Qué cortas y qué pequeñas son las palabras "Sorry" y "Thanks" ¿verdad? Apenas se gasta saliva al decirlas, y cuestan tan solo medio segundo de nuestro valioso tiempo.
Otra cosa curiosa: Según he visto en Discovery Channel recientemente, sólo se necesitan 23 músculos para echar una sonrisa, mientras que para fruncir el ceño o poner mala cara se usan como mínimo 42.
Pero lo más curioso es los efectos que un simple "sorry" o un "thanks" tienen en nosotros. Ni te cuento una sonrisa y ya sería tema de ensayo académico lo de soltar una carcajada de vez en cuando. Estas acciones tan simples tienen la capacidad de alegrarnos el día, de poner una sonrisa en nuestras caras e incluso de aligerar a alguien de la carga mental que lleve por la razón que sea. Y poniendo una sonrisa en la cara de los demás, ellos también la pondrán en otras personas y así sucesivamente. Esa sí que sería una cadena bonita y útil, no las de spam.
Si coincidimos en lo bueno que es decir estas palabras y realizar estas acciones yo, que no soy muy tonta pero tampoco debo ser muy lista porque no lo entiendo, me pregunto...
¿Por qué no las ponemos en práctica?
¿Tanto costaría? ¿Es tan sumamente difícil recordar de vez en cuando el agradecer lo que recibes? ¿Que enfrente tuya no hay un robot sino una persona?
Al parecer sí, porque en este mundo hay dos tipos de personas: La gente con habilidades sociales y la gente sin habilidades sociales.
Las habilidades sociales son, según Carlos Moreno, un tipo genial, magnifico profesor que tuve la suerte de tener y experto en psicopedagogía, las capacidades de ejecutar una conducta de intercambio y/o interactiva con resultado social favorable. Traduciendo al cristiano, el poder comunicarte con tu alrededor sin que tu alrededor sienta ganas de patearte el culo.
Las habilidades sociales son importantes en todos los aspectos de la vida, pero son fundamentales y básicas cuando trabajas en equipo. Aunque en ese equipo haya una jerarquía clara. Pero si el manager no es capaz de comunicarse con su currito de una manera en la que el currito no piense lo bonito que sería que le dieran por culo al manager, probablemente el trabajo saldrá tarde y mal, porque el currito piensa "va a trabajar más de lo justo y necesario por este mamón su puta madre". Textualmente.
Se da el caso de que yo en mi trabajo, por jerarquía, soy currito. Y tengo un manager por encima de mí que es bueno en las habilidades sociales y, más importante todavía para un manager, es el rey del carisma . El tío te despediría y tú seguirías dándole las gracias por el tiempo que te ha dedicado. Haría cualquier cosa por él y, de hecho, lo he hecho. Como quedarme tres, cuatro y cinco horas después del trabajo para ayudar, trabajar 16 horas seguidas sin un maldito descanso para un cigarrillo o para comer...
El problema es el tipo que hay entre mi manager y yo, que no hace más que meterse por medio y lo tiene todo: Es gilipollas, no tiene habilidades sociales, se estresa con facilidad y es francés.
Una joya. Por cierto, hay franceses adorables. Delphine, si algún día lees esto que sepas que te quiero con locura. A ti también, Laurena. Y también a ti, Anthony. Y a ti, Jeremy. Y por supuesto, también a Jeff. Y... mejor lo dejamos. A lo que voy, tengo bastantes amigos franceses que son magníficas personas y amigos. El problema es que este francés mío es el estereotipo del francés gilipollas que a todos nos viene a la mente cuando pensamos en un francés gilipollas.
Este hombre, a quien en mi mente siempre llamaré "Harold" o, en su defecto, "el subnormal", tiene la capacidad de estresarse cuando entran más de quince clientes en el local. cosa que pasa desde las cinco de la tarde hasta las... ¿cuatro de la mañana? Y cuando se estresa no deja a nadie hacer su trabajo. Y grita. Y me mosquea. Y me dan ganas de gritarle yo, pero me relajo hablando en castellano, diciendo textualmente "cálmate". Y entonces el subnormal me dice que no puedo hablar en castellano. Que es cuando me doy la vuelta y le digo en perfecto francés "hablaré en castellano si me da la santa gana". Entonces me mira y me dice "pues no". Y yo voy a él y en voz muy bajita le digo "Oui". Y se asusta, porque sabe que si yo me mosqueo, él la ha jodido.
Porque por jerarquía yo soy currito, soldado raso. Pero por habilidades sociales a mí me llaman "The Key" (La Llave) en el trabajo. Si hay algo que, por cualquier razón, no puedes conseguir, si hablas conmigo lo conseguirás. Porque yo conozco a todo el mundo y me llevo bien con todo el mundo. Porque todo el mundo está dispuesto a hacerme un favor.
No es casualidad que mis bebidas sean las que se preparen antes cuando no tengo tiempo de hacerlas yo, o que en cocina siempre haya un plato de comida esperándome aunque no he pagado nada. O que al final de mi turno siempre haya un brownie de chocolate y un KitKat para mí, o que cuando tengo que irme rápido, siempre hay un manager dispuesto a dejar lo que esté haciendo para poder darle el parte del día. Todo eso lo tengo porque durante los meses que he estado trabajando allí me he preocupado de saber quién es quién, quién hace qué, qué necesitan, en qué puedo ayudar... La comida no va sola de la cocina al bar y los clientes no se evaporan solos cuando hay una gran aglomeración en barra. La máquina de cafés no hace lattes por arte de magia y estos no vuelan hacia los que los van a beber, ya sean clientes o managers, por ciencia infusa.
Y no sólo eso. Un "hey, ¿qué tal va el día?" hace más milagros que el agua bendita. Preocuparte por la persona, pensar en que es un compañero que probablemente las estará pasando putas, igual que tú, decirle una broma y reíros juntos, darle las gracias por su ayuda después de un largo día de trabajo... Eso, my friends, eso no tiene precio. Y eso es lo que ha hecho que, con el tiempo, yo sea La Llave.
Pero el francés no sabe qué es todo esto. Para que os hagais una idea, estamos hablando de una persona que, sin tener idea de mi nombre, el primer día vino directamente a mí y empezó a recriminarme que por qué no funcionaban las máquinas para tarjetas de crédito. Estaba tan sorprendida que, enfrente de otros dos managers y medio staff le di la mano a través de la barra, le dije "Hola, yo soy Chess, encantada". Coño, que no sabía quién era. Él, avergonzado, me tuvo que dar la mano y presentarse. Vaya imagen, no conocer a tu propio personal. Que a partir de ahí yo le contesté a todo lo que quiso, pero por lo menos saber con quién estoy hablando para mí es importante.
El caso es que me mosqueó. Y lo hizo delante de mis compañeros, justo en un momento en que tenía que decidir si mandarle a la mierda como Dios manda u ocuparme de mi sección, que ya empezaba a colapsar. Tengo que decir que agradezco infinito la reacción de mi gente. No dijeron nada, pero de repente las cosas iban más lentas. La comida que "el subnormal" pedía no salía, mientras que la mía, pedida casi 20 minutos después, salía en menos de tres minutos. Mis bebidas aparecían hechas antes casi de tener tiempo de ponerlas en la cuenta. Mi sección de trabajo totalmente ordenada todo el tiempo y mis compañeros ayudándome en ella.
Al final del día, fui a hablar con el francés y me encargué de que le quedaran claros tres conceptos fundamentales:
1- A mí no me grita ni mi santa Mami Pata desde que tenía 15 años. Al menos ella tiene derecho para darme voces. Un trepa que quiere hacer de manager no.
2- Si te hablo con respeto, espero respeto a cambio. Si no recibo respeto, se armará Troya.
3- El castellano es mi lengua y la hablo cuando me sale de los mismísimos ovarios, sobre todo si hablo conmigo misma para no cantarte cuatro verdades.
Sé que peco de chula y que no debería decir las cosas así, pero toda paciencia tiene un límite y las habilidades sociales son básicas cuando tienes a gente a tu cargo. Más le vale aprenderlo rápido, si no quiere ser despedido, porque ya me contareis qué manager puede prosperar si su gente no le apoya. Lo único que diré es que no hay nadie a quien le desee más una promoción. De verdad. El día de su fiesta de despedida, os prometo que yo lo voy a organizar todo. Y que tengo un montón de voluntarios que quieren ayudarme. Nadie se perdería la ocasión de decirle Adiós de una vez por todas.
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