Otro día os contaré la historia de cómo conseguí mi trabajo. Una historia curiosa, si lo pienso, porque a partir de una chorrada, una decisión estúpida, conseguí mil cosas, casi todas buenas. Pero lo único que contaré ahora es que, trabajando donde trabajo, uno de los locales de moda en pleno centro de Londres, tengo una posición privilegiada para observar la vida nocturna londinense desde muchos aspectos diferentes.
No sé vosotros, pero yo cuando salgo de fiesta, aparte de beber y bailar, me apetece charlar con mis amigos, hacer el cabra y reírme. Vamos, que lo único que quiero es pasármelo bien y no joder al personal. Yo que sé, igual soy rarita o algo.
Como espectadora de muchas "noches de fiesta londinense", incluyendo Año Nuevo, noche en la que la pringada que aquí suscribe tuvo que trabajar, he visto que el patrón es más o menos el mismo. Lo que os voy a describir es la crónica de un viernes o un sábado noche desde el punto de vista de los que trabajamos para que os lo paseis bien:
Más o menos sobre las nueve de la noche, los más puntuales empiezan a llegar al sitio. Normalmente son un par de chicas y como diez chicos. Las dos chicas comienzan con la sesión de fotos de la noche. Los chicos se quedan parados y miran en torno a ellos, pensando en sí mismos como los "pringaos" porque el local está vacío. No se paran a pensar, a pesar de que cada noche pasa lo mismo, que están en una situación privilegiada de pillar alguno de los sillones libres y que si esperan un poco más no habrá un puñetero sitio para poner el culo hasta las tres de la mañana.
Los atuendos también son del mismo estilo toda la noche. Los chicos la mayoría de traje y corbata. Las chicas con unos vestidos que parecería que fueran a ir de boda de no ser porque las faldas que llevan son inguinales (a veces ni eso, que yo he visto más potorros de los que quisiera) y los escotes más o menos a la altura media de las costillas. Zapatos de tacón de diez centímetros como poco (si llevas menos tacón no eres "cool") que les otorgan el merecidísimo nombre de Velocirraptors. Si no sabeis el por qué, no teneis más que mirar cómo andaban los velocirraptores y cómo anda una chica con tacones demasiado altos.
A partir de aquí, el guión de la noche está prefijado.
A estas alturas ya son las 21:30 de la noche y los miembros del Staff del local empezamos a mirarnos preocupados. Esa noche va a ser una noche ocupada. Vamos a acabar hasta las narices todos, desde camareros, pasando por baristas y terminando por los bar supporters. El restaurante adosado a la discoteca entra en su "zona caliente" y las secciones se empiezan a llenar. Sin que ninguno nos diéramos cuenta, se ha montado la Guerra Civil Inglesa en las puertas principales porque varios grupos han sido dejados fuera y quieren pasar. Algún listo se intenta colar por las laterales, lo que resulta en que los de seguridad actuan y se arma la marimorena. Mi compañera y yo miramos el reloj a la vez y después nos miramos. Y ni siquiera son las diez. Me cachis en la mar...
La actividad ya es frenética. En el restaurante las cosas están tranquilas, básicamente porque mientras cenan, los clientes todavía son personas, pero en el bar las primeras peleas empiezan a aparecer. El segurata de la entrada es nuevo y no tiene ni puta idea de que si dejas entrar a pocas tías y a muchos tíos, lo normal es que haya mosqueos por las tías y se da el caso de que hay una proporción de seis chicos por chica cuando debería ser al revés. Bienvenidos al infierno.
El staff del restaurante las empieza a pasar putas porque aparte de estar colapsados y tener que llevar la comida y las bebidas en tiempo record tienen que pelearse con los "borrachos tempranos", esos que a poco más de las diez ya están borrachos. Se intentan colar en el bar del restaurante a robar bebida, molestan a los clientes por las mesas... Radio, unos minutos, y el segurata más grande del local aparece para llevarse a los alborotadores. El manager del restaurante vuelve a respirar antes de dar instrucciones de nuevo, como un comandante que arenga a sus tropas.
En el bar, los baristas están desbordados. Al parecer, hay una competición de "a ver cuantos podemos pedir a la vez sin que nos manden a la mierda" y a nadie le han pasado el memorandum. Los clientes del bar piden sin darse cuenta de a quién piden, y parecen no entender que "perdona pero Fulanito va antes", "señora, yo solo recojo vasos" y "chaval, yo soy manager, no barista" significa "que no, coño, que no te puedo atender". La chiquillería, todos estos niños ingleses malcriados de entre veinte y veintitrés años se enfadan porque sus Cosmopolitan y sus JackDaniels & Coke no llegan. El más gallito va al barista que más ocupado está y le exige hablar con el manager. El barista, que suda tinta mientras prepara dos sets de chupitos, cinco Mai Tai y tres Margaritas a la vez, le dice que encantado, pero que por favor le deje terminar lo que está haciendo antes de pasar por encima de sus otros cuatro compañeros, alcanzar el walkie-talkie y llamar al manager. Y en ese momento el gallito decide armar el pollo: "¡Yo vengo aquí todas las noches y me dejo mucho dinero, así que te exijo que avises al manager ahora!".
Si el barista es nuevo, se lo hará en los pantalones, dejará lo que está haciendo y correrá hacia el walkie-talkie al tiempo que tira dos de los cinco Mai Tais y empuja a dos compañeros. Si tiene algo más de experiencia le mirará de forma inexpresiva y continuará con lo que está haciendo, lo que causará más estrés en el cliente y se armará la gorda en barra en cuanto el manager llegue.
Aquí me diréis: "mal hecho, el cliente siempre tiene la razón". Yo os digo: "a menudo, el cliente necesita ser educado por el que le sirve." Y si a mí no me vienes de buenas maneras cuando yo he sido contigo todo lo amable que puedo ser, ya puede arder Troya que no te voy a hacer ni puto caso. Y listo.
En el restaurante ya se empieza a recoger todo y las sonrisas vuelven a aparecer en las caras. Después del estrés, de problemas con alguna que otra mesa y alguna otra chorrada es hora de marcharse. Todo se limpia y se prepara, el restaurante pasa a ser una zona más de la discoteca y las últimas cuentas se cierran. Entonces es cuando llega el manager con cara de disculpa.
-Tú, tú y tú: Necesito que os quedeis tres o cuatro horas más ayudando en barra
-WHAAAAAAAAT???? -gritan los señalados.
-La culpa es nuestra por ser los únicos gilipollas que sabemos hacer cócteles aparte de servir mesas-murmura uno de mis compañeros.
Y tiene razón.
En el bar ya no cabe un alfiler, pero siguen metiendo a más gente. Todo sea por el dinero. Los refuerzos del restaurante ya llegan, y sería perfecto si no fuera porque no hay hueco para todos en la barra. Las palabras empiezan a subirse de tono y hay broncas a los dos lados de la barra, entre los clientes y entre los compañeros. La música está demasiado alta como para escuchar lo que te dicen y todo se tergiversa. Entre los clientes se oye el ruido de vasos rotos y los bar supporters se llevan las manos a la cabeza, preguntándose cómo demonios van a meter una escoba y un recogedor para recoger los cristales entre tanto mogollón. Por radio nos avisan de que necesitan que alguien limpie el vómito que alguien ha dejado en el baño de mujeres. Los bar supporters ya ni se quejan, cogen la fregona y se pierden entre la multitud.
En barra logramos acomodarnos unos a otros. Los que llevan menos tiempo siguen sin atreverse a hablar después de haber dado voces a aquellos que tiene a su lado. Los que llevamos más tiempo hacemos bromas al respecto. Si hubiera dejado de hablarme cada vez que le he contestado mal a alguno de mis compañeros.... Digamos que ya no tendría trabajo, porque le he gritado hasta al General Manager de la empresa.
A la 1:30 la gente se ha emborrachado. Dudo que quede alguien en todo el edificio y que no esté trabajando que no esté bebido en mayor o menor medida. Las peleas se olvidan y todo el mundo es amigo de todo el mundo. El volumen de trabajo disminuye. Por fin podemos salir por turnos a echarnos un cigarrillo y a reírnos de algún que otro cliente, manager o compañero. Los chismorreos salen y todos disfrutamos de cotillear quién sale con quién, quién le hizo una mamada al jefe para mantener el puesto... El local será todo lo de moda que querais, pero para los que trabajamos allí es el maldito Gran Hermano. Cámaras incluídas.
Como ya son las dos de la mañana, se empieza a recoger. Los del restaurante se van a cambiar para irse a casa por fin. Los del bar recogen las estaciones, empiezan a quitar el hielo, a guardar las bebidas, a tapar el azúcar...
A las tres el local comienza a vaciarse. Los bar supporters recogen los vasos en tiempo record mientras que los del restaurante se toman una o dos antes de irse. Los propios baristas les sirven. Teniendo en cuenta que alguno lleva en el edificio más de 14 horas y que se han quedado para ayudar, se lo merecen. Los managers se van a la oficina murmurando un "bien hecho" masticado. Como si eso significara algo.
Las cuatro y ya está todo preparado para irnos. Los seguratas sacan a los últimos borrachos a la calle y los dejan plácidamente dormidos en la acera. Alguien los recogerá dentro de unas horas. Los que aún quedamos en el local sacamos un par de cervezas a la calle mientras caminamos hacia el bus.
Hacemos un par de bromas sobre lo hijos de puta que son algunos clientes y lo magníficos que son otros. Alguien comenta lo que los managers estarán haciendo en la oficina y las carcajadas resuenan por todo el Soho londinense.
Esperamos juntos a los autobuses y es ahí donde nos separamos. Por cosas de horarios, hoy soy yo la última en subir al bus. "Lo único que quiero es llegar a casa y dormir como una bendita hasta mi siguiente turno" pienso mientras observo con envidia a mi compañero subirse a su bus. Pero antes de irse, me mira, brinda contra la cerveza que aún llevo en la mano y me dice con una media sonrisa:
-Al final no ha sido una mala noche.
Y yo no puedo evitar soltar una carcajada mientras el autobús se va, porque la gracia es que tiene razón.
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