lunes, 13 de febrero de 2012

¿Buena o tonta?

Llegué al trabajo contentísima de la vida porque era uno de esos días que generalmente es tranquilo y no hay mucho que hacer. Cubertería, limpieza general, comida robada (con la complicidad del Chef, por supuesto) de cocina, alguna mesa ocasional con la que hacer bromas y pasar un buen rato, reírnos del francés por ser el "newbie" (novato) al que le toca ser manager los domingos... Happy Sundays, como los llama mi compañera lituana.

Personalmente, me gusta trabajar los domingos. La gente está más relajada, es mas amable. Rara vez he tenido una mesa o un cliente "capullo" un domingo. Además, en un día normal se pueden hacer hasta 50 libras en propinas si sabes cómo montártelo.

Pero ahí estaba el francés, dispuesto a intentar joderme la mañana. Como si no fuera suficiente tener que levantarme a las nueve, cuando normalmente lo hago a las dos de la tarde. Viene tarde, con toda su pachorra y me dice que hoy no sirvo mesas, al menos por la mañana.


-Hoy toca limpiar - suelta con ese acentazo que, estoy segura, en ocasiones fuerza.


-¿Limpiar el qué, majo? - contesto con una sonrisa. Hoy no me agua el humor ni Dios.


-Los chicles de debajo de las mesas.

Hijo de puta...

Hagamos una puntualización. El francés me odia y tiene sus motivos para odiarme. Quizás no me odia, pero no le caigo simpática. Tampoco me he esforzado en ser simpática con él. Vamos, que me la suda lo que diga y que paso de él como de comerme un plato de larvas. A mi favor tengo que decir que es un pretencioso que intentaba explicarme como hacer mi trabajo de barista (que, aunque tengo 5 años de experiencia puedo entenderlo, porque él originalmente era barista y algo sabría el hombre) y cómo hacer mi trabajo de camarera... ¡Cuando a él le duelen los brazos si tiene que llevar platos pesados!

Entre eso, las órdenes contradictorias, los "hago lo que me da la gana" que te suelta a veces cuando todos sabemos que es la última mierda, los gritos y las malas maneras... Digamos que no es ninguna de nuestras personas favoritas. Para nadie del local.

A pesar y todo, yo estaba de buen humor y le dije que vale, que limpiaba los chicles de debajo de las mesas, pero que cada media horita, diez minutos para un par de cigarrillos. Intenta regatear, pero no puede. No sería la primera vez que le reto a llamar a algún superior. Simplemente, sabe que no tiene derecho a pedirme eso y yo sé lo que puede o no puede pedirme. En más de una ocasión le he dicho "recuerda que soy camarera y barista, no limpiadora" pero parece que se le olvida. De todos modos alguien tiene que hacerlo y yo no tengo mucha gana de servir mesas hoy. Es una excusa para estar sentadita y salir a fumar cada 15 minutos.

Comienzo con los chicles de las narices y me pregunto cómo puede ser la gente tan cerda. No exagero si digo que saqué de la primera mesa cincuenta chicles. Mami Pata, cuando yo era chiquitina, me decía que si me atrevía a pegar el chicle en algún lado, me lo tendrían que despegar a mí de la mejilla del bofetón con el que me lo iba a pegar ella de vuelta. Mucha educación y mucha flema inglesa pero... ¿A los ingleses no les enseñan limpieza?

Llevaba una hora, con sus cuatro cigarrillos, de limpieza cuando la marabunta estalló. Y es que es el puto año nuevo chino y da el casual de que nosotros estamos a la vera de Chinatown. Y claro, todo el mundo quiere comer y dicen "hala, qué sitio más cool, vamos allí".

En menos de cinco minutos yo he tenido que dejar la limpieza porque mi compañera no da abasto. Tenemos medio restaurante hasta arriba. El trabajo que suelen hacer cuatro personas lo estamos haciendo dos, porque el francés es "demasiado importante como para quedarse a servir mesas" según sus propias palabras. Le miro con cara de odio y le aseguro con la mirada que de esta no se libra, que me la iba a cobrar. Quizás fue eso lo que hizo que, veinte minutos después, apareciera con un par de platos. Quizás recordó que somos humanos, no máquinas. Me dio igual. Estaba ocupada cogiendo pedidos.

Por suerte mis bebidas estaban siendo hechas por otro compi de restaurante al que le tocaba turno de barista. Eso nos salvaba tiempo.

Después de correr como una loca, a las cuatro pienso que lo peor se ha acabado y le digo a mi compañera que se vaya a comer algo a su descanso, que yo termino a las siete, pero ella termina a las diez y necesita descansar.

Maldita la hora.

A todo el maldito Londres le dio por llegar a las cuatro y diez y el restaurante se llenó en cinco minutos.Tuve que decirle a algunos que se fueran a tomar una copa al bar mientras esperaban porque no era capaz de hacerme quince mesas y 43 personas yo sola. Aun cuando lo hicieras todo a la perfección sin tener que esperar nada, llegar a las mesas y "besar el santo", no te daría tiempo, pues hay que ir a atender como máximo cinco minutos después de que se sienten; las bebidas deben llegar en tres minutos y la comida en diez. Y para aquella, ya tenía que hacer yo mis bebidas, porque mi compañero estaba ya ocupado. Vamos, que ni de coña.

Pido ayuda al francés por radio. Pasa de mí, tanto que ni se molesta en contestar. Desesperada, llamo a mi compañera y le digo que lo siento mucho, pero que la necesito. No pasan ni dos minutos y ya la tengo a mi lado.

Nos las arreglamos para despachar al personal y, cuando ya sólo esperan por la comida, vuelvo a mandar a mi lituana a su descanso, porque pasado el jaleo inicial, si es para llevar comida sí puedo hacerlo tranquilamente. Además, ya son las cinco y sólo me quedan dos horas. En estas, el francés sube de la oficina, mira alrededor y me dice que por qué le llamo, que si no soy capaz de llevar los platos.

La mirada asesina que le echo le debe asustar, porque va a cocina, vuelve con platos para las mesas y no se va hasta que todas las mesas están comiendo. Le murmuro un "buen chico", igual que se hace a los perros, con media sonrisa y él sonríe como si fuera un cumplido y ya todo estuviera bien. La madre que lo trajo...

Ya son las seis, la lituana ha vuelto y el que antes estaba en barra ahora está en restaurante. Empiezo a prepararlo todo para irme. El dinero que tengo que dejar, pasarle mis secciones al albano (el que antes estaba en barra)... Todo muy bonito.

Hasta que llega el manager del bar.

Este tipo es lo suficientemente poco "newbie" como para tener algo más de autoridad sobre todo el mundo en el local y además tiene más responsabilidades. Pero es lo suficientemente "newbie" como para tener que currar en domingo.

Este manager dice que necesita que el albano vuelva a la barra. El francés dice que mi turno se acaba y que no puede dejar el restaurante tres horas con sólo la lituana atendiendo. Los dos me miran a mí. Mentalmente me acuerdo de todos sus ancestros ya fallecidos y también de los míos, porque ya sé lo que voy a hacer aunque no debería.

El manager del bar me recuerdan que si no puedo o no quiero quedarme, no tengo por qué hacerlo, pero que necesitan que me quede. Puedo escuchar encubierta la amenaza en sus palabras: "Si no te quedas, igual es que no te importa mucho tu trabajo y se lo podemos dar a otro", pero no me importa y ni me molesto en corregirle, ya lo estaba haciendo el francés en voz baja, temeroso de que reaccione como siempre reacciono ante una amenaza: Haciendo lo contrario a lo que se me pide. El pobre tipo ya tiene experiencia conmigo. Igual es contraproducente, pero para narices las mías. Además, no me asustan sus amenazas. Saben bien que trabajo no me faltaría y que me necesitan tanto como yo necesito que me paguen.

En realidad me la refanfinfla lo que estos dos trajeados me quieran contar u ofrecer, pero todo este tiempo he estado viendo a mi lituana estresadísima corriendo de arriba para abajo. También al albano y a todos los baristas sudando tinta para atender todas las bebidas. Y me dijo "soy gilipollas", porque antes de que me lo preguntaran, ya sabía lo que iba a contestar.

-De acuerdo, pero con una condición.

Se les ilumina la cara. Si quisiera darles por el culo a los dos con un arnés, dudo que se negaran con tal de que me quedara.

-Una copa gratis después del turno por cada media hora que me quede.

Ya que voy a terminar tarde, terminaré tarde y borracha. Que me da la sensación de que lo voy a necesitar.

El manager del bar me mira como si le hubiera dicho que le han tocado 10 millones en la lotería. Intenta abrazarme, pero mi cara le hace desistir. Lo que me faltaba.

Tres horas y media después, estoy frente a la barra con un Sailor Jerry doble con CocaCola y lima frente a mí. El albano aún sigue trabajando, y también la lituana, pero ya no está tan ocupado. Probablemente terminen en menos de media hora.

Uno de los baristas, mientras me sirve el segundo SailorDoble me pregunta que qué demonios hago allí aún cuando se suponía que yo terminaba a las cinco. Le cuento la historia casi tal cual como la he contado aquí. Se me queda mirando, pone la bebida frente a mí y observa como mi segunda copa desaparece en un par de minutos. Y cuando la he terminado, me dice:

-Sabía que toda esa bordería en momentos de estrés y ese "educar al cliente" no eran más que una fachada. Porque para hacer lo que has hecho, o eres muy buena o muy tonta. Y después de estos meses, tengo claro que precisamente tonta, no eres.

Y me quedé sin saber qué decir, mirándole servir a otro cliente y dejando que el hielo se derrita en el vaso vacío.

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