sábado, 28 de enero de 2012

Esta ciudad te vuelve racista.

Y tiene delito que lo diga yo. Quiero decir, yo misma soy una inmigrante en este país, no tiene sentido ser racista. Pero esta ciudad te vuelve racista.

Empiezo a desarrollar no odio, pero sí incomodidad cuando estoy alrededor de gente afroinglesa. Los indios tienen el mismo estilo, pero son más educados, al menos agradecen y piden por favor. Pero los afroingleses...

Y no es porque su piel sea de un color diferente a la mía, por mi vida que no. O porque hablen diferente y a veces no me entere. Es por su actitud y sus modos. Es porque van de prepotentes y de div@s, porque siempre empujan en la calle y nunca siguen la norma de dejar bajar antes de subir en el metro. Porque en su afán de no ser discriminados acaban poniéndose a la defensiva o, directamente, comenzarán con la ofensiva antes de haber tenido tiempo de preguntarles "Hola, ¿qué desean tomar?".

Para empezar, normalmente si tienen una reserva, llegarán tarde, preferiblemente cuando quede una hora para que la cocina cierre. Obviamente, la cocina no se va a mantener abierta para ellos, así que se les informa de que deben pedir rápido si quieren tener postre. A estas alturas ya empezarán las acusaciones de xenofobia, o que ellos han reservado para tener comida de tres platos. Yo, con la educación que me queda, les digo que igual que han reservado para eso, han reservado a una hora determinada, y que como ellos han llegado tarde por más de una hora, han perdido el derecho a esos tres platos.

Después de las quejas iniciales, tardan veinte minutos en decidir qué beber y veinte más en decidir qué comer. Por supuesto, piden los cócteles más jodidos de todo el menú y los que más tardan en hacerse. Después de tomar la orden y acordarme de sus muertos, le pido a otro compañero que tome sus pedidos para la comida y me piro al bar a hacer bebidas.

Aquí en la barra es donde estoy en mi elemento, y si no hubiese sido tan estúpida como para decir que también podía servir platos, es también donde estaría todo el tiempo. Hago los cócteles en tiempo record y los llevo a la mesa para descubrir que los menús de comida siguen frente a ellos.

-¿Y la comida? - Le pregunto a mi compañero.

-Los monos - Este compañero mío sí que es racista, y mucho - todavía no se han decidido.

Miro la hora, en media hora cierra la cocina y yo tendré que estar tras la barra del bar, así que con la mejor de mis caras les apremio para que pidan de una santa vez.

Tras otros cinco minutos, el pedido llega a cocina y desde el restaurante puedo escuchar los gritos y juramentos del cocinero, que se las prometía muy felices y pensaba que ya podía irse a casa antes de que le llegaran los pedidos de 10 hamburguesas y 7 pollos al curry. Me río mientras me dirijo hacia allí, no pienso perderme el espectáculo de ver al Chef mosqueado.

Los minutos pasan y la única mesa que queda en el restaurante es la mía. Sirvo la comida como un rayo y le paso la mesa a otro compañero. Sé que le hago una putada y que tendrá que quedarse más tiempo de lo que dice su horario, pero también sabe que yo tengo que cambiarme de ropa para ponerme a atender sobre la barra. Dos minutos antes de las once paso por la mesa y compruebo que los muy mamones no sólo siguen comiendo, sino que exigen más bebidas.

Aquí está el punto clave. Esta gente piensan que los "blancos" les desprecian, entonces se defienden despreciando primero. No se paran a ver que allí somos todos extranjeros y que el color de mi piel es bastante más oscura que la de un inglés típico y mis ojos no son precisamente azules, sino de un marrón tan oscuro que podría ser negro. No se paran a pensar que el desprecio y el aprecio, a estas alturas de la sociedad, no dependen del color de tu piel, sino de cómo trates a los de tu alrededor.

Me voy a barra tras asegurarle al camarero que guarda la mesa que yo haré la nueva ronda de bebidas para estos "motherfuckers" y me preparo para las tres horas que me quedan trabajando. Llevo los vasos y procuro de olvidarme de todo lo que tenga que ver con comida. El bar es mi nuevo dominio.

Sirvo copas sin pararme a mirar a quién se las sirvo hasta que a las doce de la noche, noto que me llaman desde el otro extremo de la barra. Uno de los tipos sentados a la mesa quiere pedirme más bebidas.

Ahora, yo sigo siempre la misma técnica de petición cuando atiendo en barra, que es "la máquina de escribir". Consiste en empezar desde un extremo e ir yendo hacia la derecha hasta que alcanzas el otro extremo, momento en el cual, sin importar el qué, te dirijes al punto de partida y comienzas otra vez.

Daba el casual de que este chico estaba al final de mi "máquina de escribir", así que me pongo a atender clientes según el orden que yo misma me he marcado, sin importar el orden de llegada. Lo siento, gente, si queríais que os atendieran por orden de llegada id a una pescadería, que tienen tickets preciosos con un número de orden, pero esto es un bar y yo estoy liadísima, así que como comprenderás, no tengo ni puta idea de quién ha llegado primero y quién último.

Llego al final de la barra y a estas alturas el tipo está mosqueado. Me pide sin ninguna educación ni respeto un zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojitos (Mojitos sin alcohol). La conversación se da así:

-Buenas noches, ¿qué quiere tomar?

-¡Me has tenido esperando tres horas! Ponme un zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojito.

-Buenas noches - acompañad esto de mi mejor mirada inexpresiva.


-¡Que me pongas un puto zumo de manzana, dos de piña y dos Virgin Mojito!


(Más mirada inexpresiva por mi parte)


-¿Eres sorda o qué?

Y es entonces cuando decido hacer un pasapalabra. Básicamente, me paso cada palabra que dices por el culo y no me da la gana servirte ni una maldita soda con limón.

Se quedó allí un rato más "tirándome piropos" hasta que se hartó y fue a por otro camarero, que también se hartó de él y acabó hablando con un manager. El manager me preguntó que por qué no les había servido en primer lugar y le expliqué que con faltas de respeto no sirvo ni a la maldita Reina de Inglaterra. Gracias al cielo, el manager pilló mi punto y no preguntó más. Según tengo entendido, hubo problemas para que pagaran la cuenta del restaurante y acabaron siendo largados del local por montar una trifulca con el General Manager, un tipo al que no le gustan nada las tonterías.

Los volví a ver, una vez acabado mi turno, hablando con los policías que siempre están de guardia alrededor de donde trabajo. Al parecer, querían denunciar al local. Las últimas palabras que oí antes de meterme en el metro fueron "¡Nos tratan así porque somos negros!"

Tiene cojones el asunto...

miércoles, 25 de enero de 2012

Hoy no tengo ganas de nada

Me despierto dos horas más tarde de lo previsto con el peor dolor de cabeza del mundo. Miro el reloj y maldigo al mundo un par de veces.

Bajo las escaleras con la pequeña alegría de comprobar que estoy sola. Mis compañeros de casa son todos madrugadores, por lo que no me sorprende que no estén aunque sea un sabado a las 12:30 de la mañana. Me bebo mi vaso de leche fría, porque no me apetece calentarla. Cae el primer cigarro del día y me provoca un mareo monumental,uno de esos que me hacen volver a la cama y dejarme caer como un trapo mojado. Y es lo que me dispongo a hacer cuando recuerdo que anoche no metí mis camisas a la lavadora.

Con un "mierda" susurrado, recuerdo por qué odio trabajar en lugares con uniforme con el logo de la empresa. La ropa del trabajo siempre debe estar lista para el siguiente turno y nunca tienes camisas suficientes. Mi dolor de cabeza aumenta según meto mis dos camisas y mis dos mandiles en la lavadora y la pongo en marcha. Una vez estoy segura de que todo funciona correctamente, subo a mi cama y me tiro en ella mientras la habitación da vueltas.

Este mareo no es por la resaca. Ojalá, eso significaría una buena noche de fiesta detrás y sólo estuve trabajando. Y, como buena profesional, jamás bebo alcohol en el trabajo.

No, el dolor de cabeza y el mareo vienen de la jornada agotadora de ayer, en la que hice mucho dinero para la empresa y poco para mí. Una jornada en la que le tuve que dar un bofetón a un cliente por intentar propasarse, salir corriendo detrás de dos cabrones que no querían pagar y así mil historias. Bienvenidos al maldito infierno.

Miro el reloj y veo que me quedan menos de cuatro horas para mi siguiente turno. ¿Qué pasa si no voy a trabajar, si digo que estoy enferma? ¿Podrían sobrevivir sin mí?

Ni de puta coña. No es que sea imprescindible, pero con tanta gente de vacaciones y un encargado tan subnormal como es el francés, necesitan hasta al más torpe.

Intento pensar que mis compañeros también me lo agradecerán, y que dentro de menos de un mes yo también tendré mi magnifico break post-navidad de cinco días. Cinco días lejos de esta jungla de asfalto para estar sólo acompañada por árboles, lluvia, alcohol y las manos cálidas de alguien que me quiere.

Pero ni eso funciona y me acuerdo de los muertos de todo el mundo cuando empiezo a buscar el secador para secar las camisas.

martes, 24 de enero de 2012

¡Qué chollo el ser camarero!

Imaginaos que trabajais en una oficina, en una de esas sucursales de seguros que hay en todas las ciudades. Estais en un espacio limitado y con un ordenador. Teneis a mano vuestros bolígrafos, grapadora, sellos... Lo que necesitais para trabajar. Además, a un ladito, teneis un teléfono que de vez en cuando suena y os hablan clientes u otros compañeros de oficina, y una silla donde los clientes se sientan y vosotros intentais venderles seguros o solucionar los problemas que puedan tener con los ya vendidos seguros.

Imaginad que con vosotros hay otras ocho personas trabajando pero, que en vez de mantenerse en su mesa, vienen a la vuestra, cogen vuestros bolígrafos y los devuelven hechos una mierda y mordidos si es que los devuelven. Os cogen los papeles en blanco y después sois vosotros los que teneis que ir a buscar más, cosa que se aplica también a los post-its, y la grapadora simplemente desaparece al principio del turno y teneis que ir pegándoos con vuestros compañeros para poder recuperarla. Del teléfono mejor ni hablamos, porque no sólo no deja de sonar, sino que la mayoría del tiempo sonará para cosas idiotas que no tienen nada que ver contigo. Lo malo es que igual a lo largo de la noche dirán algo que sí tendrás que escuchar, así que no puedes dejar de coger el teléfono, hasta tal punto que tendrás metido el soniquete del teléfono hasta el tuétano.

Y los clientes... Los clientes se están pegando, en ocasiones literalmente, por llegar hasta la sillita de las narices para que les atiendas y les soluciones la vida. A veces los clientes se pegan, pero porque han conseguido mejores seguros, porque se han mirado mal entre ellos o porque sí. ¡Qué más da! ¡Fiesta!

No parece un buen lugar para trabajar ¿verdad? Dudo que muchos de vosotros aguantara más de dos minutos en esas condiciones sin exigir más dinero o, simplemente, dándoos la vuelta y yendoos.

Ahora cambiad "oficina" por "bar" y "mesa" por "estación de trabajo". Los bolis que teníais y que vuelven hechos una mierda serán los vasos limpitos que teníamos en la estación y que ahora, los pocos que han sobrevivido, están sucios. Los papeles en blanco serán las botellas básicas de bebida (whiskey, ron, vodka, ginebra y refrescos) y los post-its el hielo y, como bien he dicho, se van y no vuelven a no ser que tú misma vayas a buscarlos.

La grapadora son nuestros útiles para hacer cócteles, y aparte de que te los quiten tus compañeros, siempre habrá algún "listo" al otro lado de la barra que quiera llevarse un recuerdo. Y sin coctelera, medidora, machacadora o cuchara de bar, ya me contareis como coño preparo yo un cóctel.

El teléfono será la radio que los baristas principales tenemos que cargar para estar en contacto con las otras secciones del local, bar supporters, managers y la rana cantando debajo del agua. Y los clientes... Son esa marabunta de animales furiosos, en su mayoría cosas de entre 18 y 22 años, que quieren beberse hasta el agua de los floreros y que no atenderán a razones ni ante su santa madre durante las malditas horas que durará este infierno.

Acabo de describiros muy escuetamente lo que es trabajar en "Noche de Estudiantes" en el puto local más abarrotado y "de moda" de Londres. ¿Quién no querría trabajar así?

Pues encima tengo que aguantar que un estudiante, algo bebido, al cual llamaremos "el iluminado" por la magnifica conclusión a la que llega al final, venga hacia mí y, después de servirle el Long Island Iced Tea que me ha pedido, me dice con voz de borracho:

-Qué suerte teneis los camareros. Trabajais en una discoteca y los días libres podeis entrar y beber de gratis. La música es buena. Durante el curro podeis bailar y beber sin problema. A las camareras os sube el ego porque nosotros hacemos el gilipollas por vosotras. Y a los tíos (señala a mi compañero de la derecha, que intenta camelarse a una bonita pelirroja con toda su verborrea italiana)... Mírale. Ese folla esta noche. Y yo...

Se señala a sí mismo y parece pensar que lo ha dicho todo. La verdad es que no sé cómo será sobrio, pero así no es más que una piltrafa humana.

Mi amigo el "iluminado" no dice nada más y yo sigo atendiendo gente. Pero después de mirar a mi compañero y a la pelirroja me dice a voz en grito:

-¡Que chollo el ser camarero!

En ese momento, la pelirroja se va, con una sonrisa radiante, pero se va. Y, lo más importante, sin darle a mi compañero el número de teléfono, el cual se queda con toda su verborrea y un chasco de narices. A mí me avisan por radio de que mande a alguien a limpiar el estropicio que han hecho un grupo de rusas en la planta de arriba y miro con cara de circunstancias al bar supporter, que ya sabe que le toca pringar. Una chica, borracha como una cuba, se acerca a mi barra con tan mala suerte que, al perder el equilibrio, se apoya en los grifos de cerveza y me cubre enterita de Becks.

Y miro a mi alrededor y todos estamos más o menos igual de jodidos y con ganas de irnos a casa, a lo que yo, en uno de mis momentos de reflexión en castellano, me digo, mirando al "iluminado" que ya no acierta a atinar el vaso en la boca:

-Qué chollo el ser camarero... Por los cojones.

domingo, 22 de enero de 2012

Salir de fiesta en Londres.

Otro día os contaré la historia de cómo conseguí mi trabajo. Una historia curiosa, si lo pienso, porque a partir de una chorrada, una decisión estúpida, conseguí mil cosas, casi todas buenas. Pero lo único que contaré ahora es que, trabajando donde trabajo, uno de los locales de moda en pleno centro de Londres, tengo una posición privilegiada para observar la vida nocturna londinense desde muchos aspectos diferentes.

No sé vosotros, pero yo cuando salgo de fiesta, aparte de beber y bailar, me apetece charlar con mis amigos, hacer el cabra y reírme. Vamos, que lo único que quiero es pasármelo bien y no joder al personal. Yo que sé, igual soy rarita o algo.

Como espectadora de muchas "noches de fiesta londinense", incluyendo Año Nuevo, noche en la que la pringada que aquí suscribe tuvo que trabajar, he visto que el patrón es más o menos el mismo. Lo que os voy a describir es la crónica de un viernes o un sábado noche desde el punto de vista de los que trabajamos para que os lo paseis bien:

Más o menos sobre las nueve de la noche, los más puntuales empiezan a llegar al sitio. Normalmente son un par de chicas y como diez chicos. Las dos chicas comienzan con la sesión de fotos de la noche. Los chicos se quedan parados y miran en torno a ellos, pensando en sí mismos como los "pringaos" porque el local está vacío. No se paran a pensar, a pesar de que cada noche pasa lo mismo, que están en una situación privilegiada de pillar alguno de los sillones libres y que si esperan un poco más no habrá un puñetero sitio para poner el culo hasta las tres de la mañana.

Los atuendos también son del mismo estilo toda la noche. Los chicos la mayoría de traje y corbata. Las chicas con unos vestidos que parecería que fueran a ir de boda de no ser porque las faldas que llevan son inguinales (a veces ni eso, que yo he visto más potorros de los que quisiera) y los escotes más o menos a la altura media de las costillas. Zapatos de tacón de diez centímetros como poco (si llevas menos tacón no eres "cool") que les otorgan el merecidísimo nombre de Velocirraptors. Si no sabeis el por qué, no teneis más que mirar cómo andaban los velocirraptores y cómo anda una chica con tacones demasiado altos.

A partir de aquí, el guión de la noche está prefijado.

A estas alturas ya son las 21:30 de la noche y los miembros del Staff del local empezamos a mirarnos preocupados. Esa noche va a ser una noche ocupada. Vamos a acabar hasta las narices todos, desde camareros, pasando por baristas y terminando por los bar supporters. El restaurante adosado a la discoteca entra en su "zona caliente" y las secciones se empiezan a llenar. Sin que ninguno nos diéramos cuenta, se ha montado la Guerra Civil Inglesa en las puertas principales porque varios grupos han sido dejados fuera y quieren pasar. Algún listo se intenta colar por las laterales, lo que resulta en que los de seguridad actuan y se arma la marimorena. Mi compañera y yo miramos el reloj a la vez y después nos miramos. Y ni siquiera son las diez. Me cachis en la mar...

La actividad ya es frenética. En el restaurante las cosas están tranquilas, básicamente porque mientras cenan, los clientes todavía son personas, pero en el bar las primeras peleas empiezan a aparecer. El segurata de la entrada es nuevo y no tiene ni puta idea de que si dejas entrar a pocas tías y a muchos tíos, lo normal es que haya mosqueos por las tías y se da el caso de que hay una proporción de seis chicos por chica cuando debería ser al revés. Bienvenidos al infierno.

El staff del restaurante las empieza a pasar putas porque aparte de estar colapsados y tener que llevar la comida y las bebidas en tiempo record tienen que pelearse con los "borrachos tempranos", esos que a poco más de las diez ya están borrachos. Se intentan colar en el bar del restaurante a robar bebida, molestan a los clientes por las mesas... Radio, unos minutos, y el segurata más grande del local aparece para llevarse a los alborotadores. El manager del restaurante vuelve a respirar antes de dar instrucciones de nuevo, como un comandante que arenga a sus tropas.

En el bar, los baristas están desbordados. Al parecer, hay una competición de "a ver cuantos podemos pedir a la vez sin que nos manden a la mierda" y a nadie le han pasado el memorandum. Los clientes del bar piden sin darse cuenta de a quién piden, y parecen no entender que "perdona pero Fulanito va antes", "señora, yo solo recojo vasos" y "chaval, yo soy manager, no barista" significa "que no, coño, que no te puedo atender". La chiquillería, todos estos niños ingleses malcriados de entre veinte y veintitrés años se enfadan porque sus Cosmopolitan y sus JackDaniels & Coke no llegan. El más gallito va al barista que más ocupado está y le exige hablar con el manager. El barista, que suda tinta mientras prepara dos sets de chupitos, cinco Mai Tai y tres Margaritas a la vez, le dice que encantado, pero que por favor le deje terminar lo que está haciendo antes de pasar por encima de sus otros cuatro compañeros, alcanzar el walkie-talkie y llamar al manager. Y en ese momento el gallito decide armar el pollo: "¡Yo vengo aquí todas las noches y me dejo mucho dinero, así que te exijo que avises al manager ahora!".

Si el barista es nuevo, se lo hará en los pantalones, dejará lo que está haciendo y correrá hacia el walkie-talkie al tiempo que tira dos de los cinco Mai Tais y empuja a dos compañeros. Si tiene algo más de experiencia le mirará de forma inexpresiva y continuará con lo que está haciendo, lo que causará más estrés en el cliente y se armará la gorda en barra en cuanto el manager llegue.

Aquí me diréis: "mal hecho, el cliente siempre tiene la razón". Yo os digo: "a menudo, el cliente necesita ser educado por el que le sirve." Y si a mí no me vienes de buenas maneras cuando yo he sido contigo todo lo amable que puedo ser, ya puede arder Troya que no te voy a hacer ni puto caso. Y listo.

En el restaurante ya se empieza a recoger todo y las sonrisas vuelven a aparecer en las caras. Después del estrés, de problemas con alguna que otra mesa y alguna otra chorrada es hora de marcharse. Todo se limpia y se prepara, el restaurante pasa a ser una zona más de la discoteca y las últimas cuentas se cierran. Entonces es cuando llega el manager con cara de disculpa.

-Tú, tú y tú: Necesito que os quedeis tres o cuatro horas más ayudando en barra

-WHAAAAAAAAT???? -gritan los señalados.

-La culpa es nuestra por ser los únicos gilipollas que sabemos hacer cócteles aparte de servir mesas-murmura uno de mis compañeros.

Y tiene razón.

En el bar ya no cabe un alfiler, pero siguen metiendo a más gente. Todo sea por el dinero. Los refuerzos del restaurante ya llegan, y sería perfecto si no fuera porque no hay hueco para todos en la barra. Las palabras empiezan a subirse de tono y hay broncas a los dos lados de la barra, entre los clientes y entre los compañeros. La música está demasiado alta como para escuchar lo que te dicen y todo se tergiversa. Entre los clientes se oye el ruido de vasos rotos y los bar supporters se llevan las manos a la cabeza, preguntándose cómo demonios van a meter una escoba y un recogedor para recoger los cristales entre tanto mogollón. Por radio nos avisan de que necesitan que alguien limpie el vómito que alguien ha dejado en el baño de mujeres. Los bar supporters ya ni se quejan, cogen la fregona y se pierden entre la multitud.

En barra logramos acomodarnos unos a otros. Los que llevan menos tiempo siguen sin atreverse a hablar después de haber dado voces a aquellos que tiene a su lado. Los que llevamos más tiempo hacemos bromas al respecto. Si hubiera dejado de hablarme cada vez que le he contestado mal a alguno de mis compañeros.... Digamos que ya no tendría trabajo, porque le he gritado hasta al General Manager de la empresa.

A la 1:30 la gente se ha emborrachado. Dudo que quede alguien en todo el edificio y que no esté trabajando que no esté bebido en mayor o menor medida. Las peleas se olvidan y todo el mundo es amigo de todo el mundo. El volumen de trabajo disminuye. Por fin podemos salir por turnos a echarnos un cigarrillo y a reírnos de algún que otro cliente, manager o compañero. Los chismorreos salen y todos disfrutamos de cotillear quién sale con quién, quién le hizo una mamada al jefe para mantener el puesto... El local será todo lo de moda que querais, pero para los que trabajamos allí es el maldito Gran Hermano. Cámaras incluídas.

Como ya son las dos de la mañana, se empieza a recoger. Los del restaurante se van a cambiar para irse a casa por fin. Los del bar recogen las estaciones, empiezan a quitar el hielo, a guardar las bebidas, a tapar el azúcar...

A las tres el local comienza a vaciarse. Los bar supporters recogen los vasos en tiempo record mientras que los del restaurante se toman una o dos antes de irse. Los propios baristas les sirven. Teniendo en cuenta que alguno lleva en el edificio más de 14 horas y que se han quedado para ayudar, se lo merecen. Los managers se van a la oficina murmurando un "bien hecho" masticado. Como si eso significara algo.

Las cuatro y ya está todo preparado para irnos. Los seguratas sacan a los últimos borrachos a la calle y los dejan plácidamente dormidos en la acera. Alguien los recogerá dentro de unas horas. Los que aún quedamos en el local sacamos un par de cervezas a la calle mientras caminamos hacia el bus.

Hacemos un par de bromas sobre lo hijos de puta que son algunos clientes y lo magníficos que son otros. Alguien comenta lo que los managers estarán haciendo en la oficina y las carcajadas resuenan por todo el Soho londinense.

Esperamos juntos a los autobuses y es ahí donde nos separamos. Por cosas de horarios, hoy soy yo la última en subir al bus. "Lo único que quiero es llegar a casa y dormir como una bendita hasta mi siguiente turno" pienso mientras observo con envidia a mi compañero subirse a su bus. Pero antes de irse, me mira, brinda contra la cerveza que aún llevo en la mano y me dice con una media sonrisa:

-Al final no ha sido una mala noche.

Y yo no puedo evitar soltar una carcajada mientras el autobús se va, porque la gracia es que tiene razón.

viernes, 20 de enero de 2012

Sangre fresca

En el tiempo que llevo en este local he descubierto y aprendido muchas cosas que antes no sabía. Coctelería avanzada, flair, como vender unos chupitos de mierda aunque cuesten 10 libras por cabeza, guiar al cliente para que te pida exactamente lo que tú quieres que te pida, trabajar turnos de 14 y 15 horas durante una semana sin morir en el intento y sin tener que recurrir a drogas más allá del tabaco...

También aprendes a tratar a los gilipollas, clientes o compañeros, como se merecen, y a mandar a la mierda a quien hay que mandar. Que a pesar de lo que se pueda decir, para este trabajo no todos valemos y que los débiles no aguantan más de un mes.

Cuando llega gente nueva siempre es motivo de revuelo y, en ocasiones, de preocupación. Aquellos que no llevan demasiado aquí o simplemente que son unos inseguros, empiezan a temblar. Los que llevan mas tiempo o son unos cabrones despiadados (como es mi caso) nos frotamos las manos. Sangre fresca a la que putear...

Y no lo hacemos por el mero placer de joder al personal, no, de verdad que no. Es un bautismo de fuego infalible y hecho con buen criterio:  ¿Tienes lo que hay que tener para trabajar aquí?

Sé que esto no es muy ortodoxo y que no debería hacerse. Que lo ideal es hacer que el nuevo se sienta querido y que lo único que logramos con las "novatadas" es conseguir que se sientan inseguros. Pero debo decir que, en el local con más afluencia de todo Londres, es un método infalible para saber si vas a sobrevivir o no. Si no eres capaz de aguantar a tus propios compañeros, apaga y vámonos. Vete a trabajar a un Starbucks o a un Nero's, lo harás mejor y no mosquearás a tanta gente.

Cuando yo llegue, la primera semana se dedicaron a joderme la vida. Me han dado platos hirviendo para llevar a las mesas y los he tirado en la cara del Chef, diciéndole que me importaban más mis manos que sus platos de los cojones mientras me gritaba que qué coño hacía tirando los platos. También me han puteado con mesas, con las comandas, me han cambiado de sitio los útiles del bar y han vaciado mis cubiteras de hielo mientras no miraba. Yo sabía por qué lo hacían y me decidí a demostrarles que para cojones y chulería, los de una madrileña temperamental. Que no se iban a librar tan fácilmente de mí.

Al mismo tiempo que yo, empezó a trabajar una muchacha a la que llamaré "La Lenta". Mi querida "Lenta"... No puedo poner su nombre por razones legales, pero era una persona que no sabía tirar una cerveza ni después de mostrarle el proceso y el mecanismo por lo menos ocho veces, por no hablar de las cagadas con las comandas de comida y bebida o con los clientes mismos. Daba igual que le explicaras ocho veces que después de meter el pedido en el ordenador había que pulsar "Save" para que así quedara registrado y el pedido llegara a cocina, las ocho veces lo haría mal. Daba igual que el local estuviera a rebosar, ella siempre servía con una parsimonia digna de admiración. Y al menos cinco veces al día, la jodía y alguien tenía que ir a limpiar sus marrones.

Supe que había pasado la prueba de fuego cuando uno de mis compañeros me hizo participe de un plan para putear un poco a la "Lenta".

La noche de la putada a esta chica fue la primera noche que me quedé con los demás "veteranos" a tomar una copa después del trabajo. Y allí, entre risas y alcohol, supe que no tenía que temer por mi empleo. Mi Training había terminado. Había sido aceptada. La Lenta aguantó una semana más, después fue despedida. Por lo que sé, ahora está trabajando en un pequeño restaurante, alrededor de Charing Cross. Menos gente, menos sueldo, menos propinas y menos Service Charge (propina obligatoria incluída en la factura que, a pesar del nombre, es opcional, pero los clientes suelen pagarla). Pero también es más feliz, según tengo entendido. No tiene tanta presión y sus compañeras son tan lentas como ella misma, así que supongo que se siente integrada.

Hoy entran dos chicas nuevas. Comienzan su Training esta noche, la más ocupada de la semana. Mis compañeras "no cabronas" han empezado a temblar. Llevan comentando su llegada desde hace una semana. Yo ni recordaba que entraban hoy hasta que uno de mis compañeros me mandó un mensaje al movil. Desde ese momento no puedo dejar de reírme ni de frotarme las manos. Siempre voy a trabajar con una sonrisa, pero la de hoy es malvada y sé que todos los camareros y baristas que entran dentro de nuestro complot la tendrán también. Y no es que el mensaje del móvil fuera muy explícito, o que hubiera en él un plan de acción elaborado sobre qué es lo que íbamos a hacer, no. Sólo habían escritas cinco palabras. Pero cinco palabras que me han alegrado la mañana.

"Sangre fresca, Chess. Sangre fresca...".

jueves, 19 de enero de 2012

Del comienzo y del primer hogar.

Como en todas las historias, es importante establecer un orden cronológico, básicamente porque si no lo hacemos, tanto el lector como el escritor se pierden. Por eso pensé que la segunda entrada, la primera de las historias, debería ser mi llegada aquí.

Me planté en el aeropuerto de Stansted, el más lejano y, por tanto, el más barato, en la mañana del 30 de agosto del 2011. Y lo hice más sola que la una y con una maleta delante y otra detrás. Tan sola tan sola que aquella mañana sólo yo cogí el autobús de las 10 de la mañana. Y encima llorando, porque soy tan idiota que me dio por llorar de pensar en lo solita que estaba. El pobre conductor estaba apuradísimo, porque para una pasajera que tenía y encima llorando como María Magdalena...

Aunque claro, mi llantina de 10 minutos no era nada comparada con la llorera con la que había dejado a mi pobre madre en Barajas, apenas tres horas antes. Que parecía que me fuera a ir a la guerra y no a una gran ciudad a dos horas en avión. Aunque claro, a Mami Pata (que es como siempre llamaré a mi madre aquí) nunca le ha resultado fácil alejarse de sus hijas, aunque fuera por una semana. Por suerte para ella, a mi hermanita aún le quedan como poquito 10 años para la independencia.

El autobús me dejó en Baker Street, en pleno corazón de Londres. Y ahí iba yo, con mis maletas en busca y captura de un taxi. Que no os penseis que es tan fácil, que aquí hay tropecientos mil taxis, sí... Pero parados en zonas estratégicas. Para encontrar uno en Baker Street a las 11 de la mañana, telita, que tuve que esperar cerca de 20 minutos hasta que alguno me hiciera caso.

El caso es que yo seguía con mi depresión de inmigrante recién llegada, pero el taxista no lo vio como un inconveniente, sino como un reto. Un croata mayor, de unos 59 años, a puntito de jubilarse y con ganas de charlar. Y yo con ganas de que me animaran.

40 minutos más tarde estaba en la puerta de mi hostal con una sonrisa enorme en la cara y 20 libras menos en la cartera, pero contenta, oye. Aunque para lo que me duró...

El Hostel Number 8, también conocido como el Dollis, es casi con seguridad el hostal más barato de Londres. Limpieza dudosa, Mickey como mascota en la cocina (jodida rata, vaya sustos nos pegaba por las mañanas) y problemas con los "amigos de lo ajeno". Algunos policías venían siempre que había un aviso porque siempre les caía una pinta o un café. Pero es barato. Muy barato. E incluye el desayuno. Y también Internet.

Por eso el Number 8 es el campamento base por excelencia de todo joven en busca de una oportunidad en Londres. Y por eso tenía yo una cama reservada en una habitación de cuatro personas para dos semanas. Pero cuando me dijeron que no podría entrar en la habitación hasta las 14:00 me quería morir. ¡Si yo sólo quería dormir!

Eso sí, me dio por aprovechar el tiempo y me fui a imprimir currículums, conseguir la SIM para el móvil... Y a la vuelta les debí de dar tantísima pena que me dieron de gratis un chocolate caliente, cigarrillos y conversación. Eso sí, a las 14:07 estaba sobando en mi cama como un bebé hasta la mañana siguiente.

Tengo mil historias del Number 8, como la primera vez que tuvo que venir la policía porque habían robado unos móviles y una cámara de fotos y la ladrona apareció en ese momento llevándolo todo encima, o cómo casi muero atropellada a la puerta del hostal porque un borracho en moto decidió que la acera también era carretera. También fue buena aquella en la que nos levantamos totalmente resacosos los españoles para ir a la cocina a comer y nos encontramos a Mickey, la rata/mascota del hostal comiendo pasta de un plato sucio (aquel día no comimos) o las historias del olor radioactivo que salía de la habitación del sotano, en la cual no había ventanas, sólo un conducto pequeño de ventilación, y dormían 24 personas (eso sí, era la más barata).

Pero lo mejor del hostal era, con diferencia, la gente. Porque era la gente lo que te daba fuerzas para vivir allí durante un mes, el cariño y el apoyo que nos dábamos unos a otros. El pasar todos por las mismas penurias y problemas, tener un hombro donde apoyarte cuando te han rechazado en una entrevista o pasan los días y ves que empiezas a quedarte sin dinero y siguen sin llamarte ni siquiera para un maldito Training Day...

Me da mucha pena que de los 10/12 españoles que empezamos juntos a probar suerte en Londres a raíz de estar en el Hostel number 8 sólo yo quedo por aquí. Los demás decidieron volver. No les culpo. En esta ciudad o te comes tú a la ciudad o la ciudad te come a ti. Y aunque parece fácil y divertido venirse, no lo es. Sobre todo cuando no hablas el idioma o cuando el clima te aplana. Y cuando te quedas sin dinero como para estar en el hostal más barato de Londres entonces, my friend, estás jodido.

Después de conseguir un trabajo, encontrar casa me costó una semana, pero tras un mes viviendo en el hostal pude empezar a vivir bien. Lo malo fue perder el contacto con toda esa gente. Pero supongo que así van las cosas ¿no? Unos avanzan y otros quedan.

Si alguna vez leeis esto, un saludo para todos, chicos, en especial para Roi y para Eva, mi Gorda bonita. Espero que todo os vaya bien.

martes, 17 de enero de 2012

"Igual a la veintiuna..."

No es la primera vez que creo un blog. Lo he intentado miles de veces. Bueno, quizás no miles, pero sí una decena. O dos. De hecho, creo que esta es la veintunava vez que lo intento. Es como jugar a los Sims ¿no? Creas una casa preciosa, una familia maravillosa... Pero después de todo el proceso creativo, que aquí sería todo el proceso de diseño del blog, hay que seguir jugando. Seguir escribiendo. Hacerle caso al pobre blog. Y en mi caso, la perseverancia nunca fue un gran don.

Supongo que por eso decidí apartar a un lado la idea de llevar un blog. "¿Para qué?" me decía a mí misma. "Escribiré dos entradas, me cansaré, diré que no tengo tiempo y ahí estará, ocupando hueco en un servidor". Y así habría seguido feliz y contenta si no hubiera sido por una conversación que mantuve con un amigo hace un par de semanas:

-Joder, Chezita, deberías escribir un libro o algo (después de una historia particularmente graciosa que me sucedió en el trabajo).

-Como que tengo tiempo, Tenshii.

-Pues escribe un blog, o apúntalo en un cuaderno para el futuro. Pero en serio, haz algo para compartir estas cosas. Porque lo que no te pase a ti, maja...

El caso es que me lo empecé a pensar. Me encontré sentada en el metro, redactando mentalmente la que podría ser la entrada del día. Me descubrí en el trabajo pensando en cómo definir a mis compañeros. En la cama, haciendo recapitulación de cómo había sido mi noche y cómo lo estructuraría para postearlo.

Así que este blog va a ir de mi vida diaria en Londres. No llevo mucho aquí, apenas seis mesecitos, pero tengo un buen trabajo, una pequeña habitación calentita, un grupo de amigos con los que compartir recuerdos, morriña de la tierra y tabaco español, y un abono de metro. Vamos, que puedo decir que estoy más que establecida. Por eso no voy a hablar mucho del tema "conseguir trabajo/alojamiento/venteparaLondresPepe". Probablemente lo mencione en alguna ocasión, pues no pasa semana en que no me pregunten al respecto y que yo no conteste con alguna bordería, algunas veces más ingeniosas, otras menos. Es un aspecto más de la vida de los españoles en Londres, sobre todo de aquellos que pasan de integrarse con la comunidad y sólo se rodean de otros españoles.

Resumiendo, que me lío. Este va a ser mi bitácora de mi tiempo aquí. Igual debería haberla empezado antes, cuando llegué pero... ¿Cómo vas a escribir sobre tu vida en un lugar cuando aún no tienes vida? Porque sin trabajo, sin casa y sólo con esperanzas no tienes vida, my dears.

Y como por primera vez en mi vida tengo tiempo para dedicarle al blog y tengo mil historias que contar casi a diario, pues me he dicho: "Por qué no. Igual a la veintiuna va la vencida".