabado y le digo a mi compañera que se vaya a comer algo a su descanso, que yo termino a las siete, pero ella termina a las diez y necesita descansar.
Maldita la hora.
A todo el maldito Londres le dio por llegar a las cuatro y diez y el restaurante se llenó en cinco minutos.Tuve que decirle a algunos que se fueran a tomar una copa al bar mientras esperaban porque no era capaz de hacerme quince mesas y 43 personas yo sola. Aun cuando lo hicieras todo a la perfección sin tener que esperar nada, llegar a las mesas y "besar el santo", no te daría tiempo, pues hay que ir a atender como máximo cinco minutos después de que se sienten; las bebidas deben llegar en tres minutos y la comida en diez. Y para aquella, ya tenía que hacer yo mis bebidas, porque mi compañero estaba ya ocupado. Vamos, que ni de coña.
Pido ayuda al francés por radio. Pasa de mí, tanto que ni se molesta en contestar. Desesperada, llamo a mi compañera y le digo que lo siento mucho, pero que la necesito. No pasan ni dos minutos y ya la tengo a mi lado.
Nos las arreglamos para despachar al personal y, cuando ya sólo esperan por la comida, vuelvo a mandar a mi lituana a su descanso, porque pasado el jaleo inicial, si es para llevar comida sí puedo hacerlo tranquilamente. Además, ya son las cinco y sólo me quedan dos horas. En estas, el francés sube de la oficina, mira alrededor y me dice que por qué le llamo, que si no soy capaz de llevar los platos.
La mirada asesina que le echo le debe asustar, porque va a cocina, vuelve con platos para las mesas y no se va hasta que todas las mesas están comiendo. Le murmuro un "buen chico", igual que se hace a los perros, con media sonrisa y él sonríe como si fuera un cumplido y ya todo estuviera bien. La madre que lo trajo...
Ya son las seis, la lituana ha vuelto y el que antes estaba en barra ahora está en restaurante. Empiezo a prepararlo todo para irme. El dinero que tengo que dejar, pasarle mis secciones al albano (el que antes estaba en barra)... Todo muy bonito.
Hasta que llega el manager del bar.
Este tipo es lo suficientemente poco "newbie" como para tener algo más de autoridad sobre todo el mundo en el local y además tiene más responsabilidades. Pero es lo suficientemente "newbie" como para tener que currar en domingo.
Este manager dice que necesita que el albano vuelva a la barra. El francés dice que mi turno se acaba y que no puede dejar el restaurante tres horas con sólo la lituana atendiendo. Los dos me miran a mí. Mentalmente me acuerdo de todos sus ancestros ya fallecidos y también de los míos, porque ya sé lo que voy a hacer aunque no debería.
El manager del bar me recuerdan que si no puedo o no quiero quedarme, no tengo por qué hacerlo, pero que necesitan que me quede. Puedo escuchar encubierta la amenaza en sus palabras: "Si no te quedas, igual es que no te importa mucho tu trabajo y se lo podemos dar a otro", pero no me importa y ni me molesto en corregirle, ya lo estaba haciendo el francés en voz baja, temeroso de que reaccione como siempre reacciono ante una amenaza: Haciendo lo contrario a lo que se me pide. El pobre tipo ya tiene experiencia conmigo. Igual es contraproducente, pero para narices las mías. Además, no me asustan sus amenazas. Saben bien que trabajo no me faltaría y que me necesitan tanto como yo necesito que me paguen.
En realidad me la refanfinfla lo que estos dos trajeados me quieran contar u ofrecer, pero todo este tiempo he estado viendo a mi lituana estresadísima corriendo de arriba para abajo. También al albano y a todos los baristas sudando tinta para atender todas las bebidas. Y me dijo "soy gilipollas", porque antes de que me lo preguntaran, ya sabía lo que iba a contestar.
-De acuerdo, pero con una condición.
Se les ilumina la cara. Si quisiera darles por el culo a los dos con un arnés, dudo que se negaran con tal de que me quedara.
-Una copa gratis después del turno por cada media hora que me quede.
Ya que voy a terminar tarde, terminaré tarde y borracha. Que me da la sensación de que lo voy a necesitar.
El manager del bar me mira como si le hubiera dicho que le han tocado 10 millones en la lotería. Intenta abrazarme, pero mi cara le hace desistir. Lo que me faltaba.
Tres horas y media después, estoy frente a la barra con un Sailor Jerry doble con CocaCola y lima frente a mí. El albano aún sigue trabajando, y también la lituana, pero ya no está tan ocupado. Probablemente terminen en menos de media hora.
Uno de los baristas, mientras me sirve el segundo SailorDoble me pregunta que qué demonios hago allí aún cuando se suponía que yo terminaba a las cinco. Le cuento la historia casi tal cual como la he contado aquí. Se me queda mirando, pone la bebida frente a mí y observa como mi segunda copa desaparece en un par de minutos. Y cuando la he terminado, me dice:
-Sabía que toda esa bordería en momentos de estrés y ese "educar al cliente" no eran más que una fachada. Porque para hacer lo que has hecho, o eres muy buena o muy tonta. Y después de estos meses, tengo claro que precisamente tonta, no eres.
Y me quedé sin saber qué decir, mirándole servir a otro cliente y dejando que el hielo se derrita en el vaso vacío.
Historias de una camarera madrileña en una de las ciudades más cosmopolitas y con más vida del mundo.
lunes, 13 de febrero de 2012
sábado, 11 de febrero de 2012
El "después"...
Llego a casa alrededor de las cinco de la mañana, derrengada y con ganas de nada. Por suerte, los días que termino tan tarde el local siempre me paga un taxi de vuelta a casa. Después de todo, no es mi horario el que estaba cumpliendo y me quedo "de favor" las noches que así lo necesitan. Como dice Mami Pata con más razón que una santa: "Piensa en el dinero, Cheza, piensa en el dinero".
Pero a las cinco y cinco minutos, cuando por fin he entrado en casa, ese pensamiento no me consuela. Menos mal que tengo 21 años, porque no sé cómo lo haría si tuviera 30.
Subo a mi habitación y me quedo 10 minutos tirada en la cama. Quiero dormirme, pero mi estómago me recuerda que no ingiero nada desde el medio día y que necesito alimento. Bajo a la cocina y agradezco a quienquiera que inventara los noodles instantáneos.
Pienso que es un buen momento para un cigarrillo y, mientras los noodles se preparan en el microondas, salgo al jardín a exhalar un poco de humo y a disfrutar del frescor nocturno.
Oigo ruidos en la casa de al lado. Mi vecino también está en el jardín. Quizás él también tenga un horario de trabajo como el mío, o igual simplemente es un ave nocturna. Es viernes, o era viernes cuando salí de casa para ir a trabajar; si libra los domingos se lo puede permitir. La verdad, ahora mismo no me importa un carajo.
Entro y escucho los ruidos de la televisión de uno de mis compañeros. Suena un resumen del reality de moda y, una vez más, doy gracias por vivir sin televisión. A pesar de que mis compañeros y mi novio digan que soy extraña por tal hecho.
Los noodles ya están listos y mi cigarrillo terminado, por lo que no queda más que subir las escaleras, cosa que me cuesta un trabajo enorme, y me tiro en la cama como puedo, procurando no derramar la poco nutritiva pasta que se mantiene caliente en un bol a mi lado.
Mañana mis compañeros de casa se quejarán de nuevo de que volví a las tantas y de que me puse a cocinar a las cinco de la mañana. Yo le volveré a decir a la casera que no me importa una mierda, que ella sabía cuales iban a ser mis horarios de trabajo y que, aún así , me aceptó. Como es cierto y siempre pago mi renta puntualmente, no dirá nada.
La verdad es que no me importa una mierda. Me como los noodles tan bien como puede hacerlo una persona que se duerme de pie y me meto entre las sábanas, intentando no pensar que mi siguiente turno empieza en menos de doce horas, o que dentro de cuatro deberé levantarme. Ahora mismo soy una muñeca que respira y no me importa nada. Sólo sobrevivir hasta mañana.
Pero a las cinco y cinco minutos, cuando por fin he entrado en casa, ese pensamiento no me consuela. Menos mal que tengo 21 años, porque no sé cómo lo haría si tuviera 30.
Subo a mi habitación y me quedo 10 minutos tirada en la cama. Quiero dormirme, pero mi estómago me recuerda que no ingiero nada desde el medio día y que necesito alimento. Bajo a la cocina y agradezco a quienquiera que inventara los noodles instantáneos.
Pienso que es un buen momento para un cigarrillo y, mientras los noodles se preparan en el microondas, salgo al jardín a exhalar un poco de humo y a disfrutar del frescor nocturno.
Oigo ruidos en la casa de al lado. Mi vecino también está en el jardín. Quizás él también tenga un horario de trabajo como el mío, o igual simplemente es un ave nocturna. Es viernes, o era viernes cuando salí de casa para ir a trabajar; si libra los domingos se lo puede permitir. La verdad, ahora mismo no me importa un carajo.
Entro y escucho los ruidos de la televisión de uno de mis compañeros. Suena un resumen del reality de moda y, una vez más, doy gracias por vivir sin televisión. A pesar de que mis compañeros y mi novio digan que soy extraña por tal hecho.
Los noodles ya están listos y mi cigarrillo terminado, por lo que no queda más que subir las escaleras, cosa que me cuesta un trabajo enorme, y me tiro en la cama como puedo, procurando no derramar la poco nutritiva pasta que se mantiene caliente en un bol a mi lado.
Mañana mis compañeros de casa se quejarán de nuevo de que volví a las tantas y de que me puse a cocinar a las cinco de la mañana. Yo le volveré a decir a la casera que no me importa una mierda, que ella sabía cuales iban a ser mis horarios de trabajo y que, aún así , me aceptó. Como es cierto y siempre pago mi renta puntualmente, no dirá nada.
La verdad es que no me importa una mierda. Me como los noodles tan bien como puede hacerlo una persona que se duerme de pie y me meto entre las sábanas, intentando no pensar que mi siguiente turno empieza en menos de doce horas, o que dentro de cuatro deberé levantarme. Ahora mismo soy una muñeca que respira y no me importa nada. Sólo sobrevivir hasta mañana.
jueves, 9 de febrero de 2012
Habilidades sociales
Qué cortas y qué pequeñas son las palabras "Sorry" y "Thanks" ¿verdad? Apenas se gasta saliva al decirlas, y cuestan tan solo medio segundo de nuestro valioso tiempo.
Otra cosa curiosa: Según he visto en Discovery Channel recientemente, sólo se necesitan 23 músculos para echar una sonrisa, mientras que para fruncir el ceño o poner mala cara se usan como mínimo 42.
Pero lo más curioso es los efectos que un simple "sorry" o un "thanks" tienen en nosotros. Ni te cuento una sonrisa y ya sería tema de ensayo académico lo de soltar una carcajada de vez en cuando. Estas acciones tan simples tienen la capacidad de alegrarnos el día, de poner una sonrisa en nuestras caras e incluso de aligerar a alguien de la carga mental que lleve por la razón que sea. Y poniendo una sonrisa en la cara de los demás, ellos también la pondrán en otras personas y así sucesivamente. Esa sí que sería una cadena bonita y útil, no las de spam.
Si coincidimos en lo bueno que es decir estas palabras y realizar estas acciones yo, que no soy muy tonta pero tampoco debo ser muy lista porque no lo entiendo, me pregunto...
¿Por qué no las ponemos en práctica?
¿Tanto costaría? ¿Es tan sumamente difícil recordar de vez en cuando el agradecer lo que recibes? ¿Que enfrente tuya no hay un robot sino una persona?
Al parecer sí, porque en este mundo hay dos tipos de personas: La gente con habilidades sociales y la gente sin habilidades sociales.
Las habilidades sociales son, según Carlos Moreno, un tipo genial, magnifico profesor que tuve la suerte de tener y experto en psicopedagogía, las capacidades de ejecutar una conducta de intercambio y/o interactiva con resultado social favorable. Traduciendo al cristiano, el poder comunicarte con tu alrededor sin que tu alrededor sienta ganas de patearte el culo.
Las habilidades sociales son importantes en todos los aspectos de la vida, pero son fundamentales y básicas cuando trabajas en equipo. Aunque en ese equipo haya una jerarquía clara. Pero si el manager no es capaz de comunicarse con su currito de una manera en la que el currito no piense lo bonito que sería que le dieran por culo al manager, probablemente el trabajo saldrá tarde y mal, porque el currito piensa "va a trabajar más de lo justo y necesario por este mamón su puta madre". Textualmente.
Se da el caso de que yo en mi trabajo, por jerarquía, soy currito. Y tengo un manager por encima de mí que es bueno en las habilidades sociales y, más importante todavía para un manager, es el rey del carisma . El tío te despediría y tú seguirías dándole las gracias por el tiempo que te ha dedicado. Haría cualquier cosa por él y, de hecho, lo he hecho. Como quedarme tres, cuatro y cinco horas después del trabajo para ayudar, trabajar 16 horas seguidas sin un maldito descanso para un cigarrillo o para comer...
El problema es el tipo que hay entre mi manager y yo, que no hace más que meterse por medio y lo tiene todo: Es gilipollas, no tiene habilidades sociales, se estresa con facilidad y es francés.
Una joya. Por cierto, hay franceses adorables. Delphine, si algún día lees esto que sepas que te quiero con locura. A ti también, Laurena. Y también a ti, Anthony. Y a ti, Jeremy. Y por supuesto, también a Jeff. Y... mejor lo dejamos. A lo que voy, tengo bastantes amigos franceses que son magníficas personas y amigos. El problema es que este francés mío es el estereotipo del francés gilipollas que a todos nos viene a la mente cuando pensamos en un francés gilipollas.
Este hombre, a quien en mi mente siempre llamaré "Harold" o, en su defecto, "el subnormal", tiene la capacidad de estresarse cuando entran más de quince clientes en el local. cosa que pasa desde las cinco de la tarde hasta las... ¿cuatro de la mañana? Y cuando se estresa no deja a nadie hacer su trabajo. Y grita. Y me mosquea. Y me dan ganas de gritarle yo, pero me relajo hablando en castellano, diciendo textualmente "cálmate". Y entonces el subnormal me dice que no puedo hablar en castellano. Que es cuando me doy la vuelta y le digo en perfecto francés "hablaré en castellano si me da la santa gana". Entonces me mira y me dice "pues no". Y yo voy a él y en voz muy bajita le digo "Oui". Y se asusta, porque sabe que si yo me mosqueo, él la ha jodido.
Porque por jerarquía yo soy currito, soldado raso. Pero por habilidades sociales a mí me llaman "The Key" (La Llave) en el trabajo. Si hay algo que, por cualquier razón, no puedes conseguir, si hablas conmigo lo conseguirás. Porque yo conozco a todo el mundo y me llevo bien con todo el mundo. Porque todo el mundo está dispuesto a hacerme un favor.
No es casualidad que mis bebidas sean las que se preparen antes cuando no tengo tiempo de hacerlas yo, o que en cocina siempre haya un plato de comida esperándome aunque no he pagado nada. O que al final de mi turno siempre haya un brownie de chocolate y un KitKat para mí, o que cuando tengo que irme rápido, siempre hay un manager dispuesto a dejar lo que esté haciendo para poder darle el parte del día. Todo eso lo tengo porque durante los meses que he estado trabajando allí me he preocupado de saber quién es quién, quién hace qué, qué necesitan, en qué puedo ayudar... La comida no va sola de la cocina al bar y los clientes no se evaporan solos cuando hay una gran aglomeración en barra. La máquina de cafés no hace lattes por arte de magia y estos no vuelan hacia los que los van a beber, ya sean clientes o managers, por ciencia infusa.
Y no sólo eso. Un "hey, ¿qué tal va el día?" hace más milagros que el agua bendita. Preocuparte por la persona, pensar en que es un compañero que probablemente las estará pasando putas, igual que tú, decirle una broma y reíros juntos, darle las gracias por su ayuda después de un largo día de trabajo... Eso, my friends, eso no tiene precio. Y eso es lo que ha hecho que, con el tiempo, yo sea La Llave.
Pero el francés no sabe qué es todo esto. Para que os hagais una idea, estamos hablando de una persona que, sin tener idea de mi nombre, el primer día vino directamente a mí y empezó a recriminarme que por qué no funcionaban las máquinas para tarjetas de crédito. Estaba tan sorprendida que, enfrente de otros dos managers y medio staff le di la mano a través de la barra, le dije "Hola, yo soy Chess, encantada". Coño, que no sabía quién era. Él, avergonzado, me tuvo que dar la mano y presentarse. Vaya imagen, no conocer a tu propio personal. Que a partir de ahí yo le contesté a todo lo que quiso, pero por lo menos saber con quién estoy hablando para mí es importante.
El caso es que me mosqueó. Y lo hizo delante de mis compañeros, justo en un momento en que tenía que decidir si mandarle a la mierda como Dios manda u ocuparme de mi sección, que ya empezaba a colapsar. Tengo que decir que agradezco infinito la reacción de mi gente. No dijeron nada, pero de repente las cosas iban más lentas. La comida que "el subnormal" pedía no salía, mientras que la mía, pedida casi 20 minutos después, salía en menos de tres minutos. Mis bebidas aparecían hechas antes casi de tener tiempo de ponerlas en la cuenta. Mi sección de trabajo totalmente ordenada todo el tiempo y mis compañeros ayudándome en ella.
Al final del día, fui a hablar con el francés y me encargué de que le quedaran claros tres conceptos fundamentales:
1- A mí no me grita ni mi santa Mami Pata desde que tenía 15 años. Al menos ella tiene derecho para darme voces. Un trepa que quiere hacer de manager no.
2- Si te hablo con respeto, espero respeto a cambio. Si no recibo respeto, se armará Troya.
3- El castellano es mi lengua y la hablo cuando me sale de los mismísimos ovarios, sobre todo si hablo conmigo misma para no cantarte cuatro verdades.
Sé que peco de chula y que no debería decir las cosas así, pero toda paciencia tiene un límite y las habilidades sociales son básicas cuando tienes a gente a tu cargo. Más le vale aprenderlo rápido, si no quiere ser despedido, porque ya me contareis qué manager puede prosperar si su gente no le apoya. Lo único que diré es que no hay nadie a quien le desee más una promoción. De verdad. El día de su fiesta de despedida, os prometo que yo lo voy a organizar todo. Y que tengo un montón de voluntarios que quieren ayudarme. Nadie se perdería la ocasión de decirle Adiós de una vez por todas.
Otra cosa curiosa: Según he visto en Discovery Channel recientemente, sólo se necesitan 23 músculos para echar una sonrisa, mientras que para fruncir el ceño o poner mala cara se usan como mínimo 42.
Pero lo más curioso es los efectos que un simple "sorry" o un "thanks" tienen en nosotros. Ni te cuento una sonrisa y ya sería tema de ensayo académico lo de soltar una carcajada de vez en cuando. Estas acciones tan simples tienen la capacidad de alegrarnos el día, de poner una sonrisa en nuestras caras e incluso de aligerar a alguien de la carga mental que lleve por la razón que sea. Y poniendo una sonrisa en la cara de los demás, ellos también la pondrán en otras personas y así sucesivamente. Esa sí que sería una cadena bonita y útil, no las de spam.
Si coincidimos en lo bueno que es decir estas palabras y realizar estas acciones yo, que no soy muy tonta pero tampoco debo ser muy lista porque no lo entiendo, me pregunto...
¿Por qué no las ponemos en práctica?
¿Tanto costaría? ¿Es tan sumamente difícil recordar de vez en cuando el agradecer lo que recibes? ¿Que enfrente tuya no hay un robot sino una persona?
Al parecer sí, porque en este mundo hay dos tipos de personas: La gente con habilidades sociales y la gente sin habilidades sociales.
Las habilidades sociales son, según Carlos Moreno, un tipo genial, magnifico profesor que tuve la suerte de tener y experto en psicopedagogía, las capacidades de ejecutar una conducta de intercambio y/o interactiva con resultado social favorable. Traduciendo al cristiano, el poder comunicarte con tu alrededor sin que tu alrededor sienta ganas de patearte el culo.
Las habilidades sociales son importantes en todos los aspectos de la vida, pero son fundamentales y básicas cuando trabajas en equipo. Aunque en ese equipo haya una jerarquía clara. Pero si el manager no es capaz de comunicarse con su currito de una manera en la que el currito no piense lo bonito que sería que le dieran por culo al manager, probablemente el trabajo saldrá tarde y mal, porque el currito piensa "va a trabajar más de lo justo y necesario por este mamón su puta madre". Textualmente.
Se da el caso de que yo en mi trabajo, por jerarquía, soy currito. Y tengo un manager por encima de mí que es bueno en las habilidades sociales y, más importante todavía para un manager, es el rey del carisma . El tío te despediría y tú seguirías dándole las gracias por el tiempo que te ha dedicado. Haría cualquier cosa por él y, de hecho, lo he hecho. Como quedarme tres, cuatro y cinco horas después del trabajo para ayudar, trabajar 16 horas seguidas sin un maldito descanso para un cigarrillo o para comer...
El problema es el tipo que hay entre mi manager y yo, que no hace más que meterse por medio y lo tiene todo: Es gilipollas, no tiene habilidades sociales, se estresa con facilidad y es francés.
Una joya. Por cierto, hay franceses adorables. Delphine, si algún día lees esto que sepas que te quiero con locura. A ti también, Laurena. Y también a ti, Anthony. Y a ti, Jeremy. Y por supuesto, también a Jeff. Y... mejor lo dejamos. A lo que voy, tengo bastantes amigos franceses que son magníficas personas y amigos. El problema es que este francés mío es el estereotipo del francés gilipollas que a todos nos viene a la mente cuando pensamos en un francés gilipollas.
Este hombre, a quien en mi mente siempre llamaré "Harold" o, en su defecto, "el subnormal", tiene la capacidad de estresarse cuando entran más de quince clientes en el local. cosa que pasa desde las cinco de la tarde hasta las... ¿cuatro de la mañana? Y cuando se estresa no deja a nadie hacer su trabajo. Y grita. Y me mosquea. Y me dan ganas de gritarle yo, pero me relajo hablando en castellano, diciendo textualmente "cálmate". Y entonces el subnormal me dice que no puedo hablar en castellano. Que es cuando me doy la vuelta y le digo en perfecto francés "hablaré en castellano si me da la santa gana". Entonces me mira y me dice "pues no". Y yo voy a él y en voz muy bajita le digo "Oui". Y se asusta, porque sabe que si yo me mosqueo, él la ha jodido.
Porque por jerarquía yo soy currito, soldado raso. Pero por habilidades sociales a mí me llaman "The Key" (La Llave) en el trabajo. Si hay algo que, por cualquier razón, no puedes conseguir, si hablas conmigo lo conseguirás. Porque yo conozco a todo el mundo y me llevo bien con todo el mundo. Porque todo el mundo está dispuesto a hacerme un favor.
No es casualidad que mis bebidas sean las que se preparen antes cuando no tengo tiempo de hacerlas yo, o que en cocina siempre haya un plato de comida esperándome aunque no he pagado nada. O que al final de mi turno siempre haya un brownie de chocolate y un KitKat para mí, o que cuando tengo que irme rápido, siempre hay un manager dispuesto a dejar lo que esté haciendo para poder darle el parte del día. Todo eso lo tengo porque durante los meses que he estado trabajando allí me he preocupado de saber quién es quién, quién hace qué, qué necesitan, en qué puedo ayudar... La comida no va sola de la cocina al bar y los clientes no se evaporan solos cuando hay una gran aglomeración en barra. La máquina de cafés no hace lattes por arte de magia y estos no vuelan hacia los que los van a beber, ya sean clientes o managers, por ciencia infusa.
Y no sólo eso. Un "hey, ¿qué tal va el día?" hace más milagros que el agua bendita. Preocuparte por la persona, pensar en que es un compañero que probablemente las estará pasando putas, igual que tú, decirle una broma y reíros juntos, darle las gracias por su ayuda después de un largo día de trabajo... Eso, my friends, eso no tiene precio. Y eso es lo que ha hecho que, con el tiempo, yo sea La Llave.
Pero el francés no sabe qué es todo esto. Para que os hagais una idea, estamos hablando de una persona que, sin tener idea de mi nombre, el primer día vino directamente a mí y empezó a recriminarme que por qué no funcionaban las máquinas para tarjetas de crédito. Estaba tan sorprendida que, enfrente de otros dos managers y medio staff le di la mano a través de la barra, le dije "Hola, yo soy Chess, encantada". Coño, que no sabía quién era. Él, avergonzado, me tuvo que dar la mano y presentarse. Vaya imagen, no conocer a tu propio personal. Que a partir de ahí yo le contesté a todo lo que quiso, pero por lo menos saber con quién estoy hablando para mí es importante.
El caso es que me mosqueó. Y lo hizo delante de mis compañeros, justo en un momento en que tenía que decidir si mandarle a la mierda como Dios manda u ocuparme de mi sección, que ya empezaba a colapsar. Tengo que decir que agradezco infinito la reacción de mi gente. No dijeron nada, pero de repente las cosas iban más lentas. La comida que "el subnormal" pedía no salía, mientras que la mía, pedida casi 20 minutos después, salía en menos de tres minutos. Mis bebidas aparecían hechas antes casi de tener tiempo de ponerlas en la cuenta. Mi sección de trabajo totalmente ordenada todo el tiempo y mis compañeros ayudándome en ella.
Al final del día, fui a hablar con el francés y me encargué de que le quedaran claros tres conceptos fundamentales:
1- A mí no me grita ni mi santa Mami Pata desde que tenía 15 años. Al menos ella tiene derecho para darme voces. Un trepa que quiere hacer de manager no.
2- Si te hablo con respeto, espero respeto a cambio. Si no recibo respeto, se armará Troya.
3- El castellano es mi lengua y la hablo cuando me sale de los mismísimos ovarios, sobre todo si hablo conmigo misma para no cantarte cuatro verdades.
Sé que peco de chula y que no debería decir las cosas así, pero toda paciencia tiene un límite y las habilidades sociales son básicas cuando tienes a gente a tu cargo. Más le vale aprenderlo rápido, si no quiere ser despedido, porque ya me contareis qué manager puede prosperar si su gente no le apoya. Lo único que diré es que no hay nadie a quien le desee más una promoción. De verdad. El día de su fiesta de despedida, os prometo que yo lo voy a organizar todo. Y que tengo un montón de voluntarios que quieren ayudarme. Nadie se perdería la ocasión de decirle Adiós de una vez por todas.
domingo, 5 de febrero de 2012
"Estudia, hijo, o sólo servirás para barrer calles o servir cafés".
En mil ocasiones he tenido que escuchar frases como la del título o derivadas. Padres que, de ese modo, piensan que asustarán lo suficiente a sus hijos, poniéndoles el ejemplo del perdedor más clásico en la cara, incitándoles a buscar algo mejor, a conseguir algo mejor.
Porque si dices que eres médico, "¡Whoa! ¿Eres médico? Tienes que ser superlisto ¿no?"
Si eres arquitecto, la reacción es "¡Joder! Te has tenido que pasar la vida matado a estudiar, porque con esa nota de corte que os exigen..."
Y así con mil profesiones más. Hasta los oficinistas, esos chupatintas con el culo gordo de no moverse de la silla y los ojos jodidos de leerse todos los periódicos digitales existentes, reciben más respeto que nosotros. En cambio, los pobres baristas y camareros no somos más que el mal ejemplo. Somos los que "no estudiamos", los que no valíamos para nada más que para limpiar y servir mesas. O eso es lo que piensan de nosotros. La realidad es que la mayoría de la gente da mucho por hecho, cuando en realidad no sabe qué es lo que hay tras la amable cara del camarero que viene a preguntarte qué quieres de beber. Si no puedes definirte a ti mismo con cinco palabras... ¿Por qué pretendes saber quién es el camarero que te atiende por un simple vistazo?
Hace no demasiado, escuchaba una conversación que un grupo de jóvenes ingleses mantenía en la barra, cerca de mi estación, al lado de la cual bebo mi zumo de piña en uno de esos raros momentos de calma.
-Buff, tío, tengo que ponerme a trabajar en el proyecto de la asignatura X pero ya, a ver si puedo terminar la carrera dentro de dos años.
-¿Y qué quieres hacer después de terminarla? ¿Estudiar algo más?
-Bueno, me gustaría conseguir un trabajo, pero uno de verdad, no como lo que hacen estos desgraciados (inserte aquí gesto de cabeza en mi dirección). Que ya que me he pasado años estudiando una carrera, quiero que me sirva de algo, para servir copas y hamburguesas ya están esos idiotas.
Mientras escuchaba las carcajadas me dieron ganas de moverme de mi estación e ir a aquel subnormal intento de pijo inglés y partirle la cara al tiempo que le decía que con 21 años yo ya tenía mi carrera terminada y con una media bastante alta, sin contar los cuatro idiomas que hablo perfectamente; mientras que él, que andaba cerca de los 25 (había tenido que ver su pasaporte cuando pagó con tarjeta de crédito) aún seguía intentando terminar Administración y Dirección de Empresas.
Quería decirle que prefería estar sirviendo copas que viviendo como un parásito gracias a mamá y a papá, que trabajaba ahí porque no quería quedarme en una sola profesión, quería conocer más. Y que me sentía orgullosísima de cómo lo estaba haciendo en la vida, porque con 21, independizada y con un sueldo como el mío (os sorprendería lo que puede ganar un buen camarero en una ciudad como Londres), no te encuentras a mucha gente.
Pero después pensé que hacer eso no era más que rebajarme a su nivel y seguí sonriendo al tiempo que echaba un sorbito de mi zumo de piña. Aunque, como pensé mientras escupía disimuladamente en el vaso de la siguiente consumición que me pidió y se la entregaba con una sonrisa, nunca hay que olvidar la alegría de ser una niña grande... Y hacer travesuras.
Porque si dices que eres médico, "¡Whoa! ¿Eres médico? Tienes que ser superlisto ¿no?"
Si eres arquitecto, la reacción es "¡Joder! Te has tenido que pasar la vida matado a estudiar, porque con esa nota de corte que os exigen..."
Y así con mil profesiones más. Hasta los oficinistas, esos chupatintas con el culo gordo de no moverse de la silla y los ojos jodidos de leerse todos los periódicos digitales existentes, reciben más respeto que nosotros. En cambio, los pobres baristas y camareros no somos más que el mal ejemplo. Somos los que "no estudiamos", los que no valíamos para nada más que para limpiar y servir mesas. O eso es lo que piensan de nosotros. La realidad es que la mayoría de la gente da mucho por hecho, cuando en realidad no sabe qué es lo que hay tras la amable cara del camarero que viene a preguntarte qué quieres de beber. Si no puedes definirte a ti mismo con cinco palabras... ¿Por qué pretendes saber quién es el camarero que te atiende por un simple vistazo?
Hace no demasiado, escuchaba una conversación que un grupo de jóvenes ingleses mantenía en la barra, cerca de mi estación, al lado de la cual bebo mi zumo de piña en uno de esos raros momentos de calma.
-Buff, tío, tengo que ponerme a trabajar en el proyecto de la asignatura X pero ya, a ver si puedo terminar la carrera dentro de dos años.
-¿Y qué quieres hacer después de terminarla? ¿Estudiar algo más?
-Bueno, me gustaría conseguir un trabajo, pero uno de verdad, no como lo que hacen estos desgraciados (inserte aquí gesto de cabeza en mi dirección). Que ya que me he pasado años estudiando una carrera, quiero que me sirva de algo, para servir copas y hamburguesas ya están esos idiotas.
Mientras escuchaba las carcajadas me dieron ganas de moverme de mi estación e ir a aquel subnormal intento de pijo inglés y partirle la cara al tiempo que le decía que con 21 años yo ya tenía mi carrera terminada y con una media bastante alta, sin contar los cuatro idiomas que hablo perfectamente; mientras que él, que andaba cerca de los 25 (había tenido que ver su pasaporte cuando pagó con tarjeta de crédito) aún seguía intentando terminar Administración y Dirección de Empresas.
Quería decirle que prefería estar sirviendo copas que viviendo como un parásito gracias a mamá y a papá, que trabajaba ahí porque no quería quedarme en una sola profesión, quería conocer más. Y que me sentía orgullosísima de cómo lo estaba haciendo en la vida, porque con 21, independizada y con un sueldo como el mío (os sorprendería lo que puede ganar un buen camarero en una ciudad como Londres), no te encuentras a mucha gente.
Pero después pensé que hacer eso no era más que rebajarme a su nivel y seguí sonriendo al tiempo que echaba un sorbito de mi zumo de piña. Aunque, como pensé mientras escupía disimuladamente en el vaso de la siguiente consumición que me pidió y se la entregaba con una sonrisa, nunca hay que olvidar la alegría de ser una niña grande... Y hacer travesuras.
miércoles, 1 de febrero de 2012
La importancia del poder comunicarse
Parece de cajón, pero no lo es. Si bien es cierto que hay signos que son internacionales y todo el mundo reconoce (los números, el "ok", el signo de "la cuenta, por favor"...) lo cierto es que si vas a un lugar con un idioma diferente al tuyo y el cual desconoces, macho, la has jodido pero bien.
Día tras día atiendo a gente sin nociones ni básicas de inglés ni español. Por suerte, servidora habla también francés, porque si no... La gracia es que los clientes no suelen entender el por qué de tu despiste, ellos saben que son superchachis pirulis en inglés/español/esperanto. "¿Por qué demonios me hace repetirlo cuando yo lo pronuncio tan sumamente bien?" Y tú al final repites el sinsentido que el tontolaba que tienes sentadito delante te ha soltado tan convencido y le dices que "por supuesto, ahora mismo" cuando en realidad no tienes ni repajolera idea de lo que te han dicho. Vas a otro compañero con la esperanza de que en algún momento de su vida laboral se haya encontrado a otro italiano/ruso/francés/gallego que le dijera la misma idiotez y rezas porque él sí sepa lo que quiere decir "asgreoayhia" (que, amigos míos, resultó ser "aspargarus" que en castellano son ni más ni menos que espárragos).
Tengo un compañero en el trabajo que siempre que tenemos una mesa española, en vez de preguntarles si quieren "tomato soos" (forma de pronunciar "salsa de tomate") o "ketchap" (forma de pronunciar "ketchup") el muy cabrón les pregunta si quieren "quechu", porque sabe de primera mano que así es como llamamos nosotros a esa salsa algo picante de color rojo oscuro. Y los españoles siempre se emocionan y dicen "¡lles, lles! ¡Quechu, quechu!", haciendo una imitación perfecta de las gaviotas de "Buscando a Nemo".
El problema es que yo tengo que pasar al lado de la mesa después, y los pobres españoles no entienden por qué paso a su lado y me parto de la risa. Normalmente siempre escucho algún "estos ingleses son más raritos" sin importar que mi compañero es albano y yo española. Tened en cuenta que la mayoría de veces que tengo una mesa española yo no me descubro como compatriota. Mi acento y mis maneras son lo suficientemente buenas como para dar el pego, sobre todo delante de mediterráneos que no tienen ni zorra del idioma, sin importar mi pelo oscuro, mis ojos casi negros y mi piel morenita.
Los días que tengo más paciencia con estos "expertos lingüistas" me quedo en la mesa mis diez y quince minutos largos intentando descifrar qué quieren para comer. Los días que no tengo tanta paciencia, les sirvo lo que yo entiendo que han pedido. Me viene a la mente el caso de un danés que me pidió un "stick" (palo) para comer. Le pregunté si lo que quería era un "steik" (así pronunciado, escrito es "steak", un filete de ternera) y el tipo, con un gesto de fastidio, no me dijo ni sí ni no, me dijo que quería un "stick". Yo que no tenía el día católico, llevé todos los platos a la mesa y cuando serví el suyo le puse un palo de madera que usamos para machacar las limas y la menta de los mojitos.
La cara del tipo era todo un poema. Por suerte, se lo tomó con humor e incluso le hizo una foto al plato. Cuando volví a la mesa, llevaba el plato con el filete de ternera en la mano y una sonrisa traviesa en la cara. El tipo me dio la mano, me dio las gracias y me dejó 20 libras de propina.
Donde no tengo paciencia jamás para ponerme a traducir es en barra. Pensadlo. La música a tope, mil clientes a los que atender y el japonés típico que intenta decirme, sin señalarlos en el menú, los ocho cóckteles que quieren él y sus amigos. Igual pillo el "Mai Tai" y el "Cosmo", pero cuando intenta pronunciar sin éxito lo que supongo que es un "Japanesse Fizz" (igual podría ser un "Long Island Iced Tea" o un "Southern Belle", porque para lo que le entiendo...) pierdo la paciencia. Que te den por culo, majete, que yo estoy currando y tengo prisa. La próxima vez te lo traes apuntadito en un papel o me traes el menú y señalas.
Porque niños y niñas, la norma de oro en la hostelería es la siguiente: Si no sabes decir lo que quieres, no intentes hacerte el listo pronunciando cualquier chorrada y señala el maldito menú, porque para ti será muy gracioso, pero eres el enésimo extranjero que intenta hacerse entender, por lo que al que tienes delante no le hace ni puta gracia, le haces perder el tiempo y, encima, estás entorpeciendo su trabajo.
El problema es que esta es la ciudad más cosmopolita del mundo (que te jodan, Nueva York, no me creo que seas más cosmopolita que Londres), así que el problema de lidiar con gente con la que no te puedes comunicar no sólo es diario, sino continuo y en todos los aspectos de la vida diaria.
Estoy pensando ahora en un compañero de casa que tuve hace no mucho tiempo. Este muchacho era de nacionalidad italiana, pocos años y poca cabeza. Era la primera vez que vivía solo y había venido a Londres como tantos otros a "aprender el idioma". Vamos, que el muchacho sólo sabía decir "hello" y "goodbye" y encima mal pronunciados.
Una noche, volvía hacia casa después del trabajo con mi pareja y nos lo encontramos en la cocina, intentando freir unos muslos de pollo. Pero tenía la sartén con el fuego tan fuerte, que la carne se estaba achicharrando por fuera pero por dentro estaba totalmente crudo.
Ahora bien, cualquiera que haya vivido una temporada solo, sabrá que la carne del pollo poco hecha o directamente cruda, es malísima para el organismo. En el mejor de los casos, te causará una indigestión y dolor de tripa. En el peor, te mandará al hospital. Y eso es lo que mi pareja, haciendo de buen samaritano, intentaba explicarle al tiempo que hacia un esfuerzo por mostrarle cómo debía cocinarlo.
El problema era que mi pareja sólo podía comunicarse con él en inglés, y Francesco, pues ese era su nombre, sabía tanto de inglés como yo de astrofísica. Nada de nada.
Mi chico lo intentó durante más de diez minutos. "Mira... ¡Crudo! Si comes, ¡Hospital!" Y el pobre Francesco "ah, ¡Hospital!", contento de entender una palabra pero sin comprender por qué aquel tipo grandote se emperraba en hablar de hospitales cuando él sólo quería comer y dormir.
Tengo que decir que yo no fui de mucha ayuda, porque estaba muy ocupada descojonándome de risa al ver a los dos tratando de entenderse. Al final mi novio cocinó el pollo y Francesco pudo cenar y dormir sin mayores problema. Y mi pareja seguía con un cabreo mediano por haber perdido tiempo y encima haber cocinado la cena de otro. Pero eso no impidió que, aún después de haber apagado la luz, yo siguiera riéndome.
Día tras día atiendo a gente sin nociones ni básicas de inglés ni español. Por suerte, servidora habla también francés, porque si no... La gracia es que los clientes no suelen entender el por qué de tu despiste, ellos saben que son superchachis pirulis en inglés/español/esperanto. "¿Por qué demonios me hace repetirlo cuando yo lo pronuncio tan sumamente bien?" Y tú al final repites el sinsentido que el tontolaba que tienes sentadito delante te ha soltado tan convencido y le dices que "por supuesto, ahora mismo" cuando en realidad no tienes ni repajolera idea de lo que te han dicho. Vas a otro compañero con la esperanza de que en algún momento de su vida laboral se haya encontrado a otro italiano/ruso/francés/gallego que le dijera la misma idiotez y rezas porque él sí sepa lo que quiere decir "asgreoayhia" (que, amigos míos, resultó ser "aspargarus" que en castellano son ni más ni menos que espárragos).
Tengo un compañero en el trabajo que siempre que tenemos una mesa española, en vez de preguntarles si quieren "tomato soos" (forma de pronunciar "salsa de tomate") o "ketchap" (forma de pronunciar "ketchup") el muy cabrón les pregunta si quieren "quechu", porque sabe de primera mano que así es como llamamos nosotros a esa salsa algo picante de color rojo oscuro. Y los españoles siempre se emocionan y dicen "¡lles, lles! ¡Quechu, quechu!", haciendo una imitación perfecta de las gaviotas de "Buscando a Nemo".
El problema es que yo tengo que pasar al lado de la mesa después, y los pobres españoles no entienden por qué paso a su lado y me parto de la risa. Normalmente siempre escucho algún "estos ingleses son más raritos" sin importar que mi compañero es albano y yo española. Tened en cuenta que la mayoría de veces que tengo una mesa española yo no me descubro como compatriota. Mi acento y mis maneras son lo suficientemente buenas como para dar el pego, sobre todo delante de mediterráneos que no tienen ni zorra del idioma, sin importar mi pelo oscuro, mis ojos casi negros y mi piel morenita.
Los días que tengo más paciencia con estos "expertos lingüistas" me quedo en la mesa mis diez y quince minutos largos intentando descifrar qué quieren para comer. Los días que no tengo tanta paciencia, les sirvo lo que yo entiendo que han pedido. Me viene a la mente el caso de un danés que me pidió un "stick" (palo) para comer. Le pregunté si lo que quería era un "steik" (así pronunciado, escrito es "steak", un filete de ternera) y el tipo, con un gesto de fastidio, no me dijo ni sí ni no, me dijo que quería un "stick". Yo que no tenía el día católico, llevé todos los platos a la mesa y cuando serví el suyo le puse un palo de madera que usamos para machacar las limas y la menta de los mojitos.
La cara del tipo era todo un poema. Por suerte, se lo tomó con humor e incluso le hizo una foto al plato. Cuando volví a la mesa, llevaba el plato con el filete de ternera en la mano y una sonrisa traviesa en la cara. El tipo me dio la mano, me dio las gracias y me dejó 20 libras de propina.
Donde no tengo paciencia jamás para ponerme a traducir es en barra. Pensadlo. La música a tope, mil clientes a los que atender y el japonés típico que intenta decirme, sin señalarlos en el menú, los ocho cóckteles que quieren él y sus amigos. Igual pillo el "Mai Tai" y el "Cosmo", pero cuando intenta pronunciar sin éxito lo que supongo que es un "Japanesse Fizz" (igual podría ser un "Long Island Iced Tea" o un "Southern Belle", porque para lo que le entiendo...) pierdo la paciencia. Que te den por culo, majete, que yo estoy currando y tengo prisa. La próxima vez te lo traes apuntadito en un papel o me traes el menú y señalas.
Porque niños y niñas, la norma de oro en la hostelería es la siguiente: Si no sabes decir lo que quieres, no intentes hacerte el listo pronunciando cualquier chorrada y señala el maldito menú, porque para ti será muy gracioso, pero eres el enésimo extranjero que intenta hacerse entender, por lo que al que tienes delante no le hace ni puta gracia, le haces perder el tiempo y, encima, estás entorpeciendo su trabajo.
El problema es que esta es la ciudad más cosmopolita del mundo (que te jodan, Nueva York, no me creo que seas más cosmopolita que Londres), así que el problema de lidiar con gente con la que no te puedes comunicar no sólo es diario, sino continuo y en todos los aspectos de la vida diaria.
Estoy pensando ahora en un compañero de casa que tuve hace no mucho tiempo. Este muchacho era de nacionalidad italiana, pocos años y poca cabeza. Era la primera vez que vivía solo y había venido a Londres como tantos otros a "aprender el idioma". Vamos, que el muchacho sólo sabía decir "hello" y "goodbye" y encima mal pronunciados.
Una noche, volvía hacia casa después del trabajo con mi pareja y nos lo encontramos en la cocina, intentando freir unos muslos de pollo. Pero tenía la sartén con el fuego tan fuerte, que la carne se estaba achicharrando por fuera pero por dentro estaba totalmente crudo.
Ahora bien, cualquiera que haya vivido una temporada solo, sabrá que la carne del pollo poco hecha o directamente cruda, es malísima para el organismo. En el mejor de los casos, te causará una indigestión y dolor de tripa. En el peor, te mandará al hospital. Y eso es lo que mi pareja, haciendo de buen samaritano, intentaba explicarle al tiempo que hacia un esfuerzo por mostrarle cómo debía cocinarlo.
El problema era que mi pareja sólo podía comunicarse con él en inglés, y Francesco, pues ese era su nombre, sabía tanto de inglés como yo de astrofísica. Nada de nada.
Mi chico lo intentó durante más de diez minutos. "Mira... ¡Crudo! Si comes, ¡Hospital!" Y el pobre Francesco "ah, ¡Hospital!", contento de entender una palabra pero sin comprender por qué aquel tipo grandote se emperraba en hablar de hospitales cuando él sólo quería comer y dormir.
Tengo que decir que yo no fui de mucha ayuda, porque estaba muy ocupada descojonándome de risa al ver a los dos tratando de entenderse. Al final mi novio cocinó el pollo y Francesco pudo cenar y dormir sin mayores problema. Y mi pareja seguía con un cabreo mediano por haber perdido tiempo y encima haber cocinado la cena de otro. Pero eso no impidió que, aún después de haber apagado la luz, yo siguiera riéndome.
sábado, 28 de enero de 2012
Esta ciudad te vuelve racista.
Y tiene delito que lo diga yo. Quiero decir, yo misma soy una inmigrante en este país, no tiene sentido ser racista. Pero esta ciudad te vuelve racista.
Empiezo a desarrollar no odio, pero sí incomodidad cuando estoy alrededor de gente afroinglesa. Los indios tienen el mismo estilo, pero son más educados, al menos agradecen y piden por favor. Pero los afroingleses...
Y no es porque su piel sea de un color diferente a la mía, por mi vida que no. O porque hablen diferente y a veces no me entere. Es por su actitud y sus modos. Es porque van de prepotentes y de div@s, porque siempre empujan en la calle y nunca siguen la norma de dejar bajar antes de subir en el metro. Porque en su afán de no ser discriminados acaban poniéndose a la defensiva o, directamente, comenzarán con la ofensiva antes de haber tenido tiempo de preguntarles "Hola, ¿qué desean tomar?".
Para empezar, normalmente si tienen una reserva, llegarán tarde, preferiblemente cuando quede una hora para que la cocina cierre. Obviamente, la cocina no se va a mantener abierta para ellos, así que se les informa de que deben pedir rápido si quieren tener postre. A estas alturas ya empezarán las acusaciones de xenofobia, o que ellos han reservado para tener comida de tres platos. Yo, con la educación que me queda, les digo que igual que han reservado para eso, han reservado a una hora determinada, y que como ellos han llegado tarde por más de una hora, han perdido el derecho a esos tres platos.
Después de las quejas iniciales, tardan veinte minutos en decidir qué beber y veinte más en decidir qué comer. Por supuesto, piden los cócteles más jodidos de todo el menú y los que más tardan en hacerse. Después de tomar la orden y acordarme de sus muertos, le pido a otro compañero que tome sus pedidos para la comida y me piro al bar a hacer bebidas.
Aquí en la barra es donde estoy en mi elemento, y si no hubiese sido tan estúpida como para decir que también podía servir platos, es también donde estaría todo el tiempo. Hago los cócteles en tiempo record y los llevo a la mesa para descubrir que los menús de comida siguen frente a ellos.
-¿Y la comida? - Le pregunto a mi compañero.
-Los monos - Este compañero mío sí que es racista, y mucho - todavía no se han decidido.
Miro la hora, en media hora cierra la cocina y yo tendré que estar tras la barra del bar, así que con la mejor de mis caras les apremio para que pidan de una santa vez.
Tras otros cinco minutos, el pedido llega a cocina y desde el restaurante puedo escuchar los gritos y juramentos del cocinero, que se las prometía muy felices y pensaba que ya podía irse a casa antes de que le llegaran los pedidos de 10 hamburguesas y 7 pollos al curry. Me río mientras me dirijo hacia allí, no pienso perderme el espectáculo de ver al Chef mosqueado.
Los minutos pasan y la única mesa que queda en el restaurante es la mía. Sirvo la comida como un rayo y le paso la mesa a otro compañero. Sé que le hago una putada y que tendrá que quedarse más tiempo de lo que dice su horario, pero también sabe que yo tengo que cambiarme de ropa para ponerme a atender sobre la barra. Dos minutos antes de las once paso por la mesa y compruebo que los muy mamones no sólo siguen comiendo, sino que exigen más bebidas.
Aquí está el punto clave. Esta gente piensan que los "blancos" les desprecian, entonces se defienden despreciando primero. No se paran a ver que allí somos todos extranjeros y que el color de mi piel es bastante más oscura que la de un inglés típico y mis ojos no son precisamente azules, sino de un marrón tan oscuro que podría ser negro. No se paran a pensar que el desprecio y el aprecio, a estas alturas de la sociedad, no dependen del color de tu piel, sino de cómo trates a los de tu alrededor.
Me voy a barra tras asegurarle al camarero que guarda la mesa que yo haré la nueva ronda de bebidas para estos "motherfuckers" y me preparo para las tres horas que me quedan trabajando. Llevo los vasos y procuro de olvidarme de todo lo que tenga que ver con comida. El bar es mi nuevo dominio.
Sirvo copas sin pararme a mirar a quién se las sirvo hasta que a las doce de la noche, noto que me llaman desde el otro extremo de la barra. Uno de los tipos sentados a la mesa quiere pedirme más bebidas.
Ahora, yo sigo siempre la misma técnica de petición cuando atiendo en barra, que es "la máquina de escribir". Consiste en empezar desde un extremo e ir yendo hacia la derecha hasta que alcanzas el otro extremo, momento en el cual, sin importar el qué, te dirijes al punto de partida y comienzas otra vez.
Daba el casual de que este chico estaba al final de mi "máquina de escribir", así que me pongo a atender clientes según el orden que yo misma me he marcado, sin importar el orden de llegada. Lo siento, gente, si queríais que os atendieran por orden de llegada id a una pescadería, que tienen tickets preciosos con un número de orden, pero esto es un bar y yo estoy liadísima, así que como comprenderás, no tengo ni puta idea de quién ha llegado primero y quién último.
Llego al final de la barra y a estas alturas el tipo está mosqueado. Me pide sin ninguna educación ni respeto un zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojitos (Mojitos sin alcohol). La conversación se da así:
-Buenas noches, ¿qué quiere tomar?
-¡Me has tenido esperando tres horas! Ponme un zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojito.
-Buenas noches - acompañad esto de mi mejor mirada inexpresiva.
-¡Que me pongas un puto zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojito!
(Más mirada inexpresiva por mi parte)
-¿Eres sorda o qué?
Y es entonces cuando decido hacer un pasapalabra. Básicamente, me paso cada palabra que dices por el culo y no me da la gana servirte ni una maldita soda con limón.
Se quedó allí un rato más "tirándome piropos" hasta que se hartó y fue a por otro camarero, que también se hartó de él y acabó hablando con un manager. El manager me preguntó que por qué no les había servido en primer lugar y le expliqué que con faltas de respeto no sirvo ni a la maldita Reina de Inglaterra. Gracias al cielo, el manager pilló mi punto y no preguntó más. Según tengo entendido, hubo problemas para que pagaran la cuenta del restaurante y acabaron siendo largados del local por montar una trifulca con el General Manager, un tipo al que no le gustan nada las tonterías.
Los volví a ver, una vez acabado mi turno, hablando con los policías que siempre están de guardia alrededor de donde trabajo. Al parecer, querían denunciar al local. Las últimas palabras que oí antes de meterme en el metro fueron "¡Nos tratan así porque somos negros!"
Tiene cojones el asunto...
Empiezo a desarrollar no odio, pero sí incomodidad cuando estoy alrededor de gente afroinglesa. Los indios tienen el mismo estilo, pero son más educados, al menos agradecen y piden por favor. Pero los afroingleses...
Y no es porque su piel sea de un color diferente a la mía, por mi vida que no. O porque hablen diferente y a veces no me entere. Es por su actitud y sus modos. Es porque van de prepotentes y de div@s, porque siempre empujan en la calle y nunca siguen la norma de dejar bajar antes de subir en el metro. Porque en su afán de no ser discriminados acaban poniéndose a la defensiva o, directamente, comenzarán con la ofensiva antes de haber tenido tiempo de preguntarles "Hola, ¿qué desean tomar?".
Para empezar, normalmente si tienen una reserva, llegarán tarde, preferiblemente cuando quede una hora para que la cocina cierre. Obviamente, la cocina no se va a mantener abierta para ellos, así que se les informa de que deben pedir rápido si quieren tener postre. A estas alturas ya empezarán las acusaciones de xenofobia, o que ellos han reservado para tener comida de tres platos. Yo, con la educación que me queda, les digo que igual que han reservado para eso, han reservado a una hora determinada, y que como ellos han llegado tarde por más de una hora, han perdido el derecho a esos tres platos.
Después de las quejas iniciales, tardan veinte minutos en decidir qué beber y veinte más en decidir qué comer. Por supuesto, piden los cócteles más jodidos de todo el menú y los que más tardan en hacerse. Después de tomar la orden y acordarme de sus muertos, le pido a otro compañero que tome sus pedidos para la comida y me piro al bar a hacer bebidas.
Aquí en la barra es donde estoy en mi elemento, y si no hubiese sido tan estúpida como para decir que también podía servir platos, es también donde estaría todo el tiempo. Hago los cócteles en tiempo record y los llevo a la mesa para descubrir que los menús de comida siguen frente a ellos.
-¿Y la comida? - Le pregunto a mi compañero.
-Los monos - Este compañero mío sí que es racista, y mucho - todavía no se han decidido.
Miro la hora, en media hora cierra la cocina y yo tendré que estar tras la barra del bar, así que con la mejor de mis caras les apremio para que pidan de una santa vez.
Tras otros cinco minutos, el pedido llega a cocina y desde el restaurante puedo escuchar los gritos y juramentos del cocinero, que se las prometía muy felices y pensaba que ya podía irse a casa antes de que le llegaran los pedidos de 10 hamburguesas y 7 pollos al curry. Me río mientras me dirijo hacia allí, no pienso perderme el espectáculo de ver al Chef mosqueado.
Los minutos pasan y la única mesa que queda en el restaurante es la mía. Sirvo la comida como un rayo y le paso la mesa a otro compañero. Sé que le hago una putada y que tendrá que quedarse más tiempo de lo que dice su horario, pero también sabe que yo tengo que cambiarme de ropa para ponerme a atender sobre la barra. Dos minutos antes de las once paso por la mesa y compruebo que los muy mamones no sólo siguen comiendo, sino que exigen más bebidas.
Aquí está el punto clave. Esta gente piensan que los "blancos" les desprecian, entonces se defienden despreciando primero. No se paran a ver que allí somos todos extranjeros y que el color de mi piel es bastante más oscura que la de un inglés típico y mis ojos no son precisamente azules, sino de un marrón tan oscuro que podría ser negro. No se paran a pensar que el desprecio y el aprecio, a estas alturas de la sociedad, no dependen del color de tu piel, sino de cómo trates a los de tu alrededor.
Me voy a barra tras asegurarle al camarero que guarda la mesa que yo haré la nueva ronda de bebidas para estos "motherfuckers" y me preparo para las tres horas que me quedan trabajando. Llevo los vasos y procuro de olvidarme de todo lo que tenga que ver con comida. El bar es mi nuevo dominio.
Sirvo copas sin pararme a mirar a quién se las sirvo hasta que a las doce de la noche, noto que me llaman desde el otro extremo de la barra. Uno de los tipos sentados a la mesa quiere pedirme más bebidas.
Ahora, yo sigo siempre la misma técnica de petición cuando atiendo en barra, que es "la máquina de escribir". Consiste en empezar desde un extremo e ir yendo hacia la derecha hasta que alcanzas el otro extremo, momento en el cual, sin importar el qué, te dirijes al punto de partida y comienzas otra vez.
Daba el casual de que este chico estaba al final de mi "máquina de escribir", así que me pongo a atender clientes según el orden que yo misma me he marcado, sin importar el orden de llegada. Lo siento, gente, si queríais que os atendieran por orden de llegada id a una pescadería, que tienen tickets preciosos con un número de orden, pero esto es un bar y yo estoy liadísima, así que como comprenderás, no tengo ni puta idea de quién ha llegado primero y quién último.
Llego al final de la barra y a estas alturas el tipo está mosqueado. Me pide sin ninguna educación ni respeto un zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojitos (Mojitos sin alcohol). La conversación se da así:
-Buenas noches, ¿qué quiere tomar?
-¡Me has tenido esperando tres horas! Ponme un zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojito.
-Buenas noches - acompañad esto de mi mejor mirada inexpresiva.
-¡Que me pongas un puto zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojito!
(Más mirada inexpresiva por mi parte)
-¿Eres sorda o qué?
Y es entonces cuando decido hacer un pasapalabra. Básicamente, me paso cada palabra que dices por el culo y no me da la gana servirte ni una maldita soda con limón.
Se quedó allí un rato más "tirándome piropos" hasta que se hartó y fue a por otro camarero, que también se hartó de él y acabó hablando con un manager. El manager me preguntó que por qué no les había servido en primer lugar y le expliqué que con faltas de respeto no sirvo ni a la maldita Reina de Inglaterra. Gracias al cielo, el manager pilló mi punto y no preguntó más. Según tengo entendido, hubo problemas para que pagaran la cuenta del restaurante y acabaron siendo largados del local por montar una trifulca con el General Manager, un tipo al que no le gustan nada las tonterías.
Los volví a ver, una vez acabado mi turno, hablando con los policías que siempre están de guardia alrededor de donde trabajo. Al parecer, querían denunciar al local. Las últimas palabras que oí antes de meterme en el metro fueron "¡Nos tratan así porque somos negros!"
Tiene cojones el asunto...
miércoles, 25 de enero de 2012
Hoy no tengo ganas de nada
Me despierto dos horas más tarde de lo previsto con el peor dolor de cabeza del mundo. Miro el reloj y maldigo al mundo un par de veces.
Bajo las escaleras con la pequeña alegría de comprobar que estoy sola. Mis compañeros de casa son todos madrugadores, por lo que no me sorprende que no estén aunque sea un sabado a las 12:30 de la mañana. Me bebo mi vaso de leche fría, porque no me apetece calentarla. Cae el primer cigarro del día y me provoca un mareo monumental,uno de esos que me hacen volver a la cama y dejarme caer como un trapo mojado. Y es lo que me dispongo a hacer cuando recuerdo que anoche no metí mis camisas a la lavadora.
Con un "mierda" susurrado, recuerdo por qué odio trabajar en lugares con uniforme con el logo de la empresa. La ropa del trabajo siempre debe estar lista para el siguiente turno y nunca tienes camisas suficientes. Mi dolor de cabeza aumenta según meto mis dos camisas y mis dos mandiles en la lavadora y la pongo en marcha. Una vez estoy segura de que todo funciona correctamente, subo a mi cama y me tiro en ella mientras la habitación da vueltas.
Este mareo no es por la resaca. Ojalá, eso significaría una buena noche de fiesta detrás y sólo estuve trabajando. Y, como buena profesional, jamás bebo alcohol en el trabajo.
No, el dolor de cabeza y el mareo vienen de la jornada agotadora de ayer, en la que hice mucho dinero para la empresa y poco para mí. Una jornada en la que le tuve que dar un bofetón a un cliente por intentar propasarse, salir corriendo detrás de dos cabrones que no querían pagar y así mil historias. Bienvenidos al maldito infierno.
Miro el reloj y veo que me quedan menos de cuatro horas para mi siguiente turno. ¿Qué pasa si no voy a trabajar, si digo que estoy enferma? ¿Podrían sobrevivir sin mí?
Ni de puta coña. No es que sea imprescindible, pero con tanta gente de vacaciones y un encargado tan subnormal como es el francés, necesitan hasta al más torpe.
Intento pensar que mis compañeros también me lo agradecerán, y que dentro de menos de un mes yo también tendré mi magnifico break post-navidad de cinco días. Cinco días lejos de esta jungla de asfalto para estar sólo acompañada por árboles, lluvia, alcohol y las manos cálidas de alguien que me quiere.
Pero ni eso funciona y me acuerdo de los muertos de todo el mundo cuando empiezo a buscar el secador para secar las camisas.
Bajo las escaleras con la pequeña alegría de comprobar que estoy sola. Mis compañeros de casa son todos madrugadores, por lo que no me sorprende que no estén aunque sea un sabado a las 12:30 de la mañana. Me bebo mi vaso de leche fría, porque no me apetece calentarla. Cae el primer cigarro del día y me provoca un mareo monumental,uno de esos que me hacen volver a la cama y dejarme caer como un trapo mojado. Y es lo que me dispongo a hacer cuando recuerdo que anoche no metí mis camisas a la lavadora.
Con un "mierda" susurrado, recuerdo por qué odio trabajar en lugares con uniforme con el logo de la empresa. La ropa del trabajo siempre debe estar lista para el siguiente turno y nunca tienes camisas suficientes. Mi dolor de cabeza aumenta según meto mis dos camisas y mis dos mandiles en la lavadora y la pongo en marcha. Una vez estoy segura de que todo funciona correctamente, subo a mi cama y me tiro en ella mientras la habitación da vueltas.
Este mareo no es por la resaca. Ojalá, eso significaría una buena noche de fiesta detrás y sólo estuve trabajando. Y, como buena profesional, jamás bebo alcohol en el trabajo.
No, el dolor de cabeza y el mareo vienen de la jornada agotadora de ayer, en la que hice mucho dinero para la empresa y poco para mí. Una jornada en la que le tuve que dar un bofetón a un cliente por intentar propasarse, salir corriendo detrás de dos cabrones que no querían pagar y así mil historias. Bienvenidos al maldito infierno.
Miro el reloj y veo que me quedan menos de cuatro horas para mi siguiente turno. ¿Qué pasa si no voy a trabajar, si digo que estoy enferma? ¿Podrían sobrevivir sin mí?
Ni de puta coña. No es que sea imprescindible, pero con tanta gente de vacaciones y un encargado tan subnormal como es el francés, necesitan hasta al más torpe.
Intento pensar que mis compañeros también me lo agradecerán, y que dentro de menos de un mes yo también tendré mi magnifico break post-navidad de cinco días. Cinco días lejos de esta jungla de asfalto para estar sólo acompañada por árboles, lluvia, alcohol y las manos cálidas de alguien que me quiere.
Pero ni eso funciona y me acuerdo de los muertos de todo el mundo cuando empiezo a buscar el secador para secar las camisas.
martes, 24 de enero de 2012
¡Qué chollo el ser camarero!
Imaginaos que trabajais en una oficina, en una de esas sucursales de seguros que hay en todas las ciudades. Estais en un espacio limitado y con un ordenador. Teneis a mano vuestros bolígrafos, grapadora, sellos... Lo que necesitais para trabajar. Además, a un ladito, teneis un teléfono que de vez en cuando suena y os hablan clientes u otros compañeros de oficina, y una silla donde los clientes se sientan y vosotros intentais venderles seguros o solucionar los problemas que puedan tener con los ya vendidos seguros.
Imaginad que con vosotros hay otras ocho personas trabajando pero, que en vez de mantenerse en su mesa, vienen a la vuestra, cogen vuestros bolígrafos y los devuelven hechos una mierda y mordidos si es que los devuelven. Os cogen los papeles en blanco y después sois vosotros los que teneis que ir a buscar más, cosa que se aplica también a los post-its, y la grapadora simplemente desaparece al principio del turno y teneis que ir pegándoos con vuestros compañeros para poder recuperarla. Del teléfono mejor ni hablamos, porque no sólo no deja de sonar, sino que la mayoría del tiempo sonará para cosas idiotas que no tienen nada que ver contigo. Lo malo es que igual a lo largo de la noche dirán algo que sí tendrás que escuchar, así que no puedes dejar de coger el teléfono, hasta tal punto que tendrás metido el soniquete del teléfono hasta el tuétano.
Y los clientes... Los clientes se están pegando, en ocasiones literalmente, por llegar hasta la sillita de las narices para que les atiendas y les soluciones la vida. A veces los clientes se pegan, pero porque han conseguido mejores seguros, porque se han mirado mal entre ellos o porque sí. ¡Qué más da! ¡Fiesta!
No parece un buen lugar para trabajar ¿verdad? Dudo que muchos de vosotros aguantara más de dos minutos en esas condiciones sin exigir más dinero o, simplemente, dándoos la vuelta y yendoos.
Ahora cambiad "oficina" por "bar" y "mesa" por "estación de trabajo". Los bolis que teníais y que vuelven hechos una mierda serán los vasos limpitos que teníamos en la estación y que ahora, los pocos que han sobrevivido, están sucios. Los papeles en blanco serán las botellas básicas de bebida (whiskey, ron, vodka, ginebra y refrescos) y los post-its el hielo y, como bien he dicho, se van y no vuelven a no ser que tú misma vayas a buscarlos.
La grapadora son nuestros útiles para hacer cócteles, y aparte de que te los quiten tus compañeros, siempre habrá algún "listo" al otro lado de la barra que quiera llevarse un recuerdo. Y sin coctelera, medidora, machacadora o cuchara de bar, ya me contareis como coño preparo yo un cóctel.
El teléfono será la radio que los baristas principales tenemos que cargar para estar en contacto con las otras secciones del local, bar supporters, managers y la rana cantando debajo del agua. Y los clientes... Son esa marabunta de animales furiosos, en su mayoría cosas de entre 18 y 22 años, que quieren beberse hasta el agua de los floreros y que no atenderán a razones ni ante su santa madre durante las malditas horas que durará este infierno.
Acabo de describiros muy escuetamente lo que es trabajar en "Noche de Estudiantes" en el puto local más abarrotado y "de moda" de Londres. ¿Quién no querría trabajar así?
Pues encima tengo que aguantar que un estudiante, algo bebido, al cual llamaremos "el iluminado" por la magnifica conclusión a la que llega al final, venga hacia mí y, después de servirle el Long Island Iced Tea que me ha pedido, me dice con voz de borracho:
-Qué suerte teneis los camareros. Trabajais en una discoteca y los días libres podeis entrar y beber de gratis. La música es buena. Durante el curro podeis bailar y beber sin problema. A las camareras os sube el ego porque nosotros hacemos el gilipollas por vosotras. Y a los tíos (señala a mi compañero de la derecha, que intenta camelarse a una bonita pelirroja con toda su verborrea italiana)... Mírale. Ese folla esta noche. Y yo...
Se señala a sí mismo y parece pensar que lo ha dicho todo. La verdad es que no sé cómo será sobrio, pero así no es más que una piltrafa humana.
Mi amigo el "iluminado" no dice nada más y yo sigo atendiendo gente. Pero después de mirar a mi compañero y a la pelirroja me dice a voz en grito:
-¡Que chollo el ser camarero!
En ese momento, la pelirroja se va, con una sonrisa radiante, pero se va. Y, lo más importante, sin darle a mi compañero el número de teléfono, el cual se queda con toda su verborrea y un chasco de narices. A mí me avisan por radio de que mande a alguien a limpiar el estropicio que han hecho un grupo de rusas en la planta de arriba y miro con cara de circunstancias al bar supporter, que ya sabe que le toca pringar. Una chica, borracha como una cuba, se acerca a mi barra con tan mala suerte que, al perder el equilibrio, se apoya en los grifos de cerveza y me cubre enterita de Becks.
Y miro a mi alrededor y todos estamos más o menos igual de jodidos y con ganas de irnos a casa, a lo que yo, en uno de mis momentos de reflexión en castellano, me digo, mirando al "iluminado" que ya no acierta a atinar el vaso en la boca:
-Qué chollo el ser camarero... Por los cojones.
Imaginad que con vosotros hay otras ocho personas trabajando pero, que en vez de mantenerse en su mesa, vienen a la vuestra, cogen vuestros bolígrafos y los devuelven hechos una mierda y mordidos si es que los devuelven. Os cogen los papeles en blanco y después sois vosotros los que teneis que ir a buscar más, cosa que se aplica también a los post-its, y la grapadora simplemente desaparece al principio del turno y teneis que ir pegándoos con vuestros compañeros para poder recuperarla. Del teléfono mejor ni hablamos, porque no sólo no deja de sonar, sino que la mayoría del tiempo sonará para cosas idiotas que no tienen nada que ver contigo. Lo malo es que igual a lo largo de la noche dirán algo que sí tendrás que escuchar, así que no puedes dejar de coger el teléfono, hasta tal punto que tendrás metido el soniquete del teléfono hasta el tuétano.
Y los clientes... Los clientes se están pegando, en ocasiones literalmente, por llegar hasta la sillita de las narices para que les atiendas y les soluciones la vida. A veces los clientes se pegan, pero porque han conseguido mejores seguros, porque se han mirado mal entre ellos o porque sí. ¡Qué más da! ¡Fiesta!
No parece un buen lugar para trabajar ¿verdad? Dudo que muchos de vosotros aguantara más de dos minutos en esas condiciones sin exigir más dinero o, simplemente, dándoos la vuelta y yendoos.
Ahora cambiad "oficina" por "bar" y "mesa" por "estación de trabajo". Los bolis que teníais y que vuelven hechos una mierda serán los vasos limpitos que teníamos en la estación y que ahora, los pocos que han sobrevivido, están sucios. Los papeles en blanco serán las botellas básicas de bebida (whiskey, ron, vodka, ginebra y refrescos) y los post-its el hielo y, como bien he dicho, se van y no vuelven a no ser que tú misma vayas a buscarlos.
La grapadora son nuestros útiles para hacer cócteles, y aparte de que te los quiten tus compañeros, siempre habrá algún "listo" al otro lado de la barra que quiera llevarse un recuerdo. Y sin coctelera, medidora, machacadora o cuchara de bar, ya me contareis como coño preparo yo un cóctel.
El teléfono será la radio que los baristas principales tenemos que cargar para estar en contacto con las otras secciones del local, bar supporters, managers y la rana cantando debajo del agua. Y los clientes... Son esa marabunta de animales furiosos, en su mayoría cosas de entre 18 y 22 años, que quieren beberse hasta el agua de los floreros y que no atenderán a razones ni ante su santa madre durante las malditas horas que durará este infierno.
Acabo de describiros muy escuetamente lo que es trabajar en "Noche de Estudiantes" en el puto local más abarrotado y "de moda" de Londres. ¿Quién no querría trabajar así?
Pues encima tengo que aguantar que un estudiante, algo bebido, al cual llamaremos "el iluminado" por la magnifica conclusión a la que llega al final, venga hacia mí y, después de servirle el Long Island Iced Tea que me ha pedido, me dice con voz de borracho:
-Qué suerte teneis los camareros. Trabajais en una discoteca y los días libres podeis entrar y beber de gratis. La música es buena. Durante el curro podeis bailar y beber sin problema. A las camareras os sube el ego porque nosotros hacemos el gilipollas por vosotras. Y a los tíos (señala a mi compañero de la derecha, que intenta camelarse a una bonita pelirroja con toda su verborrea italiana)... Mírale. Ese folla esta noche. Y yo...
Se señala a sí mismo y parece pensar que lo ha dicho todo. La verdad es que no sé cómo será sobrio, pero así no es más que una piltrafa humana.
Mi amigo el "iluminado" no dice nada más y yo sigo atendiendo gente. Pero después de mirar a mi compañero y a la pelirroja me dice a voz en grito:
-¡Que chollo el ser camarero!
En ese momento, la pelirroja se va, con una sonrisa radiante, pero se va. Y, lo más importante, sin darle a mi compañero el número de teléfono, el cual se queda con toda su verborrea y un chasco de narices. A mí me avisan por radio de que mande a alguien a limpiar el estropicio que han hecho un grupo de rusas en la planta de arriba y miro con cara de circunstancias al bar supporter, que ya sabe que le toca pringar. Una chica, borracha como una cuba, se acerca a mi barra con tan mala suerte que, al perder el equilibrio, se apoya en los grifos de cerveza y me cubre enterita de Becks.
Y miro a mi alrededor y todos estamos más o menos igual de jodidos y con ganas de irnos a casa, a lo que yo, en uno de mis momentos de reflexión en castellano, me digo, mirando al "iluminado" que ya no acierta a atinar el vaso en la boca:
-Qué chollo el ser camarero... Por los cojones.
domingo, 22 de enero de 2012
Salir de fiesta en Londres.
Otro día os contaré la historia de cómo conseguí mi trabajo. Una historia curiosa, si lo pienso, porque a partir de una chorrada, una decisión estúpida, conseguí mil cosas, casi todas buenas. Pero lo único que contaré ahora es que, trabajando donde trabajo, uno de los locales de moda en pleno centro de Londres, tengo una posición privilegiada para observar la vida nocturna londinense desde muchos aspectos diferentes.
No sé vosotros, pero yo cuando salgo de fiesta, aparte de beber y bailar, me apetece charlar con mis amigos, hacer el cabra y reírme. Vamos, que lo único que quiero es pasármelo bien y no joder al personal. Yo que sé, igual soy rarita o algo.
Como espectadora de muchas "noches de fiesta londinense", incluyendo Año Nuevo, noche en la que la pringada que aquí suscribe tuvo que trabajar, he visto que el patrón es más o menos el mismo. Lo que os voy a describir es la crónica de un viernes o un sábado noche desde el punto de vista de los que trabajamos para que os lo paseis bien:
Más o menos sobre las nueve de la noche, los más puntuales empiezan a llegar al sitio. Normalmente son un par de chicas y como diez chicos. Las dos chicas comienzan con la sesión de fotos de la noche. Los chicos se quedan parados y miran en torno a ellos, pensando en sí mismos como los "pringaos" porque el local está vacío. No se paran a pensar, a pesar de que cada noche pasa lo mismo, que están en una situación privilegiada de pillar alguno de los sillones libres y que si esperan un poco más no habrá un puñetero sitio para poner el culo hasta las tres de la mañana.
Los atuendos también son del mismo estilo toda la noche. Los chicos la mayoría de traje y corbata. Las chicas con unos vestidos que parecería que fueran a ir de boda de no ser porque las faldas que llevan son inguinales (a veces ni eso, que yo he visto más potorros de los que quisiera) y los escotes más o menos a la altura media de las costillas. Zapatos de tacón de diez centímetros como poco (si llevas menos tacón no eres "cool") que les otorgan el merecidísimo nombre de Velocirraptors. Si no sabeis el por qué, no teneis más que mirar cómo andaban los velocirraptores y cómo anda una chica con tacones demasiado altos.
A partir de aquí, el guión de la noche está prefijado.
A estas alturas ya son las 21:30 de la noche y los miembros del Staff del local empezamos a mirarnos preocupados. Esa noche va a ser una noche ocupada. Vamos a acabar hasta las narices todos, desde camareros, pasando por baristas y terminando por los bar supporters. El restaurante adosado a la discoteca entra en su "zona caliente" y las secciones se empiezan a llenar. Sin que ninguno nos diéramos cuenta, se ha montado la Guerra Civil Inglesa en las puertas principales porque varios grupos han sido dejados fuera y quieren pasar. Algún listo se intenta colar por las laterales, lo que resulta en que los de seguridad actuan y se arma la marimorena. Mi compañera y yo miramos el reloj a la vez y después nos miramos. Y ni siquiera son las diez. Me cachis en la mar...
La actividad ya es frenética. En el restaurante las cosas están tranquilas, básicamente porque mientras cenan, los clientes todavía son personas, pero en el bar las primeras peleas empiezan a aparecer. El segurata de la entrada es nuevo y no tiene ni puta idea de que si dejas entrar a pocas tías y a muchos tíos, lo normal es que haya mosqueos por las tías y se da el caso de que hay una proporción de seis chicos por chica cuando debería ser al revés. Bienvenidos al infierno.
El staff del restaurante las empieza a pasar putas porque aparte de estar colapsados y tener que llevar la comida y las bebidas en tiempo record tienen que pelearse con los "borrachos tempranos", esos que a poco más de las diez ya están borrachos. Se intentan colar en el bar del restaurante a robar bebida, molestan a los clientes por las mesas... Radio, unos minutos, y el segurata más grande del local aparece para llevarse a los alborotadores. El manager del restaurante vuelve a respirar antes de dar instrucciones de nuevo, como un comandante que arenga a sus tropas.
En el bar, los baristas están desbordados. Al parecer, hay una competición de "a ver cuantos podemos pedir a la vez sin que nos manden a la mierda" y a nadie le han pasado el memorandum. Los clientes del bar piden sin darse cuenta de a quién piden, y parecen no entender que "perdona pero Fulanito va antes", "señora, yo solo recojo vasos" y "chaval, yo soy manager, no barista" significa "que no, coño, que no te puedo atender". La chiquillería, todos estos niños ingleses malcriados de entre veinte y veintitrés años se enfadan porque sus Cosmopolitan y sus JackDaniels & Coke no llegan. El más gallito va al barista que más ocupado está y le exige hablar con el manager. El barista, que suda tinta mientras prepara dos sets de chupitos, cinco Mai Tai y tres Margaritas a la vez, le dice que encantado, pero que por favor le deje terminar lo que está haciendo antes de pasar por encima de sus otros cuatro compañeros, alcanzar el walkie-talkie y llamar al manager. Y en ese momento el gallito decide armar el pollo: "¡Yo vengo aquí todas las noches y me dejo mucho dinero, así que te exijo que avises al manager ahora!".
Si el barista es nuevo, se lo hará en los pantalones, dejará lo que está haciendo y correrá hacia el walkie-talkie al tiempo que tira dos de los cinco Mai Tais y empuja a dos compañeros. Si tiene algo más de experiencia le mirará de forma inexpresiva y continuará con lo que está haciendo, lo que causará más estrés en el cliente y se armará la gorda en barra en cuanto el manager llegue.
Aquí me diréis: "mal hecho, el cliente siempre tiene la razón". Yo os digo: "a menudo, el cliente necesita ser educado por el que le sirve." Y si a mí no me vienes de buenas maneras cuando yo he sido contigo todo lo amable que puedo ser, ya puede arder Troya que no te voy a hacer ni puto caso. Y listo.
En el restaurante ya se empieza a recoger todo y las sonrisas vuelven a aparecer en las caras. Después del estrés, de problemas con alguna que otra mesa y alguna otra chorrada es hora de marcharse. Todo se limpia y se prepara, el restaurante pasa a ser una zona más de la discoteca y las últimas cuentas se cierran. Entonces es cuando llega el manager con cara de disculpa.
-Tú, tú y tú: Necesito que os quedeis tres o cuatro horas más ayudando en barra
-WHAAAAAAAAT???? -gritan los señalados.
-La culpa es nuestra por ser los únicos gilipollas que sabemos hacer cócteles aparte de servir mesas-murmura uno de mis compañeros.
Y tiene razón.
En el bar ya no cabe un alfiler, pero siguen metiendo a más gente. Todo sea por el dinero. Los refuerzos del restaurante ya llegan, y sería perfecto si no fuera porque no hay hueco para todos en la barra. Las palabras empiezan a subirse de tono y hay broncas a los dos lados de la barra, entre los clientes y entre los compañeros. La música está demasiado alta como para escuchar lo que te dicen y todo se tergiversa. Entre los clientes se oye el ruido de vasos rotos y los bar supporters se llevan las manos a la cabeza, preguntándose cómo demonios van a meter una escoba y un recogedor para recoger los cristales entre tanto mogollón. Por radio nos avisan de que necesitan que alguien limpie el vómito que alguien ha dejado en el baño de mujeres. Los bar supporters ya ni se quejan, cogen la fregona y se pierden entre la multitud.
En barra logramos acomodarnos unos a otros. Los que llevan menos tiempo siguen sin atreverse a hablar después de haber dado voces a aquellos que tiene a su lado. Los que llevamos más tiempo hacemos bromas al respecto. Si hubiera dejado de hablarme cada vez que le he contestado mal a alguno de mis compañeros.... Digamos que ya no tendría trabajo, porque le he gritado hasta al General Manager de la empresa.
A la 1:30 la gente se ha emborrachado. Dudo que quede alguien en todo el edificio y que no esté trabajando que no esté bebido en mayor o menor medida. Las peleas se olvidan y todo el mundo es amigo de todo el mundo. El volumen de trabajo disminuye. Por fin podemos salir por turnos a echarnos un cigarrillo y a reírnos de algún que otro cliente, manager o compañero. Los chismorreos salen y todos disfrutamos de cotillear quién sale con quién, quién le hizo una mamada al jefe para mantener el puesto... El local será todo lo de moda que querais, pero para los que trabajamos allí es el maldito Gran Hermano. Cámaras incluídas.
Como ya son las dos de la mañana, se empieza a recoger. Los del restaurante se van a cambiar para irse a casa por fin. Los del bar recogen las estaciones, empiezan a quitar el hielo, a guardar las bebidas, a tapar el azúcar...
A las tres el local comienza a vaciarse. Los bar supporters recogen los vasos en tiempo record mientras que los del restaurante se toman una o dos antes de irse. Los propios baristas les sirven. Teniendo en cuenta que alguno lleva en el edificio más de 14 horas y que se han quedado para ayudar, se lo merecen. Los managers se van a la oficina murmurando un "bien hecho" masticado. Como si eso significara algo.
Las cuatro y ya está todo preparado para irnos. Los seguratas sacan a los últimos borrachos a la calle y los dejan plácidamente dormidos en la acera. Alguien los recogerá dentro de unas horas. Los que aún quedamos en el local sacamos un par de cervezas a la calle mientras caminamos hacia el bus.
Hacemos un par de bromas sobre lo hijos de puta que son algunos clientes y lo magníficos que son otros. Alguien comenta lo que los managers estarán haciendo en la oficina y las carcajadas resuenan por todo el Soho londinense.
Esperamos juntos a los autobuses y es ahí donde nos separamos. Por cosas de horarios, hoy soy yo la última en subir al bus. "Lo único que quiero es llegar a casa y dormir como una bendita hasta mi siguiente turno" pienso mientras observo con envidia a mi compañero subirse a su bus. Pero antes de irse, me mira, brinda contra la cerveza que aún llevo en la mano y me dice con una media sonrisa:
-Al final no ha sido una mala noche.
Y yo no puedo evitar soltar una carcajada mientras el autobús se va, porque la gracia es que tiene razón.
No sé vosotros, pero yo cuando salgo de fiesta, aparte de beber y bailar, me apetece charlar con mis amigos, hacer el cabra y reírme. Vamos, que lo único que quiero es pasármelo bien y no joder al personal. Yo que sé, igual soy rarita o algo.
Como espectadora de muchas "noches de fiesta londinense", incluyendo Año Nuevo, noche en la que la pringada que aquí suscribe tuvo que trabajar, he visto que el patrón es más o menos el mismo. Lo que os voy a describir es la crónica de un viernes o un sábado noche desde el punto de vista de los que trabajamos para que os lo paseis bien:
Más o menos sobre las nueve de la noche, los más puntuales empiezan a llegar al sitio. Normalmente son un par de chicas y como diez chicos. Las dos chicas comienzan con la sesión de fotos de la noche. Los chicos se quedan parados y miran en torno a ellos, pensando en sí mismos como los "pringaos" porque el local está vacío. No se paran a pensar, a pesar de que cada noche pasa lo mismo, que están en una situación privilegiada de pillar alguno de los sillones libres y que si esperan un poco más no habrá un puñetero sitio para poner el culo hasta las tres de la mañana.
Los atuendos también son del mismo estilo toda la noche. Los chicos la mayoría de traje y corbata. Las chicas con unos vestidos que parecería que fueran a ir de boda de no ser porque las faldas que llevan son inguinales (a veces ni eso, que yo he visto más potorros de los que quisiera) y los escotes más o menos a la altura media de las costillas. Zapatos de tacón de diez centímetros como poco (si llevas menos tacón no eres "cool") que les otorgan el merecidísimo nombre de Velocirraptors. Si no sabeis el por qué, no teneis más que mirar cómo andaban los velocirraptores y cómo anda una chica con tacones demasiado altos.
A partir de aquí, el guión de la noche está prefijado.
A estas alturas ya son las 21:30 de la noche y los miembros del Staff del local empezamos a mirarnos preocupados. Esa noche va a ser una noche ocupada. Vamos a acabar hasta las narices todos, desde camareros, pasando por baristas y terminando por los bar supporters. El restaurante adosado a la discoteca entra en su "zona caliente" y las secciones se empiezan a llenar. Sin que ninguno nos diéramos cuenta, se ha montado la Guerra Civil Inglesa en las puertas principales porque varios grupos han sido dejados fuera y quieren pasar. Algún listo se intenta colar por las laterales, lo que resulta en que los de seguridad actuan y se arma la marimorena. Mi compañera y yo miramos el reloj a la vez y después nos miramos. Y ni siquiera son las diez. Me cachis en la mar...
La actividad ya es frenética. En el restaurante las cosas están tranquilas, básicamente porque mientras cenan, los clientes todavía son personas, pero en el bar las primeras peleas empiezan a aparecer. El segurata de la entrada es nuevo y no tiene ni puta idea de que si dejas entrar a pocas tías y a muchos tíos, lo normal es que haya mosqueos por las tías y se da el caso de que hay una proporción de seis chicos por chica cuando debería ser al revés. Bienvenidos al infierno.
El staff del restaurante las empieza a pasar putas porque aparte de estar colapsados y tener que llevar la comida y las bebidas en tiempo record tienen que pelearse con los "borrachos tempranos", esos que a poco más de las diez ya están borrachos. Se intentan colar en el bar del restaurante a robar bebida, molestan a los clientes por las mesas... Radio, unos minutos, y el segurata más grande del local aparece para llevarse a los alborotadores. El manager del restaurante vuelve a respirar antes de dar instrucciones de nuevo, como un comandante que arenga a sus tropas.
En el bar, los baristas están desbordados. Al parecer, hay una competición de "a ver cuantos podemos pedir a la vez sin que nos manden a la mierda" y a nadie le han pasado el memorandum. Los clientes del bar piden sin darse cuenta de a quién piden, y parecen no entender que "perdona pero Fulanito va antes", "señora, yo solo recojo vasos" y "chaval, yo soy manager, no barista" significa "que no, coño, que no te puedo atender". La chiquillería, todos estos niños ingleses malcriados de entre veinte y veintitrés años se enfadan porque sus Cosmopolitan y sus JackDaniels & Coke no llegan. El más gallito va al barista que más ocupado está y le exige hablar con el manager. El barista, que suda tinta mientras prepara dos sets de chupitos, cinco Mai Tai y tres Margaritas a la vez, le dice que encantado, pero que por favor le deje terminar lo que está haciendo antes de pasar por encima de sus otros cuatro compañeros, alcanzar el walkie-talkie y llamar al manager. Y en ese momento el gallito decide armar el pollo: "¡Yo vengo aquí todas las noches y me dejo mucho dinero, así que te exijo que avises al manager ahora!".
Si el barista es nuevo, se lo hará en los pantalones, dejará lo que está haciendo y correrá hacia el walkie-talkie al tiempo que tira dos de los cinco Mai Tais y empuja a dos compañeros. Si tiene algo más de experiencia le mirará de forma inexpresiva y continuará con lo que está haciendo, lo que causará más estrés en el cliente y se armará la gorda en barra en cuanto el manager llegue.
Aquí me diréis: "mal hecho, el cliente siempre tiene la razón". Yo os digo: "a menudo, el cliente necesita ser educado por el que le sirve." Y si a mí no me vienes de buenas maneras cuando yo he sido contigo todo lo amable que puedo ser, ya puede arder Troya que no te voy a hacer ni puto caso. Y listo.
En el restaurante ya se empieza a recoger todo y las sonrisas vuelven a aparecer en las caras. Después del estrés, de problemas con alguna que otra mesa y alguna otra chorrada es hora de marcharse. Todo se limpia y se prepara, el restaurante pasa a ser una zona más de la discoteca y las últimas cuentas se cierran. Entonces es cuando llega el manager con cara de disculpa.
-Tú, tú y tú: Necesito que os quedeis tres o cuatro horas más ayudando en barra
-WHAAAAAAAAT???? -gritan los señalados.
-La culpa es nuestra por ser los únicos gilipollas que sabemos hacer cócteles aparte de servir mesas-murmura uno de mis compañeros.
Y tiene razón.
En el bar ya no cabe un alfiler, pero siguen metiendo a más gente. Todo sea por el dinero. Los refuerzos del restaurante ya llegan, y sería perfecto si no fuera porque no hay hueco para todos en la barra. Las palabras empiezan a subirse de tono y hay broncas a los dos lados de la barra, entre los clientes y entre los compañeros. La música está demasiado alta como para escuchar lo que te dicen y todo se tergiversa. Entre los clientes se oye el ruido de vasos rotos y los bar supporters se llevan las manos a la cabeza, preguntándose cómo demonios van a meter una escoba y un recogedor para recoger los cristales entre tanto mogollón. Por radio nos avisan de que necesitan que alguien limpie el vómito que alguien ha dejado en el baño de mujeres. Los bar supporters ya ni se quejan, cogen la fregona y se pierden entre la multitud.
En barra logramos acomodarnos unos a otros. Los que llevan menos tiempo siguen sin atreverse a hablar después de haber dado voces a aquellos que tiene a su lado. Los que llevamos más tiempo hacemos bromas al respecto. Si hubiera dejado de hablarme cada vez que le he contestado mal a alguno de mis compañeros.... Digamos que ya no tendría trabajo, porque le he gritado hasta al General Manager de la empresa.
A la 1:30 la gente se ha emborrachado. Dudo que quede alguien en todo el edificio y que no esté trabajando que no esté bebido en mayor o menor medida. Las peleas se olvidan y todo el mundo es amigo de todo el mundo. El volumen de trabajo disminuye. Por fin podemos salir por turnos a echarnos un cigarrillo y a reírnos de algún que otro cliente, manager o compañero. Los chismorreos salen y todos disfrutamos de cotillear quién sale con quién, quién le hizo una mamada al jefe para mantener el puesto... El local será todo lo de moda que querais, pero para los que trabajamos allí es el maldito Gran Hermano. Cámaras incluídas.
Como ya son las dos de la mañana, se empieza a recoger. Los del restaurante se van a cambiar para irse a casa por fin. Los del bar recogen las estaciones, empiezan a quitar el hielo, a guardar las bebidas, a tapar el azúcar...
A las tres el local comienza a vaciarse. Los bar supporters recogen los vasos en tiempo record mientras que los del restaurante se toman una o dos antes de irse. Los propios baristas les sirven. Teniendo en cuenta que alguno lleva en el edificio más de 14 horas y que se han quedado para ayudar, se lo merecen. Los managers se van a la oficina murmurando un "bien hecho" masticado. Como si eso significara algo.
Las cuatro y ya está todo preparado para irnos. Los seguratas sacan a los últimos borrachos a la calle y los dejan plácidamente dormidos en la acera. Alguien los recogerá dentro de unas horas. Los que aún quedamos en el local sacamos un par de cervezas a la calle mientras caminamos hacia el bus.
Hacemos un par de bromas sobre lo hijos de puta que son algunos clientes y lo magníficos que son otros. Alguien comenta lo que los managers estarán haciendo en la oficina y las carcajadas resuenan por todo el Soho londinense.
Esperamos juntos a los autobuses y es ahí donde nos separamos. Por cosas de horarios, hoy soy yo la última en subir al bus. "Lo único que quiero es llegar a casa y dormir como una bendita hasta mi siguiente turno" pienso mientras observo con envidia a mi compañero subirse a su bus. Pero antes de irse, me mira, brinda contra la cerveza que aún llevo en la mano y me dice con una media sonrisa:
-Al final no ha sido una mala noche.
Y yo no puedo evitar soltar una carcajada mientras el autobús se va, porque la gracia es que tiene razón.
viernes, 20 de enero de 2012
Sangre fresca
En el tiempo que llevo en este local he descubierto y aprendido muchas cosas que antes no sabía. Coctelería avanzada, flair, como vender unos chupitos de mierda aunque cuesten 10 libras por cabeza, guiar al cliente para que te pida exactamente lo que tú quieres que te pida, trabajar turnos de 14 y 15 horas durante una semana sin morir en el intento y sin tener que recurrir a drogas más allá del tabaco...
También aprendes a tratar a los gilipollas, clientes o compañeros, como se merecen, y a mandar a la mierda a quien hay que mandar. Que a pesar de lo que se pueda decir, para este trabajo no todos valemos y que los débiles no aguantan más de un mes.
Cuando llega gente nueva siempre es motivo de revuelo y, en ocasiones, de preocupación. Aquellos que no llevan demasiado aquí o simplemente que son unos inseguros, empiezan a temblar. Los que llevan mas tiempo o son unos cabrones despiadados (como es mi caso) nos frotamos las manos. Sangre fresca a la que putear...
Y no lo hacemos por el mero placer de joder al personal, no, de verdad que no. Es un bautismo de fuego infalible y hecho con buen criterio: ¿Tienes lo que hay que tener para trabajar aquí?
Sé que esto no es muy ortodoxo y que no debería hacerse. Que lo ideal es hacer que el nuevo se sienta querido y que lo único que logramos con las "novatadas" es conseguir que se sientan inseguros. Pero debo decir que, en el local con más afluencia de todo Londres, es un método infalible para saber si vas a sobrevivir o no. Si no eres capaz de aguantar a tus propios compañeros, apaga y vámonos. Vete a trabajar a un Starbucks o a un Nero's, lo harás mejor y no mosquearás a tanta gente.
Cuando yo llegue, la primera semana se dedicaron a joderme la vida. Me han dado platos hirviendo para llevar a las mesas y los he tirado en la cara del Chef, diciéndole que me importaban más mis manos que sus platos de los cojones mientras me gritaba que qué coño hacía tirando los platos. También me han puteado con mesas, con las comandas, me han cambiado de sitio los útiles del bar y han vaciado mis cubiteras de hielo mientras no miraba. Yo sabía por qué lo hacían y me decidí a demostrarles que para cojones y chulería, los de una madrileña temperamental. Que no se iban a librar tan fácilmente de mí.
Al mismo tiempo que yo, empezó a trabajar una muchacha a la que llamaré "La Lenta". Mi querida "Lenta"... No puedo poner su nombre por razones legales, pero era una persona que no sabía tirar una cerveza ni después de mostrarle el proceso y el mecanismo por lo menos ocho veces, por no hablar de las cagadas con las comandas de comida y bebida o con los clientes mismos. Daba igual que le explicaras ocho veces que después de meter el pedido en el ordenador había que pulsar "Save" para que así quedara registrado y el pedido llegara a cocina, las ocho veces lo haría mal. Daba igual que el local estuviera a rebosar, ella siempre servía con una parsimonia digna de admiración. Y al menos cinco veces al día, la jodía y alguien tenía que ir a limpiar sus marrones.
Supe que había pasado la prueba de fuego cuando uno de mis compañeros me hizo participe de un plan para putear un poco a la "Lenta".
La noche de la putada a esta chica fue la primera noche que me quedé con los demás "veteranos" a tomar una copa después del trabajo. Y allí, entre risas y alcohol, supe que no tenía que temer por mi empleo. Mi Training había terminado. Había sido aceptada. La Lenta aguantó una semana más, después fue despedida. Por lo que sé, ahora está trabajando en un pequeño restaurante, alrededor de Charing Cross. Menos gente, menos sueldo, menos propinas y menos Service Charge (propina obligatoria incluída en la factura que, a pesar del nombre, es opcional, pero los clientes suelen pagarla). Pero también es más feliz, según tengo entendido. No tiene tanta presión y sus compañeras son tan lentas como ella misma, así que supongo que se siente integrada.
Hoy entran dos chicas nuevas. Comienzan su Training esta noche, la más ocupada de la semana. Mis compañeras "no cabronas" han empezado a temblar. Llevan comentando su llegada desde hace una semana. Yo ni recordaba que entraban hoy hasta que uno de mis compañeros me mandó un mensaje al movil. Desde ese momento no puedo dejar de reírme ni de frotarme las manos. Siempre voy a trabajar con una sonrisa, pero la de hoy es malvada y sé que todos los camareros y baristas que entran dentro de nuestro complot la tendrán también. Y no es que el mensaje del móvil fuera muy explícito, o que hubiera en él un plan de acción elaborado sobre qué es lo que íbamos a hacer, no. Sólo habían escritas cinco palabras. Pero cinco palabras que me han alegrado la mañana.
"Sangre fresca, Chess. Sangre fresca...".
También aprendes a tratar a los gilipollas, clientes o compañeros, como se merecen, y a mandar a la mierda a quien hay que mandar. Que a pesar de lo que se pueda decir, para este trabajo no todos valemos y que los débiles no aguantan más de un mes.
Cuando llega gente nueva siempre es motivo de revuelo y, en ocasiones, de preocupación. Aquellos que no llevan demasiado aquí o simplemente que son unos inseguros, empiezan a temblar. Los que llevan mas tiempo o son unos cabrones despiadados (como es mi caso) nos frotamos las manos. Sangre fresca a la que putear...
Y no lo hacemos por el mero placer de joder al personal, no, de verdad que no. Es un bautismo de fuego infalible y hecho con buen criterio: ¿Tienes lo que hay que tener para trabajar aquí?
Sé que esto no es muy ortodoxo y que no debería hacerse. Que lo ideal es hacer que el nuevo se sienta querido y que lo único que logramos con las "novatadas" es conseguir que se sientan inseguros. Pero debo decir que, en el local con más afluencia de todo Londres, es un método infalible para saber si vas a sobrevivir o no. Si no eres capaz de aguantar a tus propios compañeros, apaga y vámonos. Vete a trabajar a un Starbucks o a un Nero's, lo harás mejor y no mosquearás a tanta gente.
Cuando yo llegue, la primera semana se dedicaron a joderme la vida. Me han dado platos hirviendo para llevar a las mesas y los he tirado en la cara del Chef, diciéndole que me importaban más mis manos que sus platos de los cojones mientras me gritaba que qué coño hacía tirando los platos. También me han puteado con mesas, con las comandas, me han cambiado de sitio los útiles del bar y han vaciado mis cubiteras de hielo mientras no miraba. Yo sabía por qué lo hacían y me decidí a demostrarles que para cojones y chulería, los de una madrileña temperamental. Que no se iban a librar tan fácilmente de mí.
Al mismo tiempo que yo, empezó a trabajar una muchacha a la que llamaré "La Lenta". Mi querida "Lenta"... No puedo poner su nombre por razones legales, pero era una persona que no sabía tirar una cerveza ni después de mostrarle el proceso y el mecanismo por lo menos ocho veces, por no hablar de las cagadas con las comandas de comida y bebida o con los clientes mismos. Daba igual que le explicaras ocho veces que después de meter el pedido en el ordenador había que pulsar "Save" para que así quedara registrado y el pedido llegara a cocina, las ocho veces lo haría mal. Daba igual que el local estuviera a rebosar, ella siempre servía con una parsimonia digna de admiración. Y al menos cinco veces al día, la jodía y alguien tenía que ir a limpiar sus marrones.
Supe que había pasado la prueba de fuego cuando uno de mis compañeros me hizo participe de un plan para putear un poco a la "Lenta".
La noche de la putada a esta chica fue la primera noche que me quedé con los demás "veteranos" a tomar una copa después del trabajo. Y allí, entre risas y alcohol, supe que no tenía que temer por mi empleo. Mi Training había terminado. Había sido aceptada. La Lenta aguantó una semana más, después fue despedida. Por lo que sé, ahora está trabajando en un pequeño restaurante, alrededor de Charing Cross. Menos gente, menos sueldo, menos propinas y menos Service Charge (propina obligatoria incluída en la factura que, a pesar del nombre, es opcional, pero los clientes suelen pagarla). Pero también es más feliz, según tengo entendido. No tiene tanta presión y sus compañeras son tan lentas como ella misma, así que supongo que se siente integrada.
Hoy entran dos chicas nuevas. Comienzan su Training esta noche, la más ocupada de la semana. Mis compañeras "no cabronas" han empezado a temblar. Llevan comentando su llegada desde hace una semana. Yo ni recordaba que entraban hoy hasta que uno de mis compañeros me mandó un mensaje al movil. Desde ese momento no puedo dejar de reírme ni de frotarme las manos. Siempre voy a trabajar con una sonrisa, pero la de hoy es malvada y sé que todos los camareros y baristas que entran dentro de nuestro complot la tendrán también. Y no es que el mensaje del móvil fuera muy explícito, o que hubiera en él un plan de acción elaborado sobre qué es lo que íbamos a hacer, no. Sólo habían escritas cinco palabras. Pero cinco palabras que me han alegrado la mañana.
"Sangre fresca, Chess. Sangre fresca...".
jueves, 19 de enero de 2012
Del comienzo y del primer hogar.
Como en todas las historias, es importante establecer un orden cronológico, básicamente porque si no lo hacemos, tanto el lector como el escritor se pierden. Por eso pensé que la segunda entrada, la primera de las historias, debería ser mi llegada aquí.
Me planté en el aeropuerto de Stansted, el más lejano y, por tanto, el más barato, en la mañana del 30 de agosto del 2011. Y lo hice más sola que la una y con una maleta delante y otra detrás. Tan sola tan sola que aquella mañana sólo yo cogí el autobús de las 10 de la mañana. Y encima llorando, porque soy tan idiota que me dio por llorar de pensar en lo solita que estaba. El pobre conductor estaba apuradísimo, porque para una pasajera que tenía y encima llorando como María Magdalena...
Aunque claro, mi llantina de 10 minutos no era nada comparada con la llorera con la que había dejado a mi pobre madre en Barajas, apenas tres horas antes. Que parecía que me fuera a ir a la guerra y no a una gran ciudad a dos horas en avión. Aunque claro, a Mami Pata (que es como siempre llamaré a mi madre aquí) nunca le ha resultado fácil alejarse de sus hijas, aunque fuera por una semana. Por suerte para ella, a mi hermanita aún le quedan como poquito 10 años para la independencia.
El autobús me dejó en Baker Street, en pleno corazón de Londres. Y ahí iba yo, con mis maletas en busca y captura de un taxi. Que no os penseis que es tan fácil, que aquí hay tropecientos mil taxis, sí... Pero parados en zonas estratégicas. Para encontrar uno en Baker Street a las 11 de la mañana, telita, que tuve que esperar cerca de 20 minutos hasta que alguno me hiciera caso.
El caso es que yo seguía con mi depresión de inmigrante recién llegada, pero el taxista no lo vio como un inconveniente, sino como un reto. Un croata mayor, de unos 59 años, a puntito de jubilarse y con ganas de charlar. Y yo con ganas de que me animaran.
40 minutos más tarde estaba en la puerta de mi hostal con una sonrisa enorme en la cara y 20 libras menos en la cartera, pero contenta, oye. Aunque para lo que me duró...
El Hostel Number 8, también conocido como el Dollis, es casi con seguridad el hostal más barato de Londres. Limpieza dudosa, Mickey como mascota en la cocina (jodida rata, vaya sustos nos pegaba por las mañanas) y problemas con los "amigos de lo ajeno". Algunos policías venían siempre que había un aviso porque siempre les caía una pinta o un café. Pero es barato. Muy barato. E incluye el desayuno. Y también Internet.
Por eso el Number 8 es el campamento base por excelencia de todo joven en busca de una oportunidad en Londres. Y por eso tenía yo una cama reservada en una habitación de cuatro personas para dos semanas. Pero cuando me dijeron que no podría entrar en la habitación hasta las 14:00 me quería morir. ¡Si yo sólo quería dormir!
Eso sí, me dio por aprovechar el tiempo y me fui a imprimir currículums, conseguir la SIM para el móvil... Y a la vuelta les debí de dar tantísima pena que me dieron de gratis un chocolate caliente, cigarrillos y conversación. Eso sí, a las 14:07 estaba sobando en mi cama como un bebé hasta la mañana siguiente.
Tengo mil historias del Number 8, como la primera vez que tuvo que venir la policía porque habían robado unos móviles y una cámara de fotos y la ladrona apareció en ese momento llevándolo todo encima, o cómo casi muero atropellada a la puerta del hostal porque un borracho en moto decidió que la acera también era carretera. También fue buena aquella en la que nos levantamos totalmente resacosos los españoles para ir a la cocina a comer y nos encontramos a Mickey, la rata/mascota del hostal comiendo pasta de un plato sucio (aquel día no comimos) o las historias del olor radioactivo que salía de la habitación del sotano, en la cual no había ventanas, sólo un conducto pequeño de ventilación, y dormían 24 personas (eso sí, era la más barata).
Pero lo mejor del hostal era, con diferencia, la gente. Porque era la gente lo que te daba fuerzas para vivir allí durante un mes, el cariño y el apoyo que nos dábamos unos a otros. El pasar todos por las mismas penurias y problemas, tener un hombro donde apoyarte cuando te han rechazado en una entrevista o pasan los días y ves que empiezas a quedarte sin dinero y siguen sin llamarte ni siquiera para un maldito Training Day...
Me da mucha pena que de los 10/12 españoles que empezamos juntos a probar suerte en Londres a raíz de estar en el Hostel number 8 sólo yo quedo por aquí. Los demás decidieron volver. No les culpo. En esta ciudad o te comes tú a la ciudad o la ciudad te come a ti. Y aunque parece fácil y divertido venirse, no lo es. Sobre todo cuando no hablas el idioma o cuando el clima te aplana. Y cuando te quedas sin dinero como para estar en el hostal más barato de Londres entonces, my friend, estás jodido.
Después de conseguir un trabajo, encontrar casa me costó una semana, pero tras un mes viviendo en el hostal pude empezar a vivir bien. Lo malo fue perder el contacto con toda esa gente. Pero supongo que así van las cosas ¿no? Unos avanzan y otros quedan.
Si alguna vez leeis esto, un saludo para todos, chicos, en especial para Roi y para Eva, mi Gorda bonita. Espero que todo os vaya bien.
Me planté en el aeropuerto de Stansted, el más lejano y, por tanto, el más barato, en la mañana del 30 de agosto del 2011. Y lo hice más sola que la una y con una maleta delante y otra detrás. Tan sola tan sola que aquella mañana sólo yo cogí el autobús de las 10 de la mañana. Y encima llorando, porque soy tan idiota que me dio por llorar de pensar en lo solita que estaba. El pobre conductor estaba apuradísimo, porque para una pasajera que tenía y encima llorando como María Magdalena...
Aunque claro, mi llantina de 10 minutos no era nada comparada con la llorera con la que había dejado a mi pobre madre en Barajas, apenas tres horas antes. Que parecía que me fuera a ir a la guerra y no a una gran ciudad a dos horas en avión. Aunque claro, a Mami Pata (que es como siempre llamaré a mi madre aquí) nunca le ha resultado fácil alejarse de sus hijas, aunque fuera por una semana. Por suerte para ella, a mi hermanita aún le quedan como poquito 10 años para la independencia.
El autobús me dejó en Baker Street, en pleno corazón de Londres. Y ahí iba yo, con mis maletas en busca y captura de un taxi. Que no os penseis que es tan fácil, que aquí hay tropecientos mil taxis, sí... Pero parados en zonas estratégicas. Para encontrar uno en Baker Street a las 11 de la mañana, telita, que tuve que esperar cerca de 20 minutos hasta que alguno me hiciera caso.
El caso es que yo seguía con mi depresión de inmigrante recién llegada, pero el taxista no lo vio como un inconveniente, sino como un reto. Un croata mayor, de unos 59 años, a puntito de jubilarse y con ganas de charlar. Y yo con ganas de que me animaran.
40 minutos más tarde estaba en la puerta de mi hostal con una sonrisa enorme en la cara y 20 libras menos en la cartera, pero contenta, oye. Aunque para lo que me duró...
El Hostel Number 8, también conocido como el Dollis, es casi con seguridad el hostal más barato de Londres. Limpieza dudosa, Mickey como mascota en la cocina (jodida rata, vaya sustos nos pegaba por las mañanas) y problemas con los "amigos de lo ajeno". Algunos policías venían siempre que había un aviso porque siempre les caía una pinta o un café. Pero es barato. Muy barato. E incluye el desayuno. Y también Internet.
Por eso el Number 8 es el campamento base por excelencia de todo joven en busca de una oportunidad en Londres. Y por eso tenía yo una cama reservada en una habitación de cuatro personas para dos semanas. Pero cuando me dijeron que no podría entrar en la habitación hasta las 14:00 me quería morir. ¡Si yo sólo quería dormir!
Eso sí, me dio por aprovechar el tiempo y me fui a imprimir currículums, conseguir la SIM para el móvil... Y a la vuelta les debí de dar tantísima pena que me dieron de gratis un chocolate caliente, cigarrillos y conversación. Eso sí, a las 14:07 estaba sobando en mi cama como un bebé hasta la mañana siguiente.
Tengo mil historias del Number 8, como la primera vez que tuvo que venir la policía porque habían robado unos móviles y una cámara de fotos y la ladrona apareció en ese momento llevándolo todo encima, o cómo casi muero atropellada a la puerta del hostal porque un borracho en moto decidió que la acera también era carretera. También fue buena aquella en la que nos levantamos totalmente resacosos los españoles para ir a la cocina a comer y nos encontramos a Mickey, la rata/mascota del hostal comiendo pasta de un plato sucio (aquel día no comimos) o las historias del olor radioactivo que salía de la habitación del sotano, en la cual no había ventanas, sólo un conducto pequeño de ventilación, y dormían 24 personas (eso sí, era la más barata).
Pero lo mejor del hostal era, con diferencia, la gente. Porque era la gente lo que te daba fuerzas para vivir allí durante un mes, el cariño y el apoyo que nos dábamos unos a otros. El pasar todos por las mismas penurias y problemas, tener un hombro donde apoyarte cuando te han rechazado en una entrevista o pasan los días y ves que empiezas a quedarte sin dinero y siguen sin llamarte ni siquiera para un maldito Training Day...
Me da mucha pena que de los 10/12 españoles que empezamos juntos a probar suerte en Londres a raíz de estar en el Hostel number 8 sólo yo quedo por aquí. Los demás decidieron volver. No les culpo. En esta ciudad o te comes tú a la ciudad o la ciudad te come a ti. Y aunque parece fácil y divertido venirse, no lo es. Sobre todo cuando no hablas el idioma o cuando el clima te aplana. Y cuando te quedas sin dinero como para estar en el hostal más barato de Londres entonces, my friend, estás jodido.
Después de conseguir un trabajo, encontrar casa me costó una semana, pero tras un mes viviendo en el hostal pude empezar a vivir bien. Lo malo fue perder el contacto con toda esa gente. Pero supongo que así van las cosas ¿no? Unos avanzan y otros quedan.
Si alguna vez leeis esto, un saludo para todos, chicos, en especial para Roi y para Eva, mi Gorda bonita. Espero que todo os vaya bien.
martes, 17 de enero de 2012
"Igual a la veintiuna..."
No es la primera vez que creo un blog. Lo he intentado miles de veces. Bueno, quizás no miles, pero sí una decena. O dos. De hecho, creo que esta es la veintunava vez que lo intento. Es como jugar a los Sims ¿no? Creas una casa preciosa, una familia maravillosa... Pero después de todo el proceso creativo, que aquí sería todo el proceso de diseño del blog, hay que seguir jugando. Seguir escribiendo. Hacerle caso al pobre blog. Y en mi caso, la perseverancia nunca fue un gran don.
Supongo que por eso decidí apartar a un lado la idea de llevar un blog. "¿Para qué?" me decía a mí misma. "Escribiré dos entradas, me cansaré, diré que no tengo tiempo y ahí estará, ocupando hueco en un servidor". Y así habría seguido feliz y contenta si no hubiera sido por una conversación que mantuve con un amigo hace un par de semanas:
-Joder, Chezita, deberías escribir un libro o algo (después de una historia particularmente graciosa que me sucedió en el trabajo).
-Como que tengo tiempo, Tenshii.
-Pues escribe un blog, o apúntalo en un cuaderno para el futuro. Pero en serio, haz algo para compartir estas cosas. Porque lo que no te pase a ti, maja...
El caso es que me lo empecé a pensar. Me encontré sentada en el metro, redactando mentalmente la que podría ser la entrada del día. Me descubrí en el trabajo pensando en cómo definir a mis compañeros. En la cama, haciendo recapitulación de cómo había sido mi noche y cómo lo estructuraría para postearlo.
Así que este blog va a ir de mi vida diaria en Londres. No llevo mucho aquí, apenas seis mesecitos, pero tengo un buen trabajo, una pequeña habitación calentita, un grupo de amigos con los que compartir recuerdos, morriña de la tierra y tabaco español, y un abono de metro. Vamos, que puedo decir que estoy más que establecida. Por eso no voy a hablar mucho del tema "conseguir trabajo/alojamiento/venteparaLondresPepe". Probablemente lo mencione en alguna ocasión, pues no pasa semana en que no me pregunten al respecto y que yo no conteste con alguna bordería, algunas veces más ingeniosas, otras menos. Es un aspecto más de la vida de los españoles en Londres, sobre todo de aquellos que pasan de integrarse con la comunidad y sólo se rodean de otros españoles.
Resumiendo, que me lío. Este va a ser mi bitácora de mi tiempo aquí. Igual debería haberla empezado antes, cuando llegué pero... ¿Cómo vas a escribir sobre tu vida en un lugar cuando aún no tienes vida? Porque sin trabajo, sin casa y sólo con esperanzas no tienes vida, my dears.
Y como por primera vez en mi vida tengo tiempo para dedicarle al blog y tengo mil historias que contar casi a diario, pues me he dicho: "Por qué no. Igual a la veintiuna va la vencida".
Supongo que por eso decidí apartar a un lado la idea de llevar un blog. "¿Para qué?" me decía a mí misma. "Escribiré dos entradas, me cansaré, diré que no tengo tiempo y ahí estará, ocupando hueco en un servidor". Y así habría seguido feliz y contenta si no hubiera sido por una conversación que mantuve con un amigo hace un par de semanas:
-Joder, Chezita, deberías escribir un libro o algo (después de una historia particularmente graciosa que me sucedió en el trabajo).
-Como que tengo tiempo, Tenshii.
-Pues escribe un blog, o apúntalo en un cuaderno para el futuro. Pero en serio, haz algo para compartir estas cosas. Porque lo que no te pase a ti, maja...
El caso es que me lo empecé a pensar. Me encontré sentada en el metro, redactando mentalmente la que podría ser la entrada del día. Me descubrí en el trabajo pensando en cómo definir a mis compañeros. En la cama, haciendo recapitulación de cómo había sido mi noche y cómo lo estructuraría para postearlo.
Así que este blog va a ir de mi vida diaria en Londres. No llevo mucho aquí, apenas seis mesecitos, pero tengo un buen trabajo, una pequeña habitación calentita, un grupo de amigos con los que compartir recuerdos, morriña de la tierra y tabaco español, y un abono de metro. Vamos, que puedo decir que estoy más que establecida. Por eso no voy a hablar mucho del tema "conseguir trabajo/alojamiento/venteparaLondresPepe". Probablemente lo mencione en alguna ocasión, pues no pasa semana en que no me pregunten al respecto y que yo no conteste con alguna bordería, algunas veces más ingeniosas, otras menos. Es un aspecto más de la vida de los españoles en Londres, sobre todo de aquellos que pasan de integrarse con la comunidad y sólo se rodean de otros españoles.
Resumiendo, que me lío. Este va a ser mi bitácora de mi tiempo aquí. Igual debería haberla empezado antes, cuando llegué pero... ¿Cómo vas a escribir sobre tu vida en un lugar cuando aún no tienes vida? Porque sin trabajo, sin casa y sólo con esperanzas no tienes vida, my dears.
Y como por primera vez en mi vida tengo tiempo para dedicarle al blog y tengo mil historias que contar casi a diario, pues me he dicho: "Por qué no. Igual a la veintiuna va la vencida".
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