domingo, 5 de febrero de 2012

"Estudia, hijo, o sólo servirás para barrer calles o servir cafés".

En mil ocasiones he tenido que escuchar frases como la del título o derivadas. Padres que, de ese modo, piensan que asustarán lo suficiente a sus hijos, poniéndoles el ejemplo del perdedor más clásico en la cara, incitándoles a buscar algo mejor, a conseguir algo mejor.

Porque si dices que eres médico, "¡Whoa! ¿Eres médico? Tienes que ser superlisto ¿no?"

Si eres arquitecto, la reacción es "¡Joder! Te has tenido que pasar la vida matado a estudiar, porque con esa nota de corte que os exigen..."

Y así con mil profesiones más. Hasta los oficinistas, esos chupatintas con el culo gordo de no moverse de la silla y los ojos jodidos de leerse todos los periódicos digitales existentes, reciben más respeto que nosotros. En cambio, los pobres baristas y camareros no somos más que el mal ejemplo. Somos los que "no estudiamos", los que no valíamos para nada más que para limpiar y servir mesas. O eso es lo que piensan de nosotros. La realidad es que la mayoría de la gente da mucho por hecho, cuando en realidad no sabe qué es lo que hay tras la amable cara del camarero que viene a preguntarte qué quieres de beber. Si no puedes definirte a ti mismo con cinco palabras... ¿Por qué pretendes saber quién es el camarero que te atiende por un simple vistazo?

Hace no demasiado, escuchaba una conversación que un grupo de jóvenes ingleses mantenía en la barra, cerca de mi estación, al lado de la cual bebo mi zumo de piña en uno de esos raros momentos de calma.

-Buff, tío, tengo que ponerme a trabajar en el proyecto de la asignatura X pero ya, a ver si puedo terminar la carrera dentro de dos años.


-¿Y qué quieres hacer después de terminarla? ¿Estudiar algo más?


-Bueno, me gustaría conseguir un trabajo, pero uno de verdad, no como lo que hacen estos desgraciados (inserte aquí gesto de cabeza en mi dirección). Que ya que me he pasado años estudiando una carrera, quiero que me sirva de algo, para servir copas y hamburguesas ya están esos idiotas.

Mientras escuchaba las carcajadas me dieron ganas de moverme de mi estación e ir a aquel subnormal intento de pijo inglés y partirle la cara al tiempo que le decía que con 21 años yo ya tenía mi carrera terminada y con una media bastante alta, sin contar los cuatro idiomas que hablo perfectamente; mientras que él, que andaba cerca de los 25 (había tenido que ver su pasaporte cuando pagó con tarjeta de crédito) aún seguía intentando terminar Administración y Dirección de Empresas.

Quería decirle que prefería estar sirviendo copas que viviendo como un parásito gracias a mamá y a papá, que trabajaba ahí porque no quería quedarme en una sola profesión, quería conocer más. Y que me sentía orgullosísima de cómo lo estaba haciendo en la vida, porque con 21, independizada y con un sueldo como el mío (os sorprendería lo que puede ganar un buen camarero en una ciudad como Londres), no te encuentras a mucha gente.

Pero después pensé que hacer eso no era más que rebajarme a su nivel y seguí sonriendo al tiempo que echaba un sorbito de mi zumo de piña. Aunque, como pensé mientras escupía disimuladamente en el vaso de la siguiente consumición que me pidió y se la entregaba con una sonrisa, nunca hay que olvidar la alegría de ser una niña grande... Y hacer travesuras.

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