En el tiempo que llevo en este local he descubierto y aprendido muchas cosas que antes no sabía. Coctelería avanzada, flair, como vender unos chupitos de mierda aunque cuesten 10 libras por cabeza, guiar al cliente para que te pida exactamente lo que tú quieres que te pida, trabajar turnos de 14 y 15 horas durante una semana sin morir en el intento y sin tener que recurrir a drogas más allá del tabaco...
También aprendes a tratar a los gilipollas, clientes o compañeros, como se merecen, y a mandar a la mierda a quien hay que mandar. Que a pesar de lo que se pueda decir, para este trabajo no todos valemos y que los débiles no aguantan más de un mes.
Cuando llega gente nueva siempre es motivo de revuelo y, en ocasiones, de preocupación. Aquellos que no llevan demasiado aquí o simplemente que son unos inseguros, empiezan a temblar. Los que llevan mas tiempo o son unos cabrones despiadados (como es mi caso) nos frotamos las manos. Sangre fresca a la que putear...
Y no lo hacemos por el mero placer de joder al personal, no, de verdad que no. Es un bautismo de fuego infalible y hecho con buen criterio: ¿Tienes lo que hay que tener para trabajar aquí?
Sé que esto no es muy ortodoxo y que no debería hacerse. Que lo ideal es hacer que el nuevo se sienta querido y que lo único que logramos con las "novatadas" es conseguir que se sientan inseguros. Pero debo decir que, en el local con más afluencia de todo Londres, es un método infalible para saber si vas a sobrevivir o no. Si no eres capaz de aguantar a tus propios compañeros, apaga y vámonos. Vete a trabajar a un Starbucks o a un Nero's, lo harás mejor y no mosquearás a tanta gente.
Cuando yo llegue, la primera semana se dedicaron a joderme la vida. Me han dado platos hirviendo para llevar a las mesas y los he tirado en la cara del Chef, diciéndole que me importaban más mis manos que sus platos de los cojones mientras me gritaba que qué coño hacía tirando los platos. También me han puteado con mesas, con las comandas, me han cambiado de sitio los útiles del bar y han vaciado mis cubiteras de hielo mientras no miraba. Yo sabía por qué lo hacían y me decidí a demostrarles que para cojones y chulería, los de una madrileña temperamental. Que no se iban a librar tan fácilmente de mí.
Al mismo tiempo que yo, empezó a trabajar una muchacha a la que llamaré "La Lenta". Mi querida "Lenta"... No puedo poner su nombre por razones legales, pero era una persona que no sabía tirar una cerveza ni después de mostrarle el proceso y el mecanismo por lo menos ocho veces, por no hablar de las cagadas con las comandas de comida y bebida o con los clientes mismos. Daba igual que le explicaras ocho veces que después de meter el pedido en el ordenador había que pulsar "Save" para que así quedara registrado y el pedido llegara a cocina, las ocho veces lo haría mal. Daba igual que el local estuviera a rebosar, ella siempre servía con una parsimonia digna de admiración. Y al menos cinco veces al día, la jodía y alguien tenía que ir a limpiar sus marrones.
Supe que había pasado la prueba de fuego cuando uno de mis compañeros me hizo participe de un plan para putear un poco a la "Lenta".
La noche de la putada a esta chica fue la primera noche que me quedé con los demás "veteranos" a tomar una copa después del trabajo. Y allí, entre risas y alcohol, supe que no tenía que temer por mi empleo. Mi Training había terminado. Había sido aceptada. La Lenta aguantó una semana más, después fue despedida. Por lo que sé, ahora está trabajando en un pequeño restaurante, alrededor de Charing Cross. Menos gente, menos sueldo, menos propinas y menos Service Charge (propina obligatoria incluída en la factura que, a pesar del nombre, es opcional, pero los clientes suelen pagarla). Pero también es más feliz, según tengo entendido. No tiene tanta presión y sus compañeras son tan lentas como ella misma, así que supongo que se siente integrada.
Hoy entran dos chicas nuevas. Comienzan su Training esta noche, la más ocupada de la semana. Mis compañeras "no cabronas" han empezado a temblar. Llevan comentando su llegada desde hace una semana. Yo ni recordaba que entraban hoy hasta que uno de mis compañeros me mandó un mensaje al movil. Desde ese momento no puedo dejar de reírme ni de frotarme las manos. Siempre voy a trabajar con una sonrisa, pero la de hoy es malvada y sé que todos los camareros y baristas que entran dentro de nuestro complot la tendrán también. Y no es que el mensaje del móvil fuera muy explícito, o que hubiera en él un plan de acción elaborado sobre qué es lo que íbamos a hacer, no. Sólo habían escritas cinco palabras. Pero cinco palabras que me han alegrado la mañana.
"Sangre fresca, Chess. Sangre fresca...".
eres una hija de puta
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